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Martes, 07 Noviembre 2017 00:00

Aunque todavía hay tiempo, el déficit comercial ya urge arreglos - Por Alcadio Oña

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Es un comentario recurrente entre los especialistas que llevar la carga desde los centros de producción a los puertos sale, aquí, más caro que conducirla luego a la lejana China. Alude al costo del transporte, de los fletes y de la logística, a una parva de obstáculos que, junto a otras parvas, limitan la competitividad de los bienes exportables.

 

Réplicas en los hechos parecidas surgen de un mapa elaborado por la Fundación Capital. Ahí puede verse adónde vendemos, cuánto vendemos y a qué distancia quedan esos mercados.

Hasta 10 mil kilómetros hay con los países de América latina, entre ellos Brasil y Chile. También respecto de las naciones que integran el Nafta, incluido desde luego Estados Unidos. Hacia esa zona va el 40% de nuestras exportaciones.

Un 30% de las ventas tiene por destino a las naciones de la Unión Europea, a Egipto y a otras del norte de África. Aquí la distancia es de 10 mil a 15 mil kilómetros.

Finalmente, a más de 15 mil kilómetros aparecen aquellos lugares que absorben el 40% restante. Se trata del Sudeste Asiático, con China o el gran mercado comprador chino a la cabeza.

La primera observación, bastante obvia por cierto, dice que la Argentina está en los confines del mundo o del mundo que para el caso interesa. Y la que le sigue pinta un problema ya de variados colores: el 60% de las exportaciones se concentra en sitios y regiones que quedan a más de 15.000 mil kilómetros. Esto habla también de la escasa diversificación de las exportaciones.

Hay entonces dos cuestiones cruzadas. Una son costos internos en cadena, como el transporte, el estado de los caminos y de los puertos y el tiempo que se consume en descargar las mercaderías y cargarlas después en contenedores o en colocarla dentro de los barcos graneleros.

Queda luego la distancia, que luce a obstáculo insalvable. ¿Lo es definitivamente?

Dicen algunos especialistas: “Es un inconveniente fuerte y no tan fuerte a la vez. La clave pasa por ver qué hacemos para acortar las distancias, porque así suene extraño eso es posible”.

En continuado uno de ellos pone el ejemplo de Chile, también un país austral. Explica: “A través de una amplia serie de acuerdos comerciales, han logrado reducir drásticamente los impuestos que les cobraban por el ingreso de sus productos. Y aun cuando la contrapartida haya sido abrir su mercado, por esa vía colocan bienes con un buen grado de elaboración que antes resultaba difícil colocar”.

Costos internos, limitada competitividad de la producción, distancia y, en fin, políticas que tiendan a remover ese lastre. Es lo que falta mientras el tiempo corre y las brechas se profundizan, tal cual puede advertirse en números del comercio exterior.

El balance anticipa para este año un rojo cercano a US$ 7.000 millones, tras un superávit de US$ 2.000 millones en 2016 pariente directo de la recesión. Nada indica que el cuadro vaya a mejorar pronto.

Medidas por las cantidades, o sea, despojadas del a veces impredecible vaivén de los precios internacionales, entre enero y septiembre las exportaciones caen 0,6%. En una muestra ampliada, la consultora Ecolatina anota un retroceso del 12,3% contra el récord de 2011 y un bajón mucho peor, del 31%, para las ventas industriales.

En estos seis años, la participación de las exportaciones fabriles en el total ha descendido al 30%. Y como las primarias y agropecuarias consideradas manufacturas han subido, ahora su tajada llega al 60%. En la jerga de los economistas a esto se le llama primarización creciente de las exportaciones.

Ya sin cepo ni demasiadas restricciones, las importaciones corren al 18%. Aumentos tanto en bienes asociados a la inversión cuanto en aquellos de consumo empujados por la mayor apertura, revelan el modo en que la economía depende del exterior.

Puesto de otra manera, ese 18% se corresponde con un repunte del orden del 3% en el PBI. Es un dilema sin solución a la vista, que arrastra la necesidad de contar con un considerable volumen de divisas o, de lo contrario, el riesgo de entrar en un cuello de botella.

La puerta de salida, dólares al fin, está en las exportaciones y en un avance sostenido de las exportaciones. No parece sencillo que un cambio así pueda ocurrir a corto plazo, aunque el Gobierno juegue fichas a las inversiones y a una baja de costos que mejore las chances de la producción local.

Hoy por hoy, los dólares grandes que entran van acoplados a otro tren y a un tren que también precisa ser encarrilado: el financiamiento del desequilibrio fiscal. Conviven pues déficit fiscal y déficit comercial.

Dice un ex director del Banco Central: “No advierto ningún apretón de momento. La Argentina seguirá teniendo crédito y crédito a tasas bajas. Además, la imagen externa de Macri aparece en un punto muy alto”.

¿Y dónde podría situarse la frontera?, le preguntó Clarín.

Respuesta: “En 2018 seguro que no está, tampoco en 2019 y quizás ni siquiera en 2020. Pero ya para entonces deberemos tener arregladas unas cuantas cosas”. Si su pronóstico resulta acertado, todavía hay tiempo para correcciones pero no sobra tiempo. 

Alcadio Oña

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