Martes, 19 Marzo 2019 00:00

Explicaciones sobran, pero nada frena el avance de los precios - Por Alcadio Oña

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El 58,7% de la carne en los últimos doce meses se llevó las palmas. Pero hubo alimentos que le pasaron por encima.

 

Pocos aumentos de precios retumban tanto aquí como los de la carne vacuna, un clásico de clásicos en la mesa de los argentinos. Y sobre todo si escalan al 58,7% que escaló en los últimos doce meses, según la estadística oficial del gobierno de la Ciudad.

El incremento ha sido llevado a la categoría de ejemplo dentro del modelo que asocia la inflación, o parte de la inflación, a los llamados desajustes en los precios relativos. Esto es, sectores cuyos precios han quedado rezagados respecto de otros y buscan recuperar el terreno que han perdido frente a ellos. Se entiende, sectores son empresarios.

Podrá ser ahora el caso de la carne, pero la estadística porteña también pide explicaciones sobre otros, fuertes aumentos anotados durante el mismo período. Varios de ellos aún mayores al 58,7% de la carne, como el 65% del pan; el 69,7 del aceite y el 66,7 del pescado. O casi empatándole en las alturas, el 58,3% de la leche y los lácteos.

Queda claro que la elección se limita a los alimentos y a alimentos esenciales que no tienen ni una pizca de suntuarios. Si se quiere agregar alguno, en la misma planilla aparecen: 51,3% para verduras; 68% en café, té y yerba y 56,9% para agua mineral y gaseosas.

Un dato ya a la vista es que esta crónica viene de números. Pero de números que no hablan de cifras solamente, sino de cifras considerables que sacuden los bolsillos de un universo de consumidores y usuarios bien variado.

Siempre aumentos, en el índice del costo de la construcción porteño pueden encontrarse, también para los últimos doce meses: 100% en hierro; 84% en cal; 78 en cemento y 68% en ladrillos. El rubro materiales promedia una suba anual del 65,8% y el costo de la mano obra, otra de apenas 31,2%, o sea menos de la mitad.

Hay más, pero con lo que hay alcanza para ensayar una conclusión: se lo mire del derecho o del revés, cuesta asimilar este cuadro a la teoría sobre la evolución de los precios relativos. En realidad, se parece bastante a un rotundo movimiento al alza, generalizado y desordenado y sin nada que le ponga un marco de contención.

En despachos clave del Gobierno nadie quiere ni oír la palabra controles, así ronde la cabeza de algunos funcionarios de primer nivel y se precise que no se trata de los controles a lo Guillermo Moreno. Sostienen: “Son cosas demasiado peligrosas, donde resulta fácil entrar y muy difícil salir, y donde podés emitir una señal que no te sacas más de encima”.

Si no pasa otra cosa, quizás este cuidado explique por qué la Comisión de Defensa de la Competencia acumula tiempo en cantidad, sin terminar un proceso de consultas y una guía que permita detectar operaciones de concentración económica. Obvio: detectar y sancionar los agrupamientos empresarios no declarados y las prácticas poco competitivas es crucial siempre, pero más en momentos de procesos inflacionarios desatados. Esa es, al fin, la razón de ser del organismo.

Otra manera de analizar el mismo cuadro consiste en contrastar la devaluación de los últimos doce meses con la inflación de los últimos doce meses. La cuenta da 93,6% contra 51,3% y siembra la idea de que todavía queda mucha devaluación por trasladar a los precios.

Sería un verdadero exceso: ninguna regla ni siquiera los antecedentes señalan que acá el 100% de la suba del dólar se transforma en inflación. Cálculos de algunas consultoras plantean 30%, lo cual significa que ya se cruzó la raya: doce meses contra doce meses, cantan que el 50% largo de la devaluación ya se pasó a precios.

Expectativas, desconfianza, el fogoneo constante de una inercia inflacionaria que sólo en el pasado cercano anota registros del 25, 35 o del 40 por ciento y posiciones dominantes en las cadenas de producción o de ventas. Explicaciones abundan por todos lados, pero la cuestión es que nada frena la subida de los precios.

Acoplada va la receta del cada vez más duro torniquete monetario, que hasta ahora ha traído más costos económicos que beneficios. Dice un consultor: “Yo pondría el ojo en las estructuras empresarias, tanto pequeñas como medianas y grandes, que de verdad están empezando a crujir. No vaya a ser que la recesión también se convierta en un fenómeno inercial”.

Metido en un baile que es finalmente el baile de la economía, el problema del Banco Central es que no bien afloja un poquito con la tasa de interés el dólar toca pito. Estamos hablando de una tasa que supera nada menos que en unos 30 puntos porcentuales a la inflación que proyectan algunos consultores.

Es un ajuste hecho y derecho, pero un ajuste insuficiente según acaba de plantear el FMI. Nada que sorprenda: exige redoblar el apretón monetario y pegarle otro saque al gasto público.

Los del Fondo cuidan su quinta. Y se verá como acomodan los tantos quienes apuestan a un repunte económico más o menos perceptible hacia mediados de año.

Alcadio Oña

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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