Martes, 09 Mayo 2017 00:00

Las importaciones no llueven, pero hay tensiones y nubarrones - Por Alcadio Oña

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La economía argentina no está en condiciones de enfrentar una dura competencia externa. Y existe bastante más que un dólar retrasado.

 

No existe, o no existe por ahora, algo semejante a la temida lluvia de importaciones. Sea porque el Gobierno está regulando las compras al exterior para evitar cimbronazos serios en el mercado laboral, porque la retracción de la economía no da para tanto o, finalmente, por el efecto combinado de ambos factores.

Pero algo existe de todos modos, según cuenta la última estadística de precios y cantidades del comercio exterior difundida por el INDEC.

En el primer trimestre del año, contra el mismo período de 2016, el número de autos importados aumentó nada menos que 44,8%. Y eso salta, claramente, en el hecho de que la mitad de los patentamientos corresponde a unidades traídas del exterior; sobre todo, desde Brasil.

Significa producción de afuera más barata que reemplaza producción nacional, bajo un sistema internacionalizado hace años por las propias terminales extranjeras y donde los mercados se reparten según mande la estrategia global. En este esquema, a Brasil le sobran automóviles que tienen demanda considerable en la Argentina y de ahí vienen entonces.

Lo que sigue revela que la fabricación local continúa en el pozo. Según un dato muy reciente del INDEC, el 34% de la capacidad de producción está ociosa, o sea, que hay un tercio sin utilizar.

El panorama completo deriva en paradas de plantas, recortes de turnos y de horas trabajadas, suspensiones y, al fin, en problemas laborales.

Así tampoco ingresen en la categoría de lluvia, hay otras importaciones visibles en la estadística sobre el comercio exterior del INDEC. Y llevan implícitas también el desplazamiento de producciones nacionales.

Con mucho de competencia por precios y medidas nuevamente en cantidades, la estadística dice que las compras de bienes de consumo crecieron 18,2%. Allí entran desde electrodomésticos y electrónica, hasta textiles, indumentaria, calzado tradicional, zapatillas, alimentos y bebidas.

Sea lo que fuese, el caso es que la pelea con los importados tiene lugar al interior de un mercado que se achica. Y eso potencia el costo de la desigualdad.

Para que se entienda mejor qué pasa con las importaciones de autos y de artículos de consumo, vale el dato global. Frente al 44,8% y al 18,2% anotados en ambos rubros, las cantidades totales cantan un crecimiento del 3,5%.

La tentación de meter el impacto del retraso cambiario en el ruedo es grande, y además tiene sentido. Tanto porque tal cual está levanta la competitividad de los bienes importados como porque lesiona la ya muy lesionada competitividad de la producción nacional exportable.

En una cuenta que toma como base a diciembre de 2015, la consultora LCG advierte que la competitividad del tipo de cambio ha caído 16%, y un 6% en lo que va del año.

Está claro que el atraso del dólar pesa, aunque mejor sería decir que agrega. Y que agrega a desajustes que vienen desde bastante antes: desde el costo del transporte, el deterioro de caminos y rutas cuando no la falta de ambos y el estado de las vías navegables, hasta la insuficiencia de los puertos y, al fin, una lista de déficits estructurales acumulados por años.

La conclusión revela, entonces, que mejorar el tipo de cambios sirve pero resulta insuficiente. Y si ese fuese el punto, convendría armarse de un poco de paciencia.

Es que si algo sobra y tira para abajo el precio del dólar es una oferta de divisas abundante por donde se mire. Para empezar, entre el financiamiento externo del Estado Nacional, el de las provincias y los préstamos al sector privado, este año habría en juego alrededor de US$ 30.000 millones. Y una cifra no mucho menor en 2018.

No se trata de financiamiento barato. Pero ofrece al menos una ventaja: es crédito a largo plazo que quizás convenga asegurarse.

El problema, porque nunca falta un problema, ancla en la capacidad de repago de la Argentina. Lo cual equivale a pensar en una cuerda que tiene límites conocidos.

Así, la cuestión gira hacia el lugar del que deben salir las divisas ciertamente reales, o sea, las exportaciones. Aunque hubo de todo entre 2011 y 2016, y dentro del todo la súper soja y el modelo kirchnerista, lo cierto es que en ese período se perdieron ventas al exterior por impresionantes US$ 28.000 millones.

Hay, además de un cóctel bien complejo, un mundo tensionado e inestable, donde el crecimiento de los socios comerciales de la Argentina ya no empuja igual que en otros tiempos.

Se podrá decir sin que falten ejemplos que el país tiene una economía demasiado cerrada. La apertura al mundo puede ser, y lo es claramente, una de las claves del ideario macrista pero una apertura irrestricta entraña peligros que los propios funcionarios conocen.

Llegado este punto, el eje pasa por la necesidad de reconvertir amplios sectores productivos de modo de hacerlos competitivos o de encontrarles espacios donde lo sean antes de exponerlos a una batalla desigual.

En cosas asi trabaja el Gobierno, solo que todavía de un modo incipiente y enderezado a evitar sacudones laborales. Con un viento de cola que tira menos, todo depende bastante más de las políticas propias.  

Alcadio Oña

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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