Domingo, 23 Septiembre 2018 00:00

Tiempo de jubileo financiero y recesión - Por Alcadio Oña

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La paz cambiaria de esta última semana no disimula los preocupantes números de la desocupación.

 

El vocero del Fondo Monetario, Gerry Rice, no tiene escapatoria: está en Washington en plena conferencia de prensa, le preguntan por el acuerdo con la Argentina y debe responder. Entonces, sale del paso con varias frases de ocasión: dice que será “lo más pronto posible”, que “estamos trabajando muy duro” y que “aún no tenemos una fecha precisa, aunque somos concientes de la urgencia”.

Salta evidente que no son esas las noticias que alimentan el sesgo que estos días ha tomado la especulación financiera, el también llamado mercado, sino aquellas que dan por hecho un arreglo con el FMI y, sobre todo, que disipan temores sobre la capacidad de pago del país. Junto a semejante mix corre, además, un valor agregado contante y sonante.

“Exitosa colocación de Lecap”, calificó un operador a la lluvia de ofertas que Nicolás Dujovne recibió, el miércoles, por las flamantes Letras del Tesoro Nacional: $ 121.667 millones, con alrededor de US$ 900 millones que ingresaron del exterior.

El valor agregado contante y sonante fue una tasa de interés del 4% mensual, en operaciones que son a 132 y a 160 días, de cortísimo plazo y ahora sin riesgos a la vista. Llamativamente, detrás de rendimientos que equivalen al 50% anual algunos funcionarios vieron “una señal de tasa a la baja para la economía real”.

Hay, en efecto, ciertas comparaciones favorables al argumento oficial, aunque pertenecen al palo propio o salen del palo propio, como el 60% que el Central paga en transacciones exclusivas para bancos y el 7% en dólares que rinden bonos del Tesoro a 196 días, esto es, a seis meses y medio. Surgidos desde esa cocina, también aparecen el 70% de los adelantos en cuenta corriente y el 70-100% que cuesta financiarse con tarjetas de crédito. De punta a punta, si aquí existe algo que pueda ser considerado una señal para la economía real no es precisamente alentador.

Sobre eso mismo habla una encuesta que maneja el Gobierno y fue publicada por El Cronista. Dice que el 34% de las pequeñas y medianas empresas consultadas tiene problemas de financiamiento y un 68% sufre retrasos en los pagos de sus clientes. Sofocones con olor a default.

Mientras no se demuestre lo contrario, cosa que nunca conviene descartar por completo, el jubileo de las tasas ha desplazado al jubileo del dólar. Y así, la siempre lista bicicleta financiera ha vuelto a circular, solo que ya no empujada por las famosas Lebac, sino por las todavía ignotas Leliq, Lecap y Letes, o sea, variantes de una especie que crece a todo vapor y que se llama endeudamiento público.

Pero la clave de la movida no son las tasas. Está en el enorme paraguas del Fondo Monetario, que ha sacado de la escena al fantasma del default y asegura el cobro de los intereses.

Como quiera que haya sido y después de un sacudón tan prolongado como traumático, la paz cambiaria sabe a alivio. Y más si continúa y alienta inversiones verdaderas.

Vale mucho, entonces, la perspectiva de que pronto, quizás el martes o el miércoles, el FMI eleve de 50.000 a US$ 70.000 millones el préstamo a la Argentina y que, encima, suelte un desembolso rápido de 12.900 millones.

Este paquete aporta garantías fuertes hasta el fin del mandato de Mauricio Macri, pero no garantías de repunte económico inmediato.

Ahí asoma justamente la caída del 4,2% anotada por el PBI en el segundo trimestre, como muestra de una recesión ya instalada. Y el aumento del desempleo al 9,6%, incluso por arriba del 9,3% que hubo durante el recesivo segundo trimestre de 2016, más un inquietante 12,4% en el Gran Buenos que supera al de cualquier aglomerado urbano del país.

La explicación es que más gente salió a buscar trabajo y el inconveniente, que no lo encontró. Puesto de otra manera, la economía ha dejado de generar empleo y de generarlo en el momento cuando más se lo necesita.

En este tiempo de apurones, otras inquietudes rondan al Gobierno; entre ellas, que ante el déficit cero como mandato de hierro no está para andar arriesgando plata, y mucho menos plata de la grande. Para el caso, impresionantes $ 280.000 millones o su equivalente en moneda dura, 7.000 millones de dólares.

Sin más rodeos, el punto son las nuevas retenciones o, con mayor propiedad, los derechos que les fijó a las exportaciones de bienes y servicios, con la soja, el maíz y el trigo al frente. La pregunta es cuál sería el drama, si ya sacó un decreto imponiendo alícuotas de 3 y 4 pesos por dólar, según los productos, hasta el 31 de diciembre de 2020: al tipo de cambio de hoy, del 7,9 al 10,5%.

El problema ancla en el método, pues abundan argumentos y alguna ratificación de la Corte Suprema que los remacha, en el sentido de que el Poder Ejecutivo tiene vedada la posibilidad de disponer per se sobre cuestiones impositivas, como son los derechos de exportaciones. Hace falta una ley. Y eso ya no depende del PEN: es una facultad exclusiva del Poder Legislativo.

Entonces, habrá ley. O mejor dicho, habrá artículo 84 del proyecto que empezará a debatir la Cámara de Diputados y donde el Gobierno es autorizado a aplicar los nuevos derechos de exportación.

Claro que allí no termina la cuestión. Ocurre que como de aquí a fines de 2020 el tipo de cambio seguramente subirá, el valor real de las retenciones irá licuándose y licuándose también la recaudación. O sea, no aportarán ni el 7,9 ni el 10,5% de cada dólar sino menos.

Llegado el caso, artículo 83 del mismo proyecto de ley. Además de dar vía libre a los derechos de exportación, permite que las alícuotas lleguen hasta el 33%.

Las devaluaciones compensadas, o sea, con retenciones, han sido siempre un instrumento de las administraciones peronistas. Luego, casi seguro sino seguro del todo los artículos 83 y 84 serán ley.

Nada impide, en cambio, el ajuste sobre los gastos destinados a inversiones en infraestructura. Facultad enteramente propia, el Gobierno sacará de ahí un ahorro fiscal calculado en cerca de $ 70.000 millones.

Mejor sería decir que seguirá sacando, porque hoy esa partida cae 35% real. Al final del año será 1,35% del PBI, según la consultora ACM el registro más bajo desde 2006. Resultará menor aún tras el ajuste de 2019.

Y así exista una apuesta grande a la inversión privada, aunque por ahora de impacto difuso, el riesgo de pegarle a la infraestructura es pegar en un flanco donde la Argentina claramente atrasa. Toca carencias económicas y a la vez sociales.

Hay entre tantas variables que bajan, una que sube al galope. Los intereses de la deuda, que crecen 53,5% y alcanzaron $ 197.600 millones de enero a agosto.

Entre lo que venía de antes y lo que está agregándose, esa cuenta seguirá volando en 2019. Y como esto también es desequilibrio, la suma de las partes dice que, bien calculado, el año próximo no habrá déficit cero.

Alcadio Oña

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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