Martes, 27 Noviembre 2018 00:00

El año 2019 llega por adelantado - Por Jorge Vasconcelos

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Antes que replicar meses previos, diciembre será un adelanto de algunas de las características que tendrá 2019.

 

En términos políticos, pero también por la dinámica de la economía, diciembre será un adelanto de algunas de las características que tendrá 2019, antes que replicar meses previos.

La campaña electoral empezó y varios episodios de los últimos días lo corroboran pero, además, la inflación, con 0,6 por ciento semanal en noviembre, apunta a un andarivel congruente con lo que puede esperarse para 2019.

Con este escenario, el Banco Central permitiría que en diciembre la tasa de interés de la política monetaria perfore el piso de 60 por ciento, en una pendiente que podría aterrizar en 45 por ciento hacia fin del primer trimestre de 2019 y en la medida que el precio del dólar no refleje riesgos significativos de corto plazo, una trayectoria factible con la despedida de las Lebac (queda un monto residual para diciembre).

En el mundo se espera una desaceleración del crecimiento, pero la cotización del petróleo y de las acciones en Estados Unidos, con fuertes caídas en las últimas semanas, también se anticipó a 2019.

En Brasil, cuando faltan cinco semanas para el fin de la presidencia de Michel Temer, la economía ya funciona a pleno en “modo Bolsonaro”.

Entre 2010 y 2018 el mundo vivió un período inédito, de tasas de interés muy bajas e incluso negativas en buena parte de los países desarrollados. Esa etapa de “dinero fácil” empezó a despedirse este año en los Estados Unidos, por una inflación que comenzó a despertarse y todo indica que este fenómeno se profundizará el año que viene, con una tasa de interés de corto plazo que la Reserva Federal podría empujar hasta 3,5 por ciento anual hacia fin de 2019.

Esta nueva tendencia afecta el volumen de los flujos de capitales hacia mercados emergentes, como se percibió en forma nítida desde abril pasado.

El nuevo contexto global duplica el tamaño del desafío que enfrenta la Argentina para lograr una salida firme de la recesión.

La política económica tendrá que poner la proa contra el viento, “orzar”, en la jerga náutica.

Aunque tenga éxito, no podrá evitar una recuperación renga, ya que la tasa de inversión seguirá cayendo, tanto por la menor obra pública como por las limitaciones que enfrenta el sector privado a la hora de hundir capital, por la subsistencia de un elevado riesgo país, los nubarrones sobre el horizonte político, y la dificultad para obtener financiamiento de largo plazo, sin olvidar que la recesión ha ampliado más de lo previsto la proporción de capacidad ociosa de las plantas en una gama amplia de sectores.

En el juego de variables disociadas de cara a 2019, las exportaciones compensarán buena parte de lo que la inversión reste, con la agroindustria y las ventas a Brasil, tras su recesión más profunda en 100 años.

Creciendo a un ritmo de entre el 2,5 y tres por ciento anual, el vecino país recién alcanzaría en 2021 el valor en dólares del producto interno bruto (PIB) de 2014, pero lo relevante es que ese movimiento sea sostenido. En 2018, las exportaciones de vehículos de la Argentina hacia Brasil están aumentando 33 por ciento interanual y las de trigo lo hacen 36 por ciento, pero para el resto de sectores los cambios son imperceptibles.

Y la mayoría de ellos tienen que ver con economías regionales, con cifras de exportación del orden de los 100 millones de dólares anuales o más para el caso del complejo lácteo, las frutas del Comahue, ajo y porotos, aceitunas y aceite de oliva, papas preparadas y malta, entre otros. Esto podría cambiar en sentido positivo el año próximo.

En el caso de los productos más asociados a la Pampa húmeda, dejar atrás la sequía implicaría un salto del orden de los 6.000 millones de dólares en las exportaciones de 2019.

Y si se suma el “efecto Vaca Muerta” del lado de los combustibles y frente al comercio con Brasil, la Argentina podría perfectamente pasar de 62 mil a 70 mil millones de dólares en sus exportaciones de bienes, sin contar el plus aportado por servicios como el turismo.

Aun así, por la limitada participación de las exportaciones en el PIB, la salida de la recesión no sería factible si el consumo no comienza a recuperarse. De allí la relevancia de una inflación que, en las últimas semanas, converge a un ritmo semanal de 0,6 por ciento, suficiente para que una franja amplia de trabajadores deje de perder poder adquisitivo. Eso será reforzado con el bono de fin de año, que implica un extra (por única vez) del orden del cinco por ciento de la masa salarial total.

Por supuesto que la evolución del consumo necesita de inversiones, empleo y productividad para ser sustentable. La disociación de estas variables sólo puede ser transitoria mientras el horizonte político se define. Si, como todo indica, serán tres y no dos las principales opciones presidenciales para 2019, esto aumenta las chances de un proceso electoral que preserve proyectos de inversión al descartarse cambios abruptos de reglas de juego. No sería poca cosa.

Jorge Vasconcelos
Vicepresidente del Ieral de la Fundación Mediterránea

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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