Viernes, 09 Junio 2017 00:00

Las cuentas fiscales, la principal debilidad del Gobierno - Por Daniel Sticco

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Economistas profesionales y ex funcionarios alertan sobre el riesgo de persistir con el extremo gradualismo para equilibrar las finanzas públicas

 

El temprano lanzamiento de las campañas electorales para octubre, pese a que en la mayoría de los casos aún no están definidas las cabezas de listas de diputados y senadores de los partidos que deben renovar bancas, y que en el mejor de los casos se plebiscitará los primeros 22 meses  de Gobierno, disparó dos preocupaciones altamente relevantes.

Por un lado, las advertencias de muchos economistas y empresarios de renombre de los riesgos que se corre con persistir con la incongruencia de una política monetaria dura con una política fiscal relativamente blanda; y por el otro hasta cuándo tolerará una gran parte de la población que viene de años atravesando severas penurias, y perciben que la mejora de sus ingresos y con ello de sus condiciones de vida no sólo no aparece, sino que peor aún se agravó con la aceleración de la inflación en el curso del año anterior.

En el Gobierno, los funcionarios se escudan en las severas limitaciones que enfrentan para equilibrar las finanzas públicas, porque consideran que prácticamente 4 de cada 5 pesos que gasta el estado nacional son inflexibles a la baja: AUH y Jubilaciones representan 27% del total; transferencias a provincias y municipios 45%; Personal 6% y gastos de administración un 2%, aproximadamente; y de los flexibles se reparten casi en partes iguales en intereses de la deuda pública, inversión en infraestructura y subsidios sociales  y económicos.

Las cuentas de abril alimentaron la incertidumbre de los inversores

Sin embargo después de 17 meses de Gobierno el Ministerio de Hacienda comunicó que en abril el gasto en remuneraciones de la administración central se había expandido poco más de 40% respecto del nivel de un año antes y casi 34% en el acumulado del cuatrimestre. En los dos casos se trató de variaciones que evidenciaron la ausencia de vocación para, al menos, evitar que los gastos crezcan no sólo menos que los recursos, sino también que no superen el promedio que registra el sector privado y que no excedan a la tasa de inflación de los doce meses previos.

Ese no fue el único gran desvío que mantuvieron las erogaciones fiscales. Los "gastos en bienes y servicios" se elevaron en abril 47,1% y 37,4 por ciento.

Y, para peor el "déficit operativo de las empresas públicas" se acrecentó 89,5% en abril, aunque en el acumulado del cuatrimestre Hacienda registró una baja nominal de 17,3 por ciento.

Pese a esos desvíos, el Gobierno no sólo mantuvo la ejecución de un ambicioso plan de obras públicas en todo el país, porque se trata de una necesidad, más que una decisión política, sino que asegura que cumplirá con las metas de 17% de inflación y de baja del déficit fiscal primario a 4,2% del PBI en el corriente año y 3,2% del PBI en 2018.

Sin embargo, se trata de un sendero que muchos economistas, ortodoxos y también heterodoxos, advierten como de tránsito muy lento, porque si se agregan los pagos de los servicios de la deuda pública, el rojo final se eleva al 6% del PBI, y cuando suman unos puntos de déficit cuasifiscal que genera el Banco Central con su política de esterilización de dinero con la creciente emisión de Letras que remuneran varios puntos más que la tasa de inflación pautada, se llega a 8% del PBI. En términos de los recursos tributarios semejante rojo excede en más de 25%, equivale a gastar en nueve meses lo que se genera en doce.

Frente a semejante desmadre, que no es otra que la continuidad de los grandes desequilibrios heredados, no sorprende no sólo el alto costo que en términos de inflación pagó el Gobierno nacional en el primer cuatrimestre, con el consecuente efecto limitante a la reducción de los elevados niveles de pobreza de arrastre, sino también en términos de actividad productiva, en particular en las ramas manufacturera y de prestadores de servicios privados.

Una de las alternativas que plantean algunos economistas de renombre es que el Gobierno flexibilice la meta monetaria y deje deslizar la cotización del dólar, para acomodarla a la rigidez que ofrecen las finanzas públicas. Pero saben que el riesgo es que una decisión de ese tipo no logre cambiar las expectativas de incertidumbre que prevalece entre los inversores, en particular los del resto mundo, y tampoco ejerza un efecto reactivador.

De ahí que va ganando consenso la esperanza de que después de las elecciones de octubre el presidente Mauricio Macri opte por mantener la disciplina monetaria, para alcanzar la meta de una tasa de inflación del 17% para el cierre del corriente año y un techo del 12% para el próximo; y encarar una política fiscal austera, aunque eso debería quedar plasmado en las pautas del Presupuesto 2018 que Hacienda deberá presentar al Congreso el próximo 15 de septiembre. 

Daniel Sticco
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