Domingo, 03 Junio 2018 00:00

¿Cuánto puede costar el dólar? - Por Alcadio Oña

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Una conclusión de los que conocen el juego: "La presión cambiaria estaría diciendo que 25 es poco".

 

Conclusión entre quienes conocen este juego de sobra y manejan ciertos datos de intramuros: “Si fue verdad y hasta admitido por algunos funcionarios que el dólar a 25 pesos era lo que pedía el mercado, la presión cambiaria constante estaría diciendo ahora que 25 es poco”.

Todos los días el Banco Central pone sobre la mesa US$ 5.000 millones para evitar que el precio supere los 25 pesos fijados como techo, pero sigue sin vender. El que vende y vende en cantidades crecientes es el Banco Nación, convertido en el gran operador del Gobierno: ya superan los US$ 1.000 millones, probablemente más de US$ 2.000 millones desde que tomó la posta.

Dentro del paquete también reciente hubo alrededor de US$ 3.000 millones gastados en el mercado de futuros. Las cifras reales queman y ocultarlas luce a consigna de hierro, solo que nada logra bajar la fiebre.

En realidad el Nación no usa divisas propias, sino las que el Tesoro Nacional tiene depositadas y provienen de bonos de la deuda colocados por el Ministerio de Finanzas. Esa es una manera de evitar que el Central aparezca desprendiéndose de reservas y es a la vez un enroque: los dólares que el banco vende son dólares que de otro modo habrían engrosado las reservas del BCRA.

Parece una rareza, salvo porque debajo del enroque flota la idea de que Federico Sturzenegger zafe de la obligación de emitir pesos por las divisas que recibe. Pero sigue presente una bomba de tiempo que debe empezar a desactivar más pronto que tarde: el costoso y enorme stock de Lebac.

El próximo 19 de junio, otro supermartes, vencen letras por alrededor de $ 617.000 millones y precisará renovarlas todas para trabar la posibilidad de que los pesos sobrantes sumen presión cambiaria a la presión cambiaria. Pregunta cantada dentro del mundillo financiero: ¿aceptará pagar más del 40%?

Lo cierto finalmente es que si no fuese por el largo brazo del Nación el dólar estaría más caro de lo que está: “La demanda viene muy pesada”, afirman quienes miden el día a día de las operaciones. Y montados sobre las expectativas, los exportadores repiten el viejo ejercicio de liquidar divisas en cuentagotas.

Hay un dato clave que explica gran parte de la tormenta: el Fondo Monetario pretende que el Gobierno deje flotar el tipo de cambio sin intervenir, lo cual equivale a decir que la cotización vaya adónde tenga que ir. En terminología técnica, que alcance su propio punto de equilibrio.

Tal vez eso no asome así de explícito en el acuerdo, sino encubierto bajo metas relacionadas con la acumulación de reservas. Entran allí dos piezas que juegan simultáneamente: una es que las reservas no sean utilizadas para contener al dólar y la otra, que el préstamo del FMI no financie la fuga de capitales.

A todas luces evidente, el problema que advierte Mauricio Macri ancla en aquel adónde el tipo de cambio tenga que ir. Porque entonces la cuestión salta al estadio siguiente: el traslado de la devaluación a los precios.

Macri también le teme, y con abundantes razones, al ruido que el dólar suele meter cuando va en trepada, incluso entre quienes a duras penas consiguen arañar un puñado de billetes verdes. Se trata al fin del efecto de una economía bimonetaria, en la que se transa en pesos y se ahorra en dólares. Si se prefiere, una donde nunca está ausente el riesgo de que el peso se deprecie.

Y aquí vuelve a probarse eso de que querer no siempre es poder, o que a menudo decidir resulta inevitable.

De pique en pique, la pelota ha terminado por caer en el área chica oficial, o sea, en la premura por llegar a un acuerdo con el Fondo Monetario que pueda poner fin a la turbulencia y a todos sus añadidos. Esa premura tiene un número: 15 días.

Y tiene un par de números más: sólo en mayo el dólar subió 21% y 36% desde principios de diciembre, cuando comenzó a empinarse. Muchísimo en muy poco tiempo.

