Domingo, 31 Marzo 2019 00:00

Preguntas que Macri no puede responder - Por Alcadio Oña

Escrito por 
Valora este artículo
(0 votos)

Las preguntas pueden sonar brutales y ser efectivamente brutales, pero el punto no está ahí sino en los factores y en el marco que las detonan, además de dibujar un círculo vicioso que parece no tener fin.

 

¿Cuánta recesión hace falta para frenar la trepada de los precios?, plantea una de las preguntas. Y la otra, de la misma especie: ¿qué tasa de interés es necesaria o hasta dónde debiera apretar el torniquete monetario para estabilizar al dólar y, de ese modo, aflojar la cuerda que lo conecta directamente con la inflación?

Hablar de trepada de los precios es decir 47,6% para el índice general y 51,2% en alimentos y bebidas sin alcohol, durante el año pasado. Y más acá, alrededor del 3,8% en marzo y un probable 11% en el primer trimestre camino del 34-35% anual.

Son cifras que impresionan, sólo equiparables a las peores del mundo, aunque nada permite suponer que vayan a ser las últimas de esa magnitud o las últimas de magnitudes parecidas. En principio, subtes, gas y combustibles ya figuran entre los aumentos clavados de abril.

Enfrentado a una movida semejante, el PBI de 2018 cayó 2,5% y se comió casi por completo el 2,7% que había repuntado el año anterior. Un indicador similar también del INDEC, el de la actividad económica, retrocedió 5,7% en enero, acumuló nueve meses consecutivos en retroceso y quedó al nivel de principios de 2011 o de once años atrás.

Salta evidente, entonces, que ni la recesión ni las políticas deliberadamente recesivas han logrado hacerle mella al proceso inflacionario. Tampoco lo consigue el desplome de las ventas en supermercados, que en picada desde marzo ahora anotan rojos reales, descontada la inflación, de hasta el 12,4%. Esto es llanamente consumo por el piso.

Otra mirada a este juego de contrastes habla del comportamiento de los empresarios o del modo como buscan evitar descapitalizarse o conservar ciertos márgenes de utilidades. Detrás de los incrementos sin freno asoma notoriamente el triunfo de la opción ganar por precios y, desechada, la opción de ganar por cantidades. Nada nuevo tampoco.

Subproducto de una economía que hace rato va de sacudón tras sacudón y por lo mismo dolarizada como pocas, el precio del billete norteamericano corre acoplado a la inflación. La tira hacia abajo cuando está planchado o hacia arriba, como ahora, cuando toca escalada o cuanto menos volatilidad.

Aun así, es un baile con rarezas. Entre una caída del 6,5% en enero y un repunte del 10,5% en febrero, el primer bimestre del año marcó una variación del dólar si se quiere modesta: un 3,4%. Para el mismo período, los datos del INDEC cantan de 19 a 24% en la carne, 15% en el filet de merluza y 14% en el pan; una diferencia de cuatro a siete veces en bienes que no son precisamente suntuarios. Recuperación de terreno perdido, precios de exportación o lo que sea, aumentos al fin.

El tipo de cambio cerró marzo con una subida del 10,6% y el índice de precios registrará otra calculada en alrededor del 3,8%. Se verá, a mediados de abril, qué cuentan los números desagregados por productos del INDEC.

Lo cierto en cualquier caso es que se trata de un sistema de precios dislocado, gobernado por expectativas también dislocadas y sin nada que le ponga un marco. Si los controles son al cabo contraproducentes y una mala señal, como alegan los funcionarios, surge claro que algo está faltando y que la competencia luce igual a una competencia siempre al alza. Mercado del peor.

“Encima ya entramos en un circuito de indexaciones cada vez más cortas”, afirman quienes conocen el paño. Puesto de otra manera, subas de precios continuas más ajustes tarifarios también continuos.

Medido por el tipo de cambio minorista, el que verdaderamente cuenta en este contexto, el dólar ya lleva 14% desde enero y 134% en un año y tres meses. Un dato: contra la lira turca, una moneda también muy golpeada y en cierto sentido comparable a nuestro peso, el avance del dólar acumula 40% desde diciembre de 2017.

Otro dato, ahora del banco Credit Suisse y publicado por el diario El Cronista. Habla de la fiebre dolarizadora argentina y dice que sólo en lo que va de 2019 el sector privado ha comprado US$ 36.800 millones, 20.000 millones más que durante el período previo a las elecciones de 2017. La cuenta arroja US$ 64.300 millones desde que se levantó el cepo, superando a la fuga de divisas de la era kirchnerista completa.

Pasto para quienes sostuvieron que la liberación cambiaria fue una medida apresurada, con una información añadida: el grueso resultó demanda mayorista, esto es, de empresas, aunque hubo mucha de particulares.

¿Y qué dicen las cifras además de lo que aparece en sus magnitudes? Dicen, claramente, que ni el torniquete monetario ni las tasas de interés por las nubes han servido para contener la presión dolarizadora, ni siquiera el precio del billete verde.

Y por si lo que ya hay no alcanza, un problema adicional es que el Banco Central recién puede intervenir, vendiendo reservas para contener la demanda, cuando el dólar toque el techo de la banda cambiaria. A fines de marzo, esa raya era de casi 51 pesos y crece hasta 53,6 pesos a fines de junio, justo en momentos en que los motores preelectorales empiecen a funcionar a pleno.

Una más, bastante obvia: que llegar al límite superior de la banda implica devaluar. Pese al envión de marzo, la brecha resulta todavía del 18%, o sea, el ajuste que sería necesario para poder intervenir.

El sistema forma parte de los compromisos asumidos ante el Fondo Monetario y por eso viene cantado que el Gobierno pedirá alguna flexibilización. Concretamente, un permiso que le permita operar dentro de la zona llamada de no intervención, bajo límites rigurosos y con garantía de que todo será muy transparente. El ancho de la banda, que ha llegado a ser del 30%, se parece de hecho a la flotación cambiaria casi libre que pretende el FMI.

Ahora las expectativas están puestas en los alrededores del 15 de abril, cuando el Tesoro Nacional saldrá a vender US$ 60 millones diarios y, se supone, comenzarán a ingresar los dólares de la cosecha. Dos del mismo palo. Una, que 60 millones son pocos para un mercado que mueve entre 600 y 900 millones de dólares diarios. Otra, que los exportadores irán midiendo oportunidades, porque pueden liquidar las divisas cuando mejor les parezca o les convenga.

“Existe un inconveniente serio, que se llama desconfianza”, dice un analista que habla con gente de aquí y de afuera. Y uno agregado al retroceso de Macri en las encuestas: la capacidad del Gobierno para manejar la situación hasta las elecciones. Son siete meses o un montón de tiempo.

Alcadio Oña

Visto 188 veces

Fundado el 4 de agosto de 2003

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…