Domingo, 19 Marzo 2017 00:00

Macri a solas con Pichetto

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El peronismo quiere poner dos directores en el Banco Central. El equipo económico hizo autocrítica y viene un “compre nacional” Pro. El Papa pidió calma a los gremios.

 

El Gobierno empieza a entender que la malandanza que padece es esperable en una campaña electoral. Saberlo es parte del curso de aprendizaje en los dos primeros años de ejercicio del poder, que se parece tanto al período al que los jardines someten a los infantes. Los niños van dos horas por día, acompañados por sus padres, y los someten a desafíos de destreza simples.

A gobernar un país no se aprende en un día, cualquier experiencia anterior sirve bien poco porque es una tarea nueva a impredecible, y estás a examen desde el primer día. Los problemas de aprendizaje dieron el marco para el primer encuentro de alto relieve del año. Fue entre Mauricio Macri y Miguel Pichetto, el jefe del único polo nacional de poder formal que tiene el peronismo, que es el bloque de Senadores.

Ocurrió en Olivos, horas antes del viaje a España y poco después de que el senador por Río Negro ganase una sorda pelea en su bancada con el kirchnerismo para preservar el cargo que ejerce desde hace 15 años. Vale consignar el encuentro, porque el diálogo que mantuvieron a solas sintetiza posiciones desde las que se desmadejará el futuro cercano.

Pichetto fue a agradecerle en persona la invitación a viajar junto al presidente a España. Y a decirle que no podía aceptarla. No convenía a su agenda ni era oportuno para el rol que desempeña de ser el peronista normal en sus relaciones con el Gobierno. Macri le pidió un diagnóstico sobre la situación del país.

El senador dijo en privado lo que se le escuchó en público todo el verano: el impacto de las tarifas paralizó el proyecto de crecimiento de 2016 y de paso hirió la credibilidad del público sobre la capacidad del Gobierno para manejar la situación heredada.

También puso el acento en la suba de tasas e impuestos que, en el interior, congela el despegue de economías regionales. “Te suben los impuestos por encima de la inflación y del techo para discutir salarios”. Macri se defendió con el rap de la herencia recibida. “No puedo hacer otra cosa. No sabés lo difícil que es enfrentar la economía que recibimos con la necesidad de modificar a fondo la economía. Vinimos para eso. No sabés lo que sufrimos para enfrentar esas dos tareas: controlar las variables y hacer las reformas de fondo”.

Pichetto, que es un experto en situaciones de crisis, puso el acento en la suerte electoral: tenés que prever los efectos de lo que hacen en la credibilidad del público. Dejó, de paso, el mensaje sobre las efectividades conducentes: el peronismo quiere poner dos directores en el Banco Central. Si no, no hay confirmación para ninguno de los que están nombrados “en comisión”, o sea provisorios. La salida de Olivos fue tan sigilosa como el ingreso y evoca la descripción que hace Virgilio de los soldados que se mueven en la oscuridad: “Ibant obscuri sola sub nocte per umbram / Iban oscuros a través de la sombra, bajo la noche solitaria”. Así entró y salió Pichetto de Olivos.

Autocrítica en el gabinete económico

La comprensión de las campañas como chiquero sin fin, comienza a reemplazar al pánico en el vértice que había desencadenado el estallido Socma. El presidente intenta restañarlo con los mil detalles que ha pedido se incluyan en los borradores de los decretos de transparencia, que revisa todos los días para lograr que prevean cualquier situación de conflicto de intereses. Pero el daño ya está hecho y el nuevo piso es resbaladizo.

Esta semana poliarquearon por todos los despachos con sondeos que dicen que el reproche de corrupción roza el Gobierno y abrió el corralito en donde sólo estaba el kirchnerismo. También que ya se empató el porcentaje de gente que dice que la responsabilidad de la situación económica es de Cristina y de Macri también. “Fifty-Fifty”, diría la estadista de La Plata (la ciudad, se entiende). Esto entretuvo la ardida mesa del gabinete económico que sesionó el martes.

Allí Nicolás Dujovne hizo el rap del optimismo con la música oficial: todo va para arriba… pero no se nota. La síntesis del diagnóstico repite que

  • 1) fue un error del Gobierno confiar en que los resultados de las medidas económicas llegarían en un año al público;
  • 2) según los datos de Hacienda, el fitness se va a notar en julio, pero los políticos piden que sea en abril-mayo, cuando se discutan las listas de candidatos a las PASO de agosto;
  • 3) para eso hay que poner dinero en el bolsillo del público sin cerrar de nuevo la economía – es decir, no frenar importaciones ni ingresos de capitales;
  • 4) la única salida en el corto plazo es liberar las paritarias de los sectores ganadores del primer año, para que den aumentos por encima de la pauta del 19%, que seguirá rigiendo para los estatales, para no aumentar el déficit. Acá actúa la persuasión frente al campo, la banca privada y otros sectores que pueden dar más aumento y amortiguar la espera de la clase media para que se vean los resultados.