Puestos en cálculos de un especialista, antecedentes sobre los coletazos del dólar dicen: la fuerte devaluación de Axel Kicillof de 2013-2014 se trasladó entera a los precios y la de 2015-2016, pegó entre un 75 y un 80%. Según sus cifras, con muy pocas diferencias, en los dos casos se esfumó la ganancia cambiaria y quedó la resaca.

¿Y qué puede ocurrir con la de estos meses?, le preguntó Clarín.

Respuesta: “Puede ocurrir y no vendría nada mal, que el traslado del ajuste a los precios sea del 40% o del 50% y que el resto signifique ganancia cambiaria real. La ventaja, si es posible llamarla ventaja, está en que la demanda interna no da para andar revoleando aumentos y en que el riesgo de no vender significa tener que bancarse la tasa de interés que implica no vender”.

El telón de fondo es justamente una economía que ha entrado en zona de estancamiento y que va camino de un tercer trimestre recesivo. “Quizás tengamos cierto repunte durante el cuarto trimestre”, dice un consultor y apuesta el Gobierno.

Las estimaciones para todo el año van desde un muy modesto crecimiento del 1,5% a un todavía más modesto 1%. Y si la cuenta vira al PBI por habitante, estaríamos hablando de cerca de 0, o de nada.

Ni hace falta decir que todo sacudirá el empleo y que si no termina en desempleo, seguro terminará en menos horas trabajadas o bajo formas diversas, como la caída de contratos temporarios. De un modo u otro, pérdida de ingresos familiares.

De vuelta a los aumentos de precios, han empezado a escucharse ruidos con la fórmula que el ministro de Energía, Juan José Aranguren, imaginó para salir del congelamiento de los combustibles. El objetivo sería seguir pateando el tema hacia adelante para demorar el impacto de la suba en la inflación. Evidente: cuando se tocan puntos sensibles, se tocan otros puntos igualmente sensibles.

Arreglar pronto con el FMI y bajar la fiebre cambiaria no sólo preservaría reservas que de todos modos se pierden, también abriría la posibilidad de recortar la tasa del 40%. Claro que esto no equivale a movilizar crédito productivo, cuando lo que no se mueve es el consumo. Puede servir, eso sí, para darles un poco de oxígeno a las empresas endeudadas.

Existe ahí una variable aún desconocida que Nicolás Dujovne trata con Sturzenegger y discute con el FMI: hasta dónde llegará el apretón monetario y cuál será el diseño de la futura política monetaria. Algo probablemente parecido a una meta inflacionaria para 2019 habrá y debe resultar desde luego creíble: nunca el 10%, tal vez un 20 o un 22%, barajan varios economistas.

Números y más números, el gran número es la magnitud del financiamiento del Fondo. Dadas las cifras que han ido meneándose, incluidas varias imposibles, a esta altura sonaría a escaso que el stand-by fuese menor a US$ 30.000 millones. Como sostienen consultores, el monto debería empezar “con un 3”.

Apoyados en una buena dosis de buena voluntad o en una fuerte dosis de buena voluntad, algunos de ellos creen que no habría mayores dificultades para acordar las metas fiscales. Claro que serán metas muy generales que el Gobierno deberá llenar con medidas bien concretas: implicarán al fin ajustes serios y tocar puntos sensibles, donde nada dependerá únicamente de la Casa Rosada.

Inevitable resultará pues negociar con los gobernadores, de modo que ellos se hagan cargo de parte del ajuste. Y mejor dejar de torearlos, porque aun cuando pueda ser cierto por completo que está en juego la salud del país, el macrismo no pasa precisamente por su mejor momento.

Con una evaluación que sabe a impecable y a grandilocuente a la vez, un analista dice: “Macri está ante la alternativa de comportarse como un político o como un estadista”. Quiere decir que debería pagar los costos del ajuste. Que habrá costos ya se descuenta, y también que mientras pueda Macri no resignará la aspiración de ser reelecto.

Alcadio Oña

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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