Domingo, 24 Marzo 2019 00:00

Inquietante agujero de $ 72.000 millones - Por Alcadio Oña

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Hay medidas que pueden tener fuertes costos políticos.

 

Hay ruidos, pero no muchas interpretaciones posibles sobre una frase fuerte que pronunció el jefe del equipo del FMI que negocia con el Gobierno. Decir, como el lunes dijo Roberto Cardarelli, que para lograr el déficit primario cero en 2019 se “requerirá una mayor restricción en el gasto gubernamental” sonó igual a pedir más ajuste.

Lo que siguió, este jueves, fue una confusa aclaración de Gerry Rice, el vocero del Fondo, en el sentido de que lo de Cardarelli “no es una exigencia nueva” ni se trata de “un nuevo objetivo”. Si no es ni una cosa ni la otra sino algo conocido y la frase sigue en pie, estaríamos ante una ratificación del planteo más que ante un desmentido. Es decir, ante lo que todo el mundo entendió claramente.

El problema o los problemas están ahí y en los alrededores: el FMI y nada menos que el FMI ha salido a menear el ajuste macrista cuando empieza a correr el reloj electoral. Ese es un problema. Otro, los costos políticos implícitos en el ajuste mismo.

Lo cierto, en cualquier caso, es que existe un agujero fiscal importante por el lado de los recursos cuya magnitud los analistas del Gobierno tratan de precisar rápidamente. Y como el tiempo apremia, ya han comenzado a trabajar en recortes.

En base a un ejercicio con datos que asoman en planillas oficiales y con ciertos antecedentes, el titular del Iaraf, un instituto dedicado a estudiar justamente el estado de las cuentas públicas ha llegado a una primera conclusión. Nadin Argañaraz calcula un faltante de $ 78.218 millones derivado de dos sobreestimaciones: los ingresos proyectados tanto para la Seguridad Social, o sea, los aportes previsionales, como los impositivos derivados de las nuevas retenciones a las exportaciones.

Ese monto equivale a alrededor del 0,4% del PBI o a unos 1.860 millones de dólares. Según Argañaraz, ya habría podas probables por un 0,2%, esto es, próximas a la mitad del bache. No parece poca plata, pero tampoco alcanza.

¿Y cuáles podrían ser entonces las alternativas? Una de ellas es un recurso siempre a tiro y archiconocido: meter mano en el gasto destinado a obras de infraestructura. Otras son las partidas asignadas a bienes y servicios de la Administración Pública y la prevista para sueldos de los empleados estatales.

El punto es que la inversión viene de golpe en golpe. Durante el año pasado sufrió un recorte real, descontada la inflación, del 25%. Y para 2018 el Presupuesto Nacional plantea o planteaba reducirla del 1,7 al 1,2% del PBI, o sea, un 30% adicional.

Estamos hablando de algo que el propio Presupuesto define como “una herramienta prioritaria del Estado para promover el desarrollo social y económico”, de un instrumento que “mejora la calidad de vida y fomenta la igualdad de oportunidades de la población”. Así de claro, así de significativo.

Para que se entienda mejor, el 1,2% del PBI ya era uno de los registros más bajos de la serie, aunque últimamente las cuentas daban en torno del 2%. Nada parecido al 4 o al 4 y pico por ciento de otros tiempos.

La cifra final podría achicarse al 0,9%, según estiman algunos especialistas. Además de notoriamente modesto para lo que está en juego, el número quedaría bien lejos del 3,5% promedio de América latina que, de paso, tampoco es gran cosa.

Por si hacen falta nuevas precisiones, y hacen falta tratándose de lo que se trata, en la volteada pueden quedar heridas inversiones en cloacas, agua potable, viviendas, escuelas y otros gastos sociales prioritarios. También rutas, caminos, puertos, pasos fronterizos y varias de esas cosas que el Presupuesto define como claves para el desarrollo de la economía. Ahora estamos hablando de remover atrasos acumulados durante años y, entre ellos, los que hubo durante los años de la abundancia de recursos del kirchnerismo y de la evidente corrupción kirchnerista.

En palabras de empresarios de la construcción, “hoy sólo se sigue adelante con obras ya iniciadas, las nuevas están paralizadas y el Estado paga con moras de hasta 90 días. La producción de asfalto, un indicador clave de la actividad, que a mediados de 2017 crecía al 100% en enero cayó un 22,8% y el volumen de las licitaciones baja el 39% o bastante más del 39% medido en valores reales.

Dicen también que cuesta revivir los programas de inversión público-privados, los famosos PPP que iban a suplir los fondos del Estado castigados por el acuerdo con el FMI. Quedaron atrapados por el caso de los cuadernos de la corrupción que salpica a las constructoras y por el cierre del financiamiento internacional. Y de seguido habría cierta reticencia entre los funcionarios encargados de validar cualquier contrato.

Ajuste del FMI más patinada de los PPP implican nuevos aportes al proceso recesivo, a ese fenómeno que varios especialistas llaman la inercia recesiva, parangonándola con otra pata del mismo cuadro, la inercia inflacionaria ya instalada. En algún sentido, el subir los precios por las dudas, para cubrirse o porque empujan las expectativas.

Los datos del INDEC sobre el último trimestre del año plantean cosas semejantes. Como la caída del 6,2% del PBI, el desplome del 25% en la inversión global; como el bajón del 57% en las importaciones de máquinas y equipos, que implican tecnología y actualización de los procesos productivos, o el retroceso del 9,5% del consumo privado que mueve alrededor del 70% del producto bruto.

Podrá afirmarse que son datos de 2018 comparados con el mejor momento de la economía macrista. Y a la vez agregar que no se sale de un escenario así de un día para el otro o que resulta difícil salir cuando la incertidumbre juega en contra.

Ahí sobrevuela el riesgo de haber extremado la polarización y de haber agitado el fantasma de Cristina Kirchner, que encima crece en las encuestas. Por lo demás, no es nada raro el avance de Roberto Lavagna, un economista justo en la hora en que la economía sólo genera malas noticias.

¿Y cuál sería la apuesta de la Casa Rosada para un momento así? Primero y principal, evitar a toda costa una disparada del dólar, secar de pesos el mercado y por lo tanto apuntarle directo a la demanda de divisas. Resumido en una frase de alguien muy cercano al Presidente, “frenar hasta el más mínimo atisbo de crisis financiera”.

Frente a un cuadro como ese, lo que continúa pasa por considerar a la recesión “un mal menor”. Lo dice, vale insistir, un hombre que suele hablar con Mauricio Macri.

Se verá o se irá viendo si el plan alcanza para ganar las elecciones. Entretanto, cuenta y cuenta mucho cumplir con el FMI, que sin vueltas plantea ajustar el ajuste.


Alcadio Oña

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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