Jueves, 13 Septiembre 2018 00:00

Legaliza el Presupuesto el drama de un país que ofrece suba eterna de impuestos - Por Guillermo Kohan

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Se consolida en estas horas lo que podría considerarse ya una verdadera tragedia fiscal en la Argentina, una Nación que no puede reducir un gasto público gigante, creciente, e indexado; donde la única oferta que se puede asegurar para sus habitantes es un presente -y sobre todo un futuro- donde solamente que cabe esperar es que los impuestos suban y suban cada vez más.

 

El debate sobre el presupuesto entre el Gobierno y la oposición incluye, al momento, el riesgo de que se repongan o se incrementen no menos de 10 impuestos que se habían prometido reducir: ingresos brutos, impedir el ajuste por inflación para el impuesto a las ganancias, más IVA y menos monotributo contra la clase media, mayor presión en bienes personales, renta financiera, aportes patronales, revalúo de inmuebles para penalizar más las propiedades y las inversiones, eliminar reintegros, imponer retenciones a las exportaciones, reponer la carga colonial del impuesto de sellos, menos alivio en el impuesto al cheque que se mantiene, y hasta reponer el impuesto a la ganancia mínima presunta de las personas.

Dramático escenario para los inversores, para quienes apuestan a volcar sus ahorros y esperanzas en el país, dado que se requiere encontrar rentabilidades siderales que permitan sobrevivir a un país donde sólo cabe esperar que los impuestos aumenten y que la propiedad o la rentabilidad sufran como permanentes sujetos de imposición por las autoridades de turno. No hay rebaja impositiva que se sancione o se prometa que pueda durar. Tarde o temprano, los impuestos vuelven a imponerse. Unos sobre otros.

Uno de los elementos centrales de la bomba de tiempo fiscal que recibió Macri de Cristina y que lamentablemente se agravó durante su mandato, es la realidad de un gasto público indexado, donde 70% de ese gasto es jubilaciones, planes sociales y salarios estatales. Todo indexado. También los subsidios. De tal modo que la devaluación, en lugar de aliviar la carga fiscal, ahora la incrementa. Porque al subir el dólar aumentan las tarifas sin que se pueda trasladar toda la devaluación (más subsidios entonces), también aumentan los combustibles, el transporte y, sobre todo, el gasto social. Salarios, jubilaciones y planes sociales están indexados por inflación.

Ni siquiera pudo vencer a esta hidra impositiva y drama fiscal de mil cabezas el ascenso de Mauricio Macri al poder, sin duda el Presidente más afín al capitalismo moderno que llegó a la Casa Rosada desde 1983. Un hombre que conoce perfectamente la lógica económica de las inversiones y cuyo objetivo precisamente era el de modificar el esquema de un país que venía agotando el consumo de sus stocks de capital acumulado, y que necesita pasar a una economía más de inversión que de consumo. Si ni siquiera Macri pudo cambiar esta realidad, qué cabe esperar para el futuro si no fuera reelecto el año próximo. Cualquiera de los candidatos que suenan en Cambiemos para sucederlo, y ni hablar en la oposición, sin duda vendrán a subir todavía más los impuestos.

Cada vez hay más pobreza, cada vez hay más necesidades básicas insatisfechas con lo cual las autoridades reaccionan en una única dirección. El mismo argumento políticamente correcto de siempre: tienen que pagar, por lógica, "los que más tienen". Desde la derecha, por el centro o por la izquierda de la dirigencia nacional; la única alternativa que se acepta en la política, en buena parte de la cátedra económica y sobre todo en los medios de comunicación, es aumentar los impuestos. Lo único que se discute en los programas de televisión de actualidad es a quién corresponde aumentarle todavía más la carga impositiva. Cuánto tienen que subir las retenciones, a quién aplicarlas y asegurar que no se salve nadie. También cómo gravar los ahorros, o qué castigo aplicar a los que, para cumplir con la ley, blanquearon cuentas o propiedades en el exterior.

A propósito de este último punto, si se avanza en vulnerar el espíritu del blanqueo (se les prometió a los contribuyentes ir bajando el impuesto a la riqueza para tentarlos a regularizar) se estaría aceptando y hasta promoviendo una clara desigualdad ante la ley. Por qué va a pagar un impuesto extra quien declaró una propiedad en Uruguay frente al que la tiene en Nordelta. Qué pasa con las cuentas bancarias de ahorro o inversión. ¿Se podrán acaso castigar más a las propiedades que están declaradas afuera que las que los argentinos tienen en el país? Qué dirían los socios argentinos del Mercosur? No sería muy lógico que Brasil, Chile o Uruguay le impusieran impuestos a los ciudadanos o empresas de esos países que realizan inversiones en Argentina. Extraña jugada de un país que, entre otras cosas, requiere de inversiones extranjeras.

El fondo de la cuestión lo explicó sin vueltas esta semana el economista Ricardo López Murphy: la administración Macri, sea por la desastrosa herencia recibida, o por la mala praxis económica en lo que lleva del mandato, o por una combinación de ambas, ha terminado de consolidar una situación fiscal que acepta y legaliza una verdadera tragedia consumada a lo largo de los años, pero sobre todo durante la era kirchnerista: un Estado de un tamaño descomunal, con un peso histórico récord que tienen que solventar cada vez menos argentinos que trabajan y producen, para cada vez más argentinos que viven del empleo público, los planes sociales y los subsidios. Hasta el estallido de la Convertibilidad, el peso del Estado en la economía no superaba 25%. Hoy llega casi al doble. La presión impositiva para los que pagan todos los impuestos va de 50% a 60% de los ingresos. Resulta imposible ahorrar y progresar, salvo para quienes encuentran un nicho de rentabilidad extraordinario.

El drama de los impuestos que suben y seguramente seguirán subiendo llega a tal extremo que cualquiera que opere normalmente en el circuito empresario y comercial, sabe que si tuviera que pagar todo lo que la ley le exige, directamente cierra a los 60 o 90 días. Con lo cual evadir se convierte en una cuestión de sobrevivencia. Y finalmente el riesgo para invertir se convierte en una ecuación dramática: no solamente la propiedad y la rentabilidad será cada vez menor por los impuestos, sino que para no cerrar y seguir en la actividad, el riesgo legal de la evasión es cada vez mayor. Los impuestos funden al que quiere trabajar, y si evade para sobrevivir puede terminar preso.

Luce difícil que la economía real pueda recuperarse ante semejante panorama. Cualquiera que se disponga a comprar una propiedad, sabe que su inversión será hoy y mañana sujeta de impuestos y cargas que seguirán subiendo. El mercado inmobiliario, golpeado además por la devaluación, está registrando como ninguno el parate. Los principales operadores del mercado coinciden, entre ellos uno de los más exitosos, Eduardo Costantini, creador de Nordelta: los precios tendrán que bajar. Se calcula entre 20% y 30% de caída en dólares de aquí hasta marzo próximo.

Guillermo Kohan

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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