Miércoles, 17 Abril 2019 00:00

Macri y la Inflación: un fracaso autoinfligido - Por Marcos Novaro

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El índice de marzo, 4,7%, asusta, es el más alto desde 2002 y ya esa comparación evoca los peores temores. Y, encima, daña un poco más nuestro ya muy golpeado orgullo nacional.

 

La inflación de marzo nos pone al fondo de la tabla, muy lejos de los países “bien organizados y donde las cosas funcionan”, ya no digamos los europeos, sino casi todos los latinoamericanos. Ese conjunto de sociedades y economías a las que estábamos hasta hace poco acostumbrados a mirar por encima del hombro y hoy no podemos mirar a la cara: 4% es más o menos lo que tienen Colombia, Uruguay y Paraguay en todo un año. Así que si mañana usted no consigue dólares en la casa de cambio es casi lo mismo que compre y guarde guaraníes, soles o reales. Cualquier cosa menos nuestros inútiles pesos.

Pero ojo, porque todos o casi todos los argentinos seríamos felices y consideraríamos un gran éxito si logramos volver a tener entre 1,5 y 2% por mes. Como en los años buenos de la etapa kirchnerista, o como en el 2017, que se les pareció bastante. Y no nos preocuparíamos mucho, por no decir nada, el hecho de que ese 2% es más o menos todo lo que acumulan en un año Perú, Chile o El Salvador.

Macri todavía puede ganar la elección de este año si logra ese módico objetivo. Pero sería bueno que se preguntara si, en caso de conseguirlo, le conviene de nuevo insistir en que va a seguir trabajando con la prioridad de bajarla mucho más, y más o menos rápido, como hizo en 2015. ¿Tiene sentido ir en contra del sentido común de los votantes y tratar de convencerlos de que lo que para nosotros es “normal” en cualquier país normal es insoportable?

Macri ha aceptado un error de partida con la inflación: que fue demasiado optimista al decir que podría reducirla a un dígito anual en poco tiempo. Pero lo que debió haber revisado, porque constituyó su verdadero y más decisivo error, fue haber dado por supuesto que la sociedad entendía y compartía sus objetivos al respecto, que la inflación “normalizada” durante los años anteriores era un gran problema y no algo con lo que se podía convivir, y valía la pena esforzarse y pagar costos para erradicarla.

Porque esa es la cuestión finalmente a resolver. Los argentinos, ¿estamos dispuestos a hacer sacrificios para reducir en serio nuestra alta inflación? La gran mayoría definitivamente no. Ni siquiera lo estamos para pasar del 4 al 2 mensual. Si mañana triunfa Cristina en las elecciones y, echándole la culpa a Macri, al FMI, al imperialismo y a quien fuera, nos dice que ahora el piso mensual va a ser 4, no tendríamos mayor inconveniente tampoco en adaptarnos. A lo que nos costaría en cambio adaptarnos es al esfuerzo para reducirla en serio, y mantenerla baja.

Si no operase entre nosotros esta amplia disposición a normalizar la alta inflación, sería muy difícil entender por qué los Kirchner ganaron sucesivas elecciones pese a que la tasa anual pasó del 3,7 cuando llegaron al poder, 2003, al 12,3% en 2005, y de ahí al 26,2% en 2007, y siguió moviéndose alrededor del 25-30% en años posteriores, con las tarifas congeladas, es decir que todos los demás precios siguieron aumentando a un ritmo aún mayor. Y no se entendería tampoco que, en los años en que a los Kirchner no les fue bien en las urnas, 2009 y 2013, fue justo cuando los índices retrocedieron, no porque ellos los combatieran más eficazmente, sino porque sucesivos shocks recesivos los moderaron espontáneamente.

Si perdieron esas elecciones, igual que la de 2015, fue porque la economía estaba estancada o cayendo, no por la suba de precios. Y si los Kirchner mintieron con los índices, fue básicamente por el error de juicio en que cayeron cuando el problema empezaba a despuntar, que se parece bastante al error inicial de Macri. Creyeron que la alta inflación iba a ser pasajera, o que iba a ser muy difícil lograr que la opinión pública se adaptara a ella si se volvía crónica, o un poco las dos cosas a la vez. Cuando lo cierto es que nada de eso pasó, y terminaron perdiendo más votos por mandar la patota de Moreno al instituto de estadísticas que por haber permitido que la alta inflación volviera a regir nuestras vidas. Algo que ni siquiera el grueso de los empresarios, mientras la economía siguió creciendo, les reprochó demasiado.

Porque también para ellos funcionaba la rueda de la felicidad: si tenían que pagar sueldos más altos de lo que la productividad de sus empresas permitía, el desajuste lo trasladaban a los precios, descargándolo en forma difusa en los consumidores; y lo mismo hacía el Estado, cuando emitía moneda en vez de equilibrar sus cuentas; y la jefatura sindical tampoco tenía de qué quejarse, al contrario, celebraba que su poder se fortaleciera mientras siguieran en sus manos los mecanismos que permitían año a año a los salarios de sus representados seguir el rimo de los demás precios.

Corolario, entre nosotros una parte importante de la sociedad no está tan interesada en terminar con la alta inflación, sobre todo si la economía crece, o al menos la rueda de la felicidad los sigue contando entre sus pasajeros.

Macri debió haber tomado nota de ese desinterés, y más todavía, lo útil que podía serle, en vez de combatirlo. Ya que las medidas económicas que él mismo consideró más impostergables iban a alimentar la suba de precios por bastante tiempo y por encima de la inercia que ya traían desde antes: corregir tarifas, volver a un tipo de cambio competitivo y, para peor con un mercado cambiario libre en un país que nunca logró convivir con algo así (salvo en los comienzos de los Kirchner, y eso también lo echaron a perder), y mientras liberaba los circuitos comerciales (y la fijación de los precios de bienes y servicios) de toda la maraña de intervenciones discrecionales y punitivas que se habían ido acumulando en años de dislates morenistas.

En vez de eso, se comprometió a cumplir cuanto antes una promesa que pocos se habían tomado en serio y aún menos iban a poder reprocharle que dilatara en el tiempo. Y todavía sigue haciéndolo hasta hoy: unos pocos meses atrás insistió con anuncios de que “ya el índice está bajando”, que pronto iba a empezar a bajar, ahorita nomás, ya está desacelerando, si no es este el mes que viene lo van a ver, incluso estos últimos días volvió a repetir que abril, a más tardar mayo, “volvemos a la zona del 2%”.

Haciéndolo, ofreció una y mil veces la cara para que se la llenaran de dedos: ahora hasta Axel Kicillof patalea en los medios porque la inflación es un escándalo, y anuncia en un simpático libro que acaba de publicar que estas cosas no van a seguir sucediendo en el “país normal” que va a regalarnos cuando vuelva al poder. Así, con todas las letras, Kicillof nos promete un “país normal”, “sin tanta inflación”. Y sin esfuerzo.

Claro que ahora Macri ya no puede salir de la trampa en que él mismo se metió. Tiene hasta que sobreactuar con medidas del arcón del intervencionismo punitivo para que no se diga que “no hizo todo lo posible” por frenar los precios. No estaría mal que, por lo menos, se tomara con un poco más de filosofía la hipocresía de quienes formamos su audiencia.


Marcos Novaro

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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