Domingo, 28 Mayo 2017 00:00

Salarios: el Gobierno la pifió ¿y gana? - Por Alcadio Oña

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Para esta misma época del año pasado hubo un argumento y una conclusión que ahora se replican casi calcados. El argumento es que todavía conviven salarios viejos con precios nuevos y la conclusión, que una vez cerradas todas las paritarias habrá un repunte del consumo.

 

Sin descuidar sus espaldas, afirma un consultor: “Con alrededor del 40% de los salarios bajo acuerdos paritarios, la reactivación del consumo podría verse durante los próximos meses a partir de la mejora de los salarios reales”. Podría verse, entonces, en pleno fervor electoral.

La parte conocida de la historia cuenta que los resultados de 2016 no confirmaron el encadenamiento sino todo lo contrario: los ingresos perdieron contra la inflación y el consumo, sobre todo el consumo popular, siguió hundido. Según estimaciones privadas, el año pasado el salario real promedio bajó entre 5 y 6%, hasta 11% en la construcción.

Habrá que esperar para comprobar si esta vez la secuencia se cumple. Pero, adelantándose, algunos analistas advierten un desenlace y una paradoja posibles: que el Gobierno haya equivocado la estrategia que quiso imponer y aún así termine ganando.

Claramente, la matriz que viajó desde la Casa Rosada al ministro de Trabajo, Jorge Triaca, llevaba implícitos aumentos salariales no mayores al 20%, en línea con los afanes del Banco Central por encorsetar la inflación dentro del 17%. El 17% ya fue y a esta altura el punto es en cuánto lo superará el índice de precios.

Bajo la matriz oficial algunos gremios pactaron incrementos similares al 20%, divididos en tramos y con cláusulas gatillo. Este modelo parece asegurar, en principio, mejoras no inferiores a la inflación aunque de hecho tampoco las prevé mayores a la inflación.

Parece, porque en una mirada completa el resultado muestra otra cosa. Es que como los aumentos se cobran por tramos y mientras tanto los precios siguen corriendo, en el medio hay deterioro salarial que no se recupera.

Entre los gremios que se acomodaron a la pauta oficial nunca explicitada figuran los estatales de UPCN y una parte de los empleados públicos bonaerenses; los estacioneros liderados por Carlos Acuña, uno de los triunviros de la CGT; los mercantiles y la construcción. Convendría aclarar que en unos cuantos casos lo del 20% fue una gentileza formal dedicada al Gobierno, pues al interior de los arreglos existen plus que levantan el total por encima del 20%.

Hubo otros sindicatos, como La Bancaria, que acordaron bastante más de 20% y debieron conformarse con menos. Trabajo se negó a homologar el convenio hasta que fue reajustado: 24% más un bono mayor a 20.000 pesos.

Ahora mismo los aceiteros consiguieron 31,6%, empujando con el planteo de las ganancias cosechadas por las empresas. Junto a varios más, esperan turno los petroleros, que exigen 24% y un adicional del 9% por el año pasado, levantando también la bandera inversa de las conquistas empresarias; más los metalúrgicos y los trabajadores de la alimentación, que contraponen 30% a ofertas que apenas superan el 20%, y los camioneros de Pablo Moyano.

En cualquier hipótesis, el Gobierno se reserva la última palabra, o sea, homologar o no homologar. Solo que también quedan la palabra y el formato de las respuestas de sindicalistas fuertes, mezclados con los ingredientes de la política y las batallas internas por conservar el poder.

¿Y cómo sería finalmente eso de que aun equivocándose en la estrategia el Gobierno terminaría ganando?

Primero, porque frente a una inflación estimada por ejemplo en 21%, el escenario laboral pinta para aumentos que podrían rondar el 24% promedio. Ahí asomaría una mano al consumo que en la variante oficial habría seguido planchado, siempre y cuando la inflación no llegue al 23% por ejemplo.

Son cuentas de institutos privados, críticos del estrecho modelo que manejó Triaca, que atendía las urgencias de Federico Sturzenegger y fue avalado por la Casa Rosada.

Un juego de cifras del Estudio Bein pone en cuadro la relación salario-consumo, partiendo de subrayar que el consumo representa el 72% del PBI y, por lo tanto, que según como se mueva se moverá la actividad económica.

Para empezar, cuenta que el empleo privado rigurosamente en blanco equivale a la mitad de los 12 millones de trabajadores “formales”, incluidos estatales, personal doméstico y monotributistas varios. Esto da unos 6 millones de asalariados.

Achica ese 50% y redondea 36%, cuando incorpora al universo los ocupados en negro, fuera de todo convenio. Y todavía falta agregar los desocupados.

Con estas limitaciones debe analizarse el impacto de la relación paritarias-consumo. Ni tanto, ni tan poco.

Miguel Bein es de los economistas que le anotan una mejora al salario real de este año: aumento promedio del 23,5% contra 20,5% de los precios. Serían tres puntos redondos, tomando diciembre 2016 versus diciembre 2017 y sin considerar lo que pase en el medio.

El paquete va contorneado, además, por el supuesto bien supuesto de que si hay ingreso excedente será gastado. Y no conservado de alguna manera, por las dudas.

Si los supermercados son, como son, una prueba muy extendida del poder de compra de la gente, está claro que el consumo continúa sumergido en el pozo. Según cálculos de la consultora LCG, las ventas reales del primer trimestre -último dato disponible- cantan una caída del 8,6% y acumulan, encima, 13 meses consecutivos en baja.

Cualitativamente diferentes, las de los shoppings no dicen nada diferente: menos 13% para el trimestre y 12 meses en picada.

No es casual al fin que, sorteando obstáculos, las compras de las familias en comercios mayoristas sigan ganando espacio: ahora representan cerca de un tercio del total, informan relevamientos privados.

Tampoco casual aunque si notable sería que el Ministerio de Producción hubiese resuelto poner el ojo sobre los grandes formadores de precios. Y no lo sería sólo porque los movimientos continúan -visiblemente en alimentos-, sino porque recién ahora habrían caído en la cuenta de que eso existe.

Evidente, hay ideas de origen que a veces deben ser testeadas con la realidad.

Acoplado al tren de las alternativas va un combo de visiones optimistas. Noticias para el boletín oficial, una de ellas anuncia que los números de abril arrojarán un crecimiento económico del 2%; que en junio la inflación rondará el 1% y que entre julio y septiembre se notará la levantada del consumo. Sólo falta que todo sea confirmado por los hechos y que encima Sturzenegger baje las tasas.

En principio, el Gobierno tiene lo que tiene: una economía que aún vuela bajito o muy bajito, según el metro de cada cual. Entre el primer trimestre de este año y el último del año pasado rebotó 0,6%, y menos contra el primero de 2016: apenas 0,1%.

Pronto las estadísticas empezarán a soplar a favor, porque vendrán comparadas con los peores momentos del año pasado. Todo bien, salvo por un detalle conocido: los números secos valen poco o casi nada si la vida de la gente no mejora de un modo perceptible.

Con un horizonte ya dibujado, varios analistas descartan que la economía pueda serle de gran ayuda al macrismo. Y anclan dudas nada menos que en el Gran Buenos Aires, así la imagen de María Eugenia Vidal y ella misma sean puestas por delante. Será para ver.

Octubre no define las presidenciales de 2019, pero en más de un sentido perfilará el margen de maniobra del Gobierno. 

Alcadio Oña

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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