Jueves, 12 Abril 2018 00:00

Como Cristina: los que pierden elecciones dicen ahora que "Facebook Miente" - Por Guillermo Kohan

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A todos los indignados con Facebook que simpatizan con la idea de promover regulaciones estatales a la red social con el argumento de que se trata de un peligroso instrumento mediático que puede y ha manipulado a la gente a la hora de votar y consumir; conviene recordarles que precisamente ese riesgoso razonamiento es el que siempre esgrimió Cristina Kirchner y la izquierda anti democrática vernácula para explicar sus propias derrotas en las urnas.

 

Desde que comenzó a perder las elecciones en 2013 y sobre todo con la derrota de 2015 en las presidenciales y el ascenso de Mauricio Macri al poder, el argumento de Cristina siempre fue que la gente votó engañada. Acaba de repetir lo mismo en un talk show con el ex presidente Correa de Ecuador, a propósito de su última decepción, la contienda que perdió contra Esteban Bullrich y Gladys González. Las conclusiones de semejante análisis son, además, temerarias. Macri no sería un presidente legítimo, ya que fue votado por gente engañada por el poder económico y los medios concentrados.

Clarín Miente, decía y dice Cristina. Facebook miente y manipula, dicen ahora los que fueron derrotados en las urnas. Cuidado con promover la extrema regulación y el ataque a Facebook, ya que tarde o temprano, con los mismos argumentos como ocurrió en la era Kirchner, volverán a venir por nosotros, el periodismo profesional.

Está claro que se abrió un debate más que apasionante en el mundo político, periodístico, de la comunicación y la publicidad. Un proceso dinámico y además imprescindible, que ni siquiera es del todo nuevo a propósito del efecto de las redes sociales en la comunicación, y el rol de los periodistas profesionales y los medios de comunicación tradicionales. Bajo el supuesto verdadero, aunque a veces exagerado pero, de que el mundo mediático en todas sus nuevas formas afecta las conductas sociales, las modas y los hábitos de consumo. De allí a concluir que Donald Trump le ganó a Hillary Clinton, o que el Brexit se impuso en Inglaterra por culpa de las noticias falsas publicadas en Facebook o retuiteadas en Twitter, parece demasiado.

A esta altura, ya existen muchas cuentas pendientes entre el periodismo clásico y las redes sociales. Los medios se ven amenazados por la migración de la publicidad a Facebook y Google. Acusan a esas redes de utilizar los contenidos de los diarios, sin dejar una moneda a cambio. Está claro que los medios tradicionales, aún en sus versiones digitales y de penetración en redes, llevan un nombre y apellido y un editor responsable que se supone evita que por ese canal se propaguen noticias falsas o mensajes peligrosos en términos de alentar la violencia, el terrorismo, la discriminación o el abuso contra personas en todas sus formas. También se supone que los medios tradicionales informan en orden al bien común y no en función de intereses particulares.

Nada termina siendo ni tan blanco y ni tan negro, y también Facebook y Google tratan de poner filtro con éxito relativo contra los malos comportamientos en la red. Pero aún en un mundo de grises, hoy los periodistas profesionales y muchos medios locales e internacionales guardan un prestigio elevado, al punto que muchos de estos periodistas y empresas de medios han comenzado a cobrar por los contenidos de información Premium. Se vuelve atrás con un error histórico de los diarios: la gratuidad en los contenidos de internet.

En rigor, todo este debate respecto de la credibilidad y la supuesta peligrosidad de las redes sociales funcionando como medios de comunicación donde vale todo y no hay filtro, representa una nueva oportunidad para el periodismo profesional de excelencia. Quien quiera información gratis, a veces trucha y no verificada, que siga informándose por las redes sociales. Quien confía más en a leer o escuchar al periodismo profesional y con marca registrada, que ayude a financiarlo. Pertenecer tiene sus privilegios, dice American Express, y con ese cuento cobra desde toda la vida la suscripción más cara.

