Lunes, 10 Julio 2017 00:00

Los tiempos de la política y los de la economía nunca coinciden - Por Dante Sica

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En la recta final hacia las elecciones, la realidad es que nada cambiará demasiado en la economía.

 

No hay que ser adivino para afirmar que al Gobierno le encantaría mostrar con contundencia que la economía se ha encarrilado en forma definitiva en la senda del crecimiento y la desinflación, sobre todo en este año electoral.

Pero también podemos asegurar que eso no está siendo una tarea sencilla. De hecho, si bien la economía ha empezado a mejorar (el producto bruto interno, sin estacionalidad, creció 1,1 por ciento en el primer trimestre versus el trimestre previo, un resultado mejor al que se esperaba), la recuperación se ha demorado y el nivel de actividad creció apenas 0,3 por ciento anual.

Los últimos datos de la actividad confirman este magro escenario: en abril la economía avanzó un leve 0,6 por ciento interanual y se mantuvo virtualmente estancada en la comparación mensual.

Además, como es habitual en las economías con recuperaciones suaves, se observa una importante disparidad entre los sectores, con algunos que han empezado a avanzar a tasas interesantes, como el agro y la construcción, y otros que siguen en retracción como el retail o la industria manufacturera, que venía cayendo y recién en mayo logró mostrar una mejora interanual.

En cuanto a la inflación, una de las variables más sensibles en temporada de elecciones, luego del aumento verificado entre febrero y abril, parece haber retomado su sendero declinante a partir de mayo, pero aún se ubica en niveles que superan las aspiraciones de las autoridades, con una inflación reacia a quebrar el 1,6 por ciento mensual (núcleo) y el 21 por ciento anualizado.

En definitiva, es una buena noticia que la economía haya comenzado a reactivarse, aunque es cierto que hasta el momento no se siente mucho en la calle. Y que el proceso de desinflación se encamine a afirmar la tendencia es crucial.

Pero es claro que eso no está sucediendo ni al ritmo ni con el vigor deseado para mejorar la temperatura del clima electoral y, como es sabido, el ciclo político le exige al ritmo de la economía más dinamismo del que puede dar.

Si bien los resultados económicos hasta ahora no dan lugar para un gran entusiasmo, un hecho positivo es que las autoridades no han cedido a la “tentación” tradicional de los años electorales, que es la de “tirar la casa por la ventana”, sino que han dado señales de estar comprometidas con el objetivo de avanzar en forma paulatina hacia la estabilidad macroeconómica y hacia un crecimiento de mediano plazo impulsado por motores genuinos como la inversión y la competitividad.

Prueba de ello es que, pese a ser un año en el que el oficialismo plebiscita la gestión, el Gobierno ha tomado medidas atípicas como continuar con el cronograma de los aumentos de tarifas y combustibles, o aplicar una política monetaria restrictiva orientada a bajar la tasa de inflación, con el objetivo de construir la credibilidad del Banco Central, lo que sin duda ha inhibido una recuperación más enérgica.

Y si bien el excesivo gradualismo fiscal está en el centro de la discusión entre los economistas, por sus consecuencias macro indeseadas como las presiones bajistas sobre el tipo de cambio y las tensiones sobre la política monetaria (queda muy sola en el combate con la inflación), la elección de ese camino puede interpretarse como el costo que se tiene que afrontar por una transición ordenada desde el punto de vista político y social.

De todos modos, excluyendo los ingresos extraordinarios del blanqueo de capitales, el déficit primario apunta a cerrar el año en un nivel equivalente al 4,6 por ciento del PIB, alrededor de un punto por debajo de 2016.

Reducir en tal magnitud el déficit en un año electoral se muestra como un hecho casi inédito en la historia moderna de nuestro país.

Ya en la recta final a la elección de octubre, la realidad es que nada cambiará demasiado en cuanto a los principales resultados económicos. Lo que resulte en materia de actividad e inflación está prácticamente jugado.

La actividad llegará a octubre con tasas de expansión de algo más de tres por ciento anual que se evidenciará más en la estadística que en el humor social. La inflación, por su parte, se ubicará en torno al uno por ciento mensual y en tasas interanuales del orden de 21 por ciento hacia el tercer trimestre, lo que tampoco generará la sensación de una tarea con resultado exitoso.

Estas primeras mejoras en las tendencias permiten trazar perspectivas positivas en el mediano plazo, pero no bastan para mejorar la percepción de ahora ni la de octubre.

La duda clásica es saber si la botella está medio llena o medio vacía. Lo único que podemos afirmar es que es mucho el trabajo que resta por hacer y que es muy temprano para sacar conclusiones. Pero claro, la botella medio llena es que por lo menos se empezó con la tarea. Algo que no podía afirmarse hace no tanto.

Dante Sica
Director de Abeceb  
Exsecretario de Industria, Comercio y Minería de la Nación

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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