Viernes, 07 Julio 2017 00:00

Mejora la economía real, pero se debilita la monetaria - Por Daniel Sticco

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Normalmente una es consecuencia de la otra. En la Argentina suele ser diferente

 

Los primeros indicadores de actividad de junio, como la venta y la producción de automotores: se patentaron más de 3.800 autos por día, motos e inmuebles; y también los de recaudación de impuestos sobre el consumo, el comercio exterior y el empleo, coincidieron en mostrar una clara y fuerte reactivación, claro está, en comparación con lo que fue uno de los peores niveles que se registraron desde que comenzó el nuevo Gobierno.

Esa característica se proyecta que prevalecerá hasta septiembre, y tal vez octubre, porque ahora, a diferencia del año anterior, se está en presencia de la recolección de una excelente cosecha pampeana. La recuperación del stock ganadero y el consumo de carnes alcanzó niveles récord, con más de 125 kilos promedio por habitante por año, si se agregan el de carne vacuna, cerdo y pollo; la tonificación de la obra pública, por normalización de los contratos y nuevos emprendimientos, más aún en un año electoral; y también de generalizada recuperación de la producción industrial.

Sin embargo, no todas serán buenas noticias, porque parte del mérito de la incipiente reactivación que llega con un año de retraso respecto de las expectativas que a esta altura del año anterior tenía el entonces ministro de Economía Alfonso Prat-Gay, se origina en el relajamiento que se advierte en la política monetaria.

Es cierto que las máximas autoridades del Banco Central no cedieron a las presiones de propios y extraños para que bajara las tasas de interés de referencia del mercado. Lo hizo en valores nominales, aunque no en términos reales, porque las mantiene en unos ocho puntos porcentuales por arriba de su meta de inflación techo para el año en curso. Pero, por el contrario, dejó deslizar severamente la emisión de dinero, habida cuenta de que tanto la circulación de dinero en poder del público como los agregados monetarios más amplios que incluyen los depósitos en caja de ahorro y a plazo pasaron de crecer a tasas cercanas a 20% a más del 33% en comparación con los niveles del año anterior, pese a que la tasa de inflación desaceleró a la mitad de la de entonces.

Se sabe que el principal impulsor de la laxitud monetaria es la política gradualista de baja del déficit fiscal, porque, si bien no se emite directamente como lo hacía el gobierno anterior, se crea dinero primario cuando el Banco Central compra los dólares que consigue a cualquier plazo el ministro de Finanzas, Luis Caputo, para tapar el bache que administra el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne.

Momento inoportuno

Esos movimientos, como era de esperar, contribuyeron a reanimar la economía, aunque aún no de modo generalizado, sino más bien concentrado en los sectores de medianos a altos ingresos, y en actividades de consumo sustitutivas, como el señalado caso de las carnes, en detrimento de otros alimentos y bebidas que se han encarecido más de lo que puede tolerar la variación de los ingresos de los trabajadores de baja calificación.

Para peor, en una sociedad en la que prevalecen funcionarios y también economistas que militan en las filas de la oposición adictos a las administraciones de precios y tarifas, y también a sostener un Estado grande que intervenga en gran parte de la vida económica con el uso de los recursos que genera el sector privado, no sorprende que la flexibilidad de la política monetaria coincidiera con el momento de las autorizaciones de aumentos de precios y tarifas de los combustibles; a la medicina prepaga; a los cigarrillos, luego seguirán los postergados al sistema de transporte; más los factores estacionales, como los del turismo de invierno.

De ahí que cuando se prenunciaba que la tasa de inflación que se había desacelerado al 1,5% en la segunda mitad de 2016 y que se había disparado en la primera parte del corriente año volvería a marcar un nuevo ritmo de mensual camino al 1%, antes de llegar a ese umbral en mayo, volvió a marcar un punto de giro en junio y se prevé que se acentuará en julio y agosto, con tasas próximas a dos por ciento, aunque el informe con el último Relevamiento de Expectativas del Mercado del Banco Central no comparte esa perspectiva.

En ese escenario, y pese a la estacionalidad alta de las liquidaciones de divisas de los exportadores de granos gruesos, como el maíz, y de oleaginosas, el complejo sojero, desde mediados de mayo se asiste a una notable aceleración del tipo de cambio, la cual tiene múltiples causas, pero una que no podía faltar, la abundante y creciente liquidez en el mercado de pesos.

Características del régimen de flotación

Los argentinos aún no se acostumbran a que en un sistema de tipo de cambio libre con prácticamente nula intervención del Banco Central para influir en la tendencia de la cotización, el precio de cada divisa surge de la fortaleza de la oferta y la demanda y, por tanto, no parece apropiado hacer advertencias de atraso cambiario que encarece el valor de producción nacional, en particular del costo de la mano de obra.

Ni tampoco preocuparse en demasía por alguna "corrección", propia de una economía en la que mantiene una tasa de inflación de dos dígitos al año, porque la paridad entre el peso y el dólar avanza de a escalones pronunciados, aunque por ciclos largos a tasas de un dígito.

Sobre todo porque en un régimen de flotación libre, cuando por cualquier causa, económica o política, el tipo de cambio se mueve más de lo habitual reaccionan en sentido contrario los principales oferentes, exportadores, y demandantes, importadores; como también inversores para atesoramiento o cambio de moneda, entre otros operadores.

De todas maneras, para los memoriosos y seguidores de las estadísticas del recorrido del tipo de cambio (vulgarmente se habla del dólar, pero lo que se mueve por estos lares es el peso respecto de la divisa), no es fácil ponerlos de acuerdo, porque el punto de partida de un tipo de cambio con poco más de cuatro años con cepo es muy diferente si se toma $9,66 por dólar que cotizaba para muy pocas y reguladas operaciones, o $15 que se negociaba en el contado con liqui el 9 de diciembre de 2015, o poco más de $14 el día previo a la unificación cambiaria y paso a un sistema de libre flotación, una semana después.

 

El Banco Central toma este último y compara su variación con la que siguieron las monedas de los principales socios comerciales: Brasil, Estados Unidos, China y Europa, y obtiene un tipo de cambio nominal multilateral un 35% más alto en la actualidad; y reconoce un atraso de un 10% en términos reales, luego de quitar los efectos de la inflación interna acumulada de poco más de 63%, y la de esos países.

Sin embargo, ese ejercicio del Banco Central desconoce la brecha previa entre el tipo de cambio oficial y el verdaderamente libre de entre 40% y 50%, según se considere el día previo a la unificación de los mercados o el de la víspera al cambio de gobierno. Aunque frente a semejante distorsión de mercado tampoco esa brecha debe tomarse con un indicador fuerte de atraso cambiario.

Lo más recomendable para zanjar esa discusión es que los gobiernos presentes y futuros no abandonen su preocupación por equilibrar las finanzas públicas, al menos entre ingresos totales y gastos antes del pago de intereses de la deuda, para que no genere presiones indeseadas sobre la política monetaria, que luego se propagan a la inflación y al tipo de cambio nominal, y contribuyen a agrandar un círculo vicioso que afectará a la economía real y el empleo, aunque siempre se manifiesta con algún rezago.

Daniel Sticco
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