Aparece otro debate menos transparente y más sesgado. Es el que plantea que la realidad y expansión de las redes sociales representa el acta de defunción para el periodismo y la comunicación profesional clásica. A la vez los activistas de las redes sienten que gracias a la tecnología ahora pueden expresar sus opiniones sin tener que esperar que un editor les publique sus notas en una carta de lectores, o les pasen su mensaje en un programa de radio. Está lleno de justicieros en Twitter que opinan 24 horas duramente contra los comentarios y notas de los periodistas. También el actual Gobierno y algunos grupos de poder en empresas privadas y organizaciones expuestas ante la sociedad, han encontrado en las redes sociales un argumento para bajarle el precio al periodismo tradicional. El argumento de que ya nadie lee los diarios ni escucha la radio, y se informa por Facebook, Google, Instagram o Twitter.

Nada más alejado de la realidad y todo un absurdo desde mi punto de vista. Ya se anticipó la desaparición de los diarios con la radio, la de la radio con la TV, la de la TV con Netflix y demás. El tiempo ha demostrado que las cosas son exactamente al revés. La tecnología y las redes sociales son un extraordinario altavoz, además de una experiencia de libertad, que no debe ser regulada por el Estado, salvo en evitar propagación de mensajes y conductas aberrantes. Para los periodistas y los comunicadores, permite difundir mucho mejor las ideas, potenciar la lectura de notas y las vistas de videos o programas de TV donde los periodistas trabajamos. Publicitarnos, darnos manija unos a otros. Nos permite saber qué opinan nuestros oyentes, nuestros lectores y los que nos siguen en las redes y la TV. Gracias a las redes, muchos periodistas de calidad pueden dar a conocer su información y sus puntos de vistas sin estar obligados a ser contratados con exclusividad por alguna empresa de medios, Es más libertad para todos. No solo los periodistas. Todos pueden aportar información. La credibilidad, la capacidad de contar historias que generen interés en el público, la capacidad de anticipar información que luego se confirma, los contenidos de calidad que resultan el agregado de valor sigue presente. Se en la pantalla del teléfono o en una revista impresa.

Por supuesto que hay información falsa. Hay extorsión, hay instrumentos tecnológicos para acosar opositores. Todo eso empeoró con la libertad de las redes. Es el costo a pagar y el nuevo mundo con el que hay que lidiar. Los que perdieron el Brexit en Inglaterra, deberían haber utilizado mejor las redes sociales que sus adversarios. Echarle la culpa a Facebook es fácil. Decir que nadie sabía sobre el Big Data y la búsqueda de perfiles personales para direccionar mensajes es ingresar en un hipocresía similar a la que tenían aquellos inversores que antes de la caída de la Convertibilidad compraban títulos argentinos que pagaban 20 veces lo que ofrecían los bonos de EE.UU.; y cuando vino el default decían que no sabían que corrían tanto riesgo.

¿Ahora se enteraron los usuarios de Facebook que la compañía guardaba sus datos personales? ¿Por qué creían que los dejaban chatear gratis? ¿Quién, sino la propia gente y con una sonrisa le dio gratis y de buena gana todos los datos íntimos de cada usuario a Facebook?

Alguna vez me pregunté cuál habrá sido el secreto inicial del éxito incuestionable de la idea de Mark Zuckerberg. Con la experiencia de haber trabajado años en los diarios, creo que la clave es que todas las personas son algo egocéntricas, de una u otra forma, quieren verse en la tapa de un diario o al menos editar la tapa de un diario y poner a otros allí. Crear los títulos de la tapa, que se vean en letra de molde, editar fotos, videos, opinar, comentar sobre la vida propia y la de los demás, conectarse con lectores o seguidores. Gracias a Facebook, todos ahora son editores y allí el gran atractivo, desde luego potenciado por querer estar en un espacio de potenciales 2000 millones de oyentes, anunciantes, clientes, lectores o seguidores. No lo arruinemos. No permitamos que ingrese todavía más el Estado en la vida de todos nosotros. En todo caso, que los reguladores de siempre nos sigan en Twitter y en Instagram, o nos ofrezcan su amistad en Facebook.

Guillermo Kohan

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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