Domingo, 18 Junio 2017 00:00

Exportaciones, o las pruebas del atraso - Por Alcadio Oña

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Nada demasiado novedoso habría en afirmar que las exportaciones y más todavía, la composición de las exportaciones, son una buena medida del desarrollo relativo alcanzado por los países.

 

Porque ahí se sintetizan factores diversos y potentes a la vez: desde inversiones, productividad y capital humano, hasta las prioridades y la consistencia de las políticas macroeconómicas. Según cuál sea el saldo de la mezcla será, al fin, la capacidad para competir en el mundo y sacarles provecho a las oportunidades que el mundo ofrece.

Bastante o mucho de eso aparece en el impacto de la crisis brasileña sobre la Argentina. También, en la afanosa búsqueda aquí de algo de allí que pueda ser asimilado a una recuperación, como pasa con las mejoras del 1% y del 3% que la economía y la industria anotaron durante el primer trimestre, y con el hecho de que el consumo hubiese caído 3% en lugar de caer 6%.

Debieran quedar claras las dimensiones: se trata de tres meses, muy módicos frente a un parate de una duración y una profundidad sin precedentes históricos.

Tanta expectativa por tan poco se explica porque atada a las compras del vecino va buena parte de la producción industrial argentina y, de seguido, la demanda de trabajo en el sector que más mano de obra ocupa. Puesta en números, esa dependencia dice dos tercios de las ventas externas de autos, autopartes y neumáticos y la mitad en plásticos, textiles y confecciones.

El resultado de esa altísima subordinación y de dos años largos de crisis fue que, desde 2013, las exportaciones industriales a Brasil se desplomaron hasta el 58%. Y 45% las totales.

Datos de la Fundación Capital dejan en evidencia que por muy grande que sea, el derrape ajeno encuentra a la Argentina desguarnecida, casi sin capacidad de respuesta propia. Dicho de otra manera, que quienes la han gobernado no fueron capaces de crear alternativas que, al menos parcialmente, suplieran el papel de nuestro principal socio comercial.

Así se entiende que mientras las ventas a Brasil se hundían, las dirigidas al resto del Mercosur retrocedieran 30%; un 41% las que van hacia la Unión Europea; 27% al Nafta y 15% a China.

Obvio de toda obviedad: en este mundo cada vez más competitivo y acechado por el proteccionismo, nadie hace por uno lo que uno no hace por sí mismo. Esto se llama políticas o ausencia de políticas.

Las exportaciones pueden ser evaluadas por los dólares que reportan o por el volumen de producción y el valor agregado que llevan incorporados. O por ambas cosas a la vez.

Si las cantidades importan e importan de verdad, otros números cuentan dónde quedamos anclados. Y valen de nuevo, así empiecen a fastidiar:

  • -En 2016 el volumen colocado en el exterior apenas superó en 11,5% al de 1998. Después de tocar un pico transitorio en 2011, cayó casi sin pausa a partir de entonces. O sea, desde el cepo cambiario y las restricciones que el kirchnerismo impuso cuando ya eran evidentes los apremios en el sector externo y, sin prevenirlos, volvió a optar por los parches de apuro.

  • - Atenuado, el mismo panorama sigue presente estos meses: comparadas con igual período del año pasado, en el primer cuatrimestre las cantidades exportadas caen un 3,9%.

Y si se ingresa al interior de las cifras podrá advertirse un proceso más complicado y más difícil de remontar todavía: - Siempre medidas según las cantidades, las ventas de manufacturas rigurosamente industriales lucen claramente peor que el resto.

Contra 2011, han caído nada menos que 60%: falta de competitividad de la producción nacional y crisis brasileña juntas.

  • - Un caso si se quiere extremo es el retroceso en las ventas de combustibles: canta 78% respecto de 2002. Esta vez tocan derrumbe de la producción de hidrocarburos y colapso energético bien propios.

  • - Al fin, un lado bueno entre tantas cuentas negativas: las exportaciones de bienes primarios y de manufacturas de origen agropecuario crecieron 28% y 5,7%, respectivamente, versus 2005. Ninguna novedad tampoco, aquí pesan la súper soja y sus derivados.

El problema, porque nunca faltará un problema, asoma apenas se mira la composición de las ventas al exterior. Dos tercios arroja la suma de bienes primarios y manufacturas agropecuarias con bajo valor agregado directo y menos de un tercio, la industria pura.

Un par de conclusiones surgen de ese mix, ninguna desconocida ni estimulante. Una es la creciente primarización del comercio exterior y la segunda, que perder el tren industrial equivale a arriesgar mucho trabajo.

Ya dentro del territorio de los dólares, un punto a favor es que todavía acompañan los llamados términos del intercambio, o sea, el diferencial entre el precio de los bienes que el país exporta y el precio de sus importaciones.

Aunque la ventaja no llega a la que existía cuando el precio de la soja batía récords, aún supera en un 31% al registro de 2004, donde arranca la última serie estadística del INDEC.

Sólo eso ya dice que la Argentina desaprovechó una bonanza externa como nunca se vio, ni siquiera en la era del granero del mundo.

Y que pasó de largo la chance de aplicar una masa de recursos enorme al desarrollo parejo de la economía: todo de la cosecha K.

Una vista panorámica habla, también, de cuestiones que han tomado formas estructurales y, sobre todo, de un país que atrasa por donde se mire. Aún incompleto, el menú abre paso a las reflexiones que cada cual elija.

Van desde una bajísima tasa de inversión, menor a la de la región y a la de parientes tan cercanos como Uruguay, Chile y Perú, hasta una dotación de capital humano que cuadra con la calidad de la educación y con el muy desigual acceso a la educación.

Hay un desempleo recurrente, habitualmente alto, que deja truncos los procesos de aprendizajes laborales, y una inflación que nunca termina de encajar en los estándares internacionales.

La economía descolla entre las más cerradas del mundo, lo cual significa limitada incorporación de maquinarias, de tecnologías y de otros beneficios. Y si encima eso convive con retraso cambiario o políticas siempre erráticas, cualquier apertura seria de las importaciones puede sacudir a sectores enteros.

El tren del atraso sigue con los agujeros en la infraestructura y los costos que acarrea, la inestabilidad y todo cuanto quiera ponérsele.

De vuelta al comienzo, nada hay en el conjunto que no hiera la competitividad de las exportaciones ni exponga la más poderosa fuente de divisas del país, de esas llamadas genuinas. Los primeros datos del año ya informan déficit comercial y varios analistas dicen que el saldo no va a mudar de color.

Dada la magnitud y variedad de los problemas acumulados, nadie podría cargarle la culpa de todo al gobierno macrista. Eso sí, ya empezó a ser suya la responsabilidad por lo que haga y deje de hacer.

Suena a demasiado evidente el peso que allí le cabe a la gestión, a una gestión que luce tan cuidadosa en el discurso como poco eficaz en los resultados. La prueba son los vaivenes en ciertas decisiones.

Una dificultad extra, por cierto grande, es que no hay contra qué contrastarla. Y no lo hay porque sigue ausente un plan articulado en varios frentes, en lugar políticas aisladas o, si se prefiere, contradictorias. De ahí nacen también los desajustes macroeconómicos.

Así se llega, finalmente, a la pregunta del millón: ¿será pasado octubre el tiempo de develar cuál es la hoja de ruta del Gobierno, hacia dónde va y de qué manera irá? El modelo macrista, para decirlo sin rodeos. 

Alcadio Oña

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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