Vuelve el “compre nacional” en versión Pro

De esa mesa salieron dos saetas que esperan lleguen al blanco a tiempo:

  • 1) Una vuelta del plan de cuotas con intereses disfrazados. Asume el Gobierno el error de modificar el sistema para hacer más transparente la financiación pero que terminó alejando al público de las casas de electrodomésticos. Los precios de contado bajaron promedio 10%, y no 25%, como se esperaba, y los asalariados retuvieron más las compras. En ese gabinete señalan a Miguel Braun por falta de calle. Quizás nunca fue asalariado y compra todo de contado. Jack Welsh, el CEO de General Electric, cuenta en sus memorias que para medir si la economía crecía o no, iba al supermercado a preguntar sobre la venta de bombitas de luz. Cuando hay prosperidad, el público las compra por docena. Cuando hay malaria, las compra de a una. Miguel Miranda, hombre fuerte de la economía del primer Perón, tenía como barómetro la venta de caramelos. Iba a los kioscos y preguntaba: cuando hay bonanza, la gente los compra por bolsa; cuando cae la economía, se compran de a uno. De paso, el papa Francisco suele recomendar a sus visitantes que lean sobre Miranda y su proyecto de industrialización de la Argentina en los años 40. Claro que encontrar algo sobre él es tan difícil como demostrar la existencia de Dios, porque Miranda no escribió nada y hay que bucear discursos por internet. Algo se encuentra.
  • 2) Una nueva versión del “compre nacional”. Existe una ley para eso, pero el Gobierno mandó a trabajar a Francisco Cabrera en reglamentaciones que refloten esa consigna criolla –que existe en otras economías abiertas del mundo– y le permitan al Gobierno hacerla compatible con el programa de apertura y desregulación. Difícil, pero nadie dijo que sería fácil. Rogelio Frigerio está convencido de que hay que replantear el esquema de comercio exterior. El jueves escuchó en su despacho quejas de fábricas del conurbano porque entran productos terminados en masa a precio chino y frenan insumos industriales.

El club generacional

Otro diagnóstico más conciliador se escuchó el miércoles en un chalé de San Isidro, que albergó a un grupo generacional que funcionó el año pasado como uno de los engranajes más activos en el Congreso. Mejor no bautizarlo como “grupo Buitres”, pero se gestó cuando se discutía en el Congreso el acuerdo con los bonistas Griesa.

Es preferible el rótulo de “club generacional” y lo integran Marco Lavagna (diputado massista, dueño de casa esa noche), Nicolás Massot (jefe del bloque Pro, militante del monzoismo), Luciano Laspina (jefe de Presupuesto y Hacienda en Diputados, macrista) y Diego Bossio, armador del bloque justicialista, que procura construir normalidad en el peronismo en cercanías de Sergio Massa.

Esa mesa se recubrió de clima social –era con mujeres, la propias, se entiende– y se celebró que en 2016 hubieran podido habilitar una mesa de acuerdos, que produjo resultados en la ley de salida del default, ley de pymes, ganancias, presupuesto, emergencia social y otras.

Era un encuentro postergado desde diciembre por las heridas que provocó aquel final de Ganancias y la caída de la reforma política. Igual, en la sobremesa, lápiz y papel para diseñar un primer esbozo de reapertura de Diputados.

En esa lista figuran una extensión de la moratoria para entrar en la nueva ley de pymes, un buen número de leyes “blandas” como protección de enfermos electrodependientes, obesidad, defensa de la competencia y, si se puede, nuevo régimen de Mercado de Capitales. Es difícil hacerla avanzar a esta última, porque es un tema para expertos, pocos pueden explicarla y, por eso, muchos pueden atacarla. Quedó en remojo.

El debate cayó, claro, en lo electoral y replicó los reproches que se cruzan las fuerzas en competencia: el oficialismo que presume optimismo, el massismo que insiste en que mantiene las banderas, el poskirchnerismo de Bossio que cree, como Rubén Marín, que Cristina une, pero para la derrota. Y muchas preguntas sin respuesta, como: ¿cuál es la racionalidad de promover las líneas low cost, que le sacan pasajeros a Aerolíneas Argentina, que es una devoradora de subsidios?

Llamó el Papa y pidió calma a los gremios

También son fuegos de artificios los malos modos del sindicalismo que llamó a un paro para la primera semana de abril. Cuando se pone contra la pared a los inquilinos del área presidencial con estos fuegos, responden con alta racionalidad: ¿de qué estamos hablando? ¿De que vamos a perder las elecciones? Si mantenemos el voto del “eje” (así lo llama Macri) no nos va a ir mal. Ganamos Capital, mantenemos un tercio o más en Buenos Aires, ganamos o empatamos en Santa Fe, lo mismo en Córdoba, ganamos Mendoza, la Rioja, Jujuy, empatamos en Entre Ríos. Y ahí está, mantenemos el nivel de los votos de octubre de 2015, que es la elección que hay que mirar. Ése es el mapa.

Enfrente ¿qué hay? El peronismo de Buenos Aires dividido, los grandes caciques escondidos (Scioli, Randazzo, Massa), esperando a que mueva Cristina que, como dijo Rubén Marín, puede unir peronismo sólo para perder. Para el sindicalismo hay otro dique, que siempre funciona, y es el que tiene sede en Roma.

Esta semana Juan Grabois me dijo: “Nunca el papa Francisco le diría a nadie que no haga un paro”. Pero sí les habló a los sindicalistas. Fue antes de la marcha de la CGT y el vehículo fue el jefe del Smata Ricardo Pignanelli, sindicato que Bergoglio considera clave, como todo hombre forjado en los años 70, cuando el activismo de los metalmecánicos animaba de manera central la puja social.

Francisco le pidió hora para que lo escuchase la cúpula del Smata a través de un teléfono de manos libres. Ese día una decena de dirigentes que acompañan a Pignanelli lo oyeron a Francisco decir: “Tengan prudencia, calma, hay que pacificar. Es momento de escuchar más que de hablar”. Como siempre, el Papa desvelado por el control social. Logró que en esa marcha no se anunciase fecha de paro. También tranquilizó el alma de Pignanelli, un opositor que se sacó la foto con Macri el miércoles en la firma de un plan para aumentar la venta de autos. 

Ignacio Zuleta

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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