Domingo, 12 Noviembre 2017 00:00

¿Quién entiende a Sturzenegger? - Por Alcadio Oña

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El titular del BCRA afirma que si no fuese por su estrategia, la inflación sería más alta.

 

El gran objetivo de Federico Sturzenegger fue siempre el de orientar las expectativas inflacionarias a la baja, desde que asumió, el 11 de diciembre de 2015. La tasa de interés no fue su principal herramienta sino su única herramienta, o la herramienta monetaria-antiinflacionaria que emplea para aspirar pesos y comprimir la demanda.

Está a la vista que el jefe del Banco Central nunca logró poner los precios dónde él pretendía, por más que el índice haya retrocedido claramente. Y si la cuestión es el manejo de las tasas, hubo de todo este tiempo y el saldo señala que hoy no se encuentran muy distantes del nivel que exhibían al comienzo del proceso, o sea, después de casi 22 meses.

En el punto de partida coincidieron el levantamiento del cepo, la maxidevaluación y un impacto en los precios mal calculado. Lo que sigue es una muestra simplificada de la parábola que describieron las tasas de interés y de cómo fueron cruzándose con la inflación: ○ Cuando empezaban a percibirse los efectos del ajuste cambiario, a fines de diciembre de 2015 el BCRA encumbró su tasa hasta el 38%. Para entonces el índice de la Ciudad Autónoma decía 27% anual.

○ Tras una seguidilla de recortes, en noviembre de 2016 la puso en 24,75%. Una verdadera audacia: la inflación cantaba 44,8%.

-- Continuando con el raid bajista, a mediados de marzo pasado vino tasa del 22,25%, el piso de la lista. Otra audacia: el índice de precios anotaba 35%.

○ Paradoja de esta serie errática fue que después de que el Central diera marcha atrás con su estrategia, en mayo los dos números se tocaran: 25,5% uno y 25% el otro.

Parecía empate pero no era empate: demasiado elevada, la inflación se mantenía firme y airosa. Muy lejos de las aspiraciones de Sturzenegger y muy cerca de los peores registros internacionales.

No bien pasaron las elecciones y ya en un momento políticamente propicio, el BCRA descargó una artillería que evidentemente tenía preparada. Con dos golpes y en sólo quince días, llevó la tasa del 26,25 al 28,75%. El nuevo escalón quedó visiblemente por encima del que la propia entidad había fijado en marzo, apenas siete meses atrás (ver infografía).

Dice un ex secretario de Finanzas habitualmente mesurado: “Quizás se asustaron, pero fue un shock excesivo. Si aplicamos el método correcto y proyectamos la inflación del año próximo en 18%, ese 28,75% nos da diez puntos arriba. Una tasa de interés real que existe en muy pocos países”.

Detrás de la decisión pesó un dato que inquietó al BCRA. Surgió del último testeo que la entidad hizo entre medio centenar de institutos e instituciones privadas y públicas: marcó que la inflación estimada para 2017 ya no era el 22% previo sino un 23%. A comienzos de año, la encuesta decía 20,4%.

Clarísimo: las altas tasas de interés no sirvieron al manifiesto objetivo de orientan las expectativas a la baja. Los planes volvieron a chocar contra la realidad.

Otra manera de interpretar las cosas aparece en la también visible cadena de vaivenes que muestran los pasos del Central. Habla cuanto menos de cierta desorientación en la cúpula y habla además de notorios errores de cálculo, como fue fijarse metas del 12 al 17% y terminar con una inflación del 23%.

Salta aquí una diferencia del 59%, si se toma el promedio de la banda. Demasiado grande, desde luego, y sobre todo demasiado grande para funcionarios que desde el principio se pusieron a si mismos la misión excluyente de mantener los precios a raya.

Es cierto que durante el trayecto mediaron tarifazos en gas, electricidad y agua que sacudieron el índice de precios; algunos, en el orden del 1.000%. También pasó que los aumentos de combustibles resultaron mayores a los que el BCRA esperaba: podrán patalear, como patalean, pero eso vino de la Casa Rosada.

Aun así, hubo algo que Sturzenegger y su directorio advirtieron tardíamente: que además de pegar en el índice general, esos ajustes pegaban sobre precios que el Gobierno no regula. Ese bloque abarca nada menos que al 70% de los productos que el INDEC releva.

Esto es, aumentos de costos seguidos de otros aumentos hasta aterrizar en los precios finales de bienes que son clave en la canasta de consumos. Fallaron, juntas, la calculadora y la aspiradora monetaria.

Ya con las cartas sobre la mesa, unos cuantos analistas dicen: “Las tasas de interés son una herramienta muy liviana para enfrentar una inflación como la argentina. Sola no alcanza, si no va acompañada de una política fiscal consistente que achique el gasto público y ponga al déficit en caja”.

Podrían agregarse los coletazos de la inercia inflacionaria, o sea, los comportamientos asociados al hecho de haber convivido durante años con índices instalados, cómodamente, en los dos dígitos largos. Y también la puja por los ingresos o por no perder ingresos que un fenómeno así desata.

Todo, más lo de siempre: la inclinación a remarcar sin que cuenten los motivos. Parecido a alarmarse por la trepada de los precios, pero con el ojo puesto sólo en los precios ajenos.

Sturzenegger seguirá atacando a fondo con sus tasas, como la del 28,75%, que podría extenderse hasta marzo pensando en los próximos ajustes de tarifas, o tal vez una mayor. ¿Quién puede descartarlo?

El punto es que mirada por el reverso su herramienta deja de ser liviana. En el reverso no hay una cara sino unas cuantas caras.

Una conocida de sobra y a la que el jefe del Central no considera su tema se llama retraso cambiario. Pariente directo del prolongado jubileo financiero, golpea exportaciones y alimenta importaciones.

Otra cara revela el encarecimiento del crédito, incluido el riesgo de en algún momento roce los créditos personales. Se sabe además que el financiamiento costoso significa una rémora para el crecimiento de la economía.

Finalmente, el propio BCRA y su pelea con el pase a pesos de los dólares que tapan el agujero fiscal. Los intereses que sube son los mismos intereses que paga cuando debe renovar, y retener, parte de la montaña de Lebac que ha creado. Es su forma de absorber los pesos que emite y de evitar que terminen en demanda y presionen sobre los precios.

Pero ocurre que ese costo va derecho a su balance. Y ya peligrosamente. Implica un déficit llamado cuasi fiscal que, según especialistas, el año próximo equivaldría al 0,7% del PBI o, más claro, a unos $ 86.000 millones.

Es un número cercano a la baja del déficit del 1% del PBI en las cuentas nacionales que proyecta Nicolás Dujovne. Y dado que todo es Estado, el desequilibrio del Central también debe ser computado.

Sturzenegger suele afirmar que si no fuese por su estrategia la inflación sería más alta. Se trata de una afirmación incomprobable.

Lo que está a la vista expresa falta de coordinación, si no pujas, en áreas clave. Y dice, claramente, que la inflación es un problema complejo que debiera ser enfrentado con un programa global que atienda todas sus variantes. Justamente, un plan complejo. 

Alcadio Oña

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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