Lunes, 18 Septiembre 2017 00:00

La industria, una prioridad - Por Dante Sica

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La actualización del “stock” de capital es una necesidad en una economía que incorporó escaso equipo durable a lo largo de su historia.

 

No existe duda alguna de que, lejos de converger hacia los países desarrollados, Argentina mostró una clara involución en las últimas décadas: entre 1980 y 2016 la tasa de pobreza pasó de poco más del 10 al 33 por ciento, el salario real de los trabajadores retrocedió 25 por ciento y la tasa de desempleo genuina creció en forma significativa, descontando la absorción en exceso por parte del sector público.

Si bien las razones de este deterioro son múltiples, es posible asignarle una parte significativa de la responsabilidad a una de ellas: la bajísima acumulación de capital.

Según estimaciones del Fondo Monetario Internacional (FMI), entre 1983 y 2015 el stock de capital per cápita de Argentina creció sólo nueve por ciento, mientras aumentó 228 por ciento en Chile, 77 por ciento en Colombia, 50 en Uruguay y 26 en Brasil.

Si Argentina es conocida por su disponibilidad de recursos naturales, humanos y tecnológicos, entonces el interrogante: ¿Por qué fracasamos?

La respuesta es simple y compleja a la vez: las reglas de juego fueron erradas. El entramado institucional local no fue propicio ni para el aprovechamiento de las ventajas comparativas existentes ni para la construcción de ventajas competitivas.

Si bien no existe una receta aplicable para el desarrollo y la historia ha demostrado que puede alcanzarse con el impulso tanto de los sectores primario, secundario y terciario, la industria se destaca por su mayor capacidad relativa de absorción de mano de obra, de agregado de valor y de generación de externalidades y complementariedades hacia su interior.

De ahí que, durante el último siglo, la promoción de la producción manufacturera haya sido una prioridad para muchas de las economías del globo. Pero el set de instrumentos usado ha variado a lo largo de los años.

Lejos de la política industrial tradicional, en la que el Estado elegía ganadores y fomentaba sectores a partir del proteccionismo y de controles directos, o de la aplicada desde mediados de los años ’70 (fortalecer las condiciones macroeconómicas y avanzar en reformas estructurales para apoyar a los sectores ganadores); en las últimas décadas ha emergido una política adaptada a la globalización.

Bajo este paradigma, los principales ejes de intervención son la incorporación de tecnología y la búsqueda de sinergias entre sectores productivos y de investigación; la mejora de los recursos humanos (adaptación a la era digital); y la promoción de la competitividad sistémica.

Así, a la planificación centralizada y al rol imperativo del Estado le sigue una etapa marcada por la innovación y el cooperativismo entre los actores sociales.

Buena matriz

A pesar de que a nivel agregado la industria argentina perdió casi ocho puntos de participación sobre el producto bruto entre 1975 y 2015 (de 22,5 a 14,6 por ciento), conservó su perfil diverso, demostrando la capacidad de supervivencia de las empresas, aún en un entorno adverso y ante la ausencia de una estrategia de desarrollo estable y alineada con el mundo.

Las ventajas comparativas relacionadas a la disposición de recursos naturales permitió el crecimiento de una industria de alimentos y bebidas que exporta a más de 180 destinos.

El avance del conocimiento permitió transformar materias primas como soja, maíz y caña de azúcar en biocombustibles, impulsando una industria con gran nivel de competitividad.

Además, diversas ramas industriales alcanzaron elevados estándares de calidad a pesar de no contar con ventajas comparativas. La química y la siderúrgica se desarrollaron a partir de la abundante disposición de energía barata, de calidad y de elevadas reservas de combustibles fósiles.

La discusión sobre como continúa el desarrollo de la industria local cobró protagonismo a partir del cambio de esquema macroeconómico.

La transición no fue inocua y tuvo impactos inmediatos. Entre los positivos están el acceso a divisas (en un sector dependiente de la importación de bienes de capital) y la extensión de plazos para su liquidación, la eliminación de retenciones a las exportaciones industriales, y el aumento de los reintegros en concepto de ventas externas.

Los negativos: la suba de tarifas de servicios públicos (gas y electricidad), la crisis en Brasil, y una mayor integración comercial que en el corto plazo afectó a ciertos sectores con un tipo de cambio real que los dejó rezagados.

Hoy la Argentina debe definir una política estructural que establezca las bases del crecimiento industrial compatible con las tendencias internacionales y el cambio tecnológico. La actualización del stock de capital es una necesidad en una economía que incorporó escaso equipo durable a lo largo de su historia.

No hay una única estrategia. La diferenciación de productos y procesos, la especialización y una mayor complejidad son algunas vías posibles para sostener un plan de largo plazo exitoso. El sector de software es un ejemplo de empresas nacidas bajo la concepción de que, para competir a nivel mundial, es necesario ser superior a lo existente.

Políticas horizontales y verticales deben combinarse de manera eficiente, como fue, por ejemplo, la formación de ingenieros y graduados en carreras tecnológicas.

Esas políticas sectoriales forman parte de una batería indispensable de reformas estructurales que el Gobierno tiene en agenda, como la ley de responsabilidad fiscal, la reforma tributaria, el blanqueo laboral y la reforma previsional. La sanción de estas iniciativas permitirá reducir costos y darle una mejor performance a la producción local.

Y para que no volvamos a fracasar, es indispensable que la dirigencia logre consensuar una estrategia de desarrollo que ponga énfasis en la productividad, la competitividad y la distribución del ingreso, el desarrollo del tejido industrial, el rol del Estado y la inserción internacional.

Dante Sica 
Director de Abeceb

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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