Domingo, 21 Abril 2019 00:00

Precios: ¿más vale tarde que nunca? - Por Alcadio Oña

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Una salida de apuro frente a la situación económica.

 

Basta con ver la magnitud de los aumentos que surgen de las estadísticas del INDEC, para remachar un dato a esta altura evidente: que si las decisiones y el acuerdo de precios anunciados por el Gobierno son una salida, serán una salida tardía. O, si se prefiere, una salida de apuro que llega después de que se hubiesen amontonados costos altísimos.

Hay de todo y nada que luzca estimulante, dentro del incómodo 4,7% de marzo o del 54,7% que promedió el índice anual. Y aún más que eso, hay al interior del 64% que el rubro alimentos y bebidas no alcohólicas anotó en los últimos doce meses.

Tenemos allí, entre unos cuantos ejemplos del mismo tipo, un 80% para el pan; 164% en la harina; 96% en fideos y 87% en yerba. También, 70% para la leche; 73% en aceite; 91% en el pollo; 74% en carne picada y 72% en arroz.

Vistos éstos y otros incrementos que golpean directo al ya muy golpeado bolsillo de los consumidores, hasta podría afirmarse que el 46% de las naranjas y el 48% de las gaseosas sorprenden por lo bajos. Y, mirando la película que mes tras mes mostraba el INDEC, sería posible preguntarse si algo de lo que se hace ahora no habría convenido hacerlo antes de que se escalase a semejantes alturas.

Obvio de toda obviedad, el temor a que el proceso inflacionario terminara desbocándose por completo camino de las elecciones gatilló un paquete de medidas intervencionistas, como el congelamiento de tarifas, que nunca figuraron en el menú del PRO. Sino todo lo contrario.

Un factor clave le pone el sello a la trepada de los precios y en gran parte la explica: la suba del 118 % que el dólar acumuló entre marzo de 2018 y marzo de 2019. La corrida empezó a aflojar hacia septiembre, pero el traslado de la devaluación a las góndolas siguió viaje y ya llega al 50%. Representa un porcentaje enorme, comparado con el 30% o menos del 30% que es usual en economías similares a la argentina, como la brasileña, la chilena o la uruguaya; puesto de otra manera, existe acá bastante más que devaluación.

Queda claro, clarísimo entonces, por qué el Gobierno decidió clavar el tipo de cambio o, mejor dicho, evitar que supere los 51,45 pesos de aquí a fin de año. Traducido a precios, esto busca poner la cota de la devaluación futura en el 20%.

Es un regreso a la antigua fórmula dólar-ancla antiinflacionaria, salvo que nada garantiza el éxito del emprendimiento.

Quienes pese a la tregua de los últimos días plantean dudas sobre el resultado final sueltan un número inquietante: el stock de plazos fijos colocado a menos de 59 días equivale a US$ 42.870 millones. Con un detalle adicional: el grueso que se sumó desde octubre corresponde a operaciones mayoristas, o sea, de grandes empresas cuyos gerentes financieros están entrenados en el juego de pasarse al dólar a la primera de cambio.

Se ha hecho costumbre entre los funcionarios atribuir los contratiempos a la política. Y es cierto o, mejor, parcialmente cierto, pues los movimientos también van enganchados a la vulnerabilidad de la economía argentina y al estrecho margen de maniobra que le ha quedado al Gobierno, después de gastar a destajo todos los instrumentos que fue creando.

Para el caso, el riguroso torniquete monetario y las altísimas tasas de interés reales. Si es verdad que las políticas monetarias demoran un año en rendir frutos, como cuentan sus apóstoles, vale añadir que ésta del Banco Central arrancó en octubre y advertir, de seguido, que todavía restan cinco largos meses hasta que aparezcan los frutos.

Demasiado tiempo o tiempo suficiente para ensayar otra salida antes de que sea muy tarde. Suena raro que el kirchnerismo critique el paquete y lo asimile a sus propias recetas, como diciendo que lo malo de hoy también era malo cuando ellos gobernaban. Pura chicana política.

“El problema es que el macrismo quema las naves en un momento de debilidad, de fuerte descontento y de credibilidad escasa”, dice un analista que abre dudas acerca de los efectos del paquete. Claro que el mismo argumento puede darse vuelta y exponer las cosas tal cual son, esto es, que el Gobierno ha salido a recuperar fortaleza y credibilidad y a achicar el descontento. Apuesta electoral en tiempo de descuento.

Contradictoria, cruzada por pujas internas y cierto desconcierto, la movida deja al descubierto un serio déficit de gestión, de ese don que parecía distinguir al PRO. Y trae a cuento otro déficit de origen: la ausencia de un ministro de Economía capaz de descubrir prioridades, de fijar una hoja de ruta y de orientar los esfuerzos. Aunque siempre la última palabra sea la palabra del Presidente.

Hay otro hallazgo de estos tiempos, entre las definiciones que acompañan al plan de otoño. Asoma en los fundamentos que explican la decisión de reforzar las facultades de la Secretaría de Comercio Interior: habla de “evitar abusos de posiciones dominantes o posibles conductas monopólicas de grandes empresas”. Se verá andando si esto significa algo más que una ofrenda destinada a satisfacer reclamos de Lilita Carrió, aunque caracterizaciones como esas resultan novedosas en el lenguaje del macrismo.

Se puede ser muy hábil en el arte de encontrar las mejores ideas para ganar elecciones, pero la crisis económica y sus coletazos sociales están poniendo a prueba y seriamente ese capital. Parecería cantado que con la polarización extrema no alcanza y, sobre todo, cuando el crecimiento de Cristina Kirchner jaquea el resultado en la provincia de Buenos Aires y el ballotage mismo. Es lo que dicen encuestas muy recientes, de las consideradas serias y de aquellas que suelen mirar Marcos Peña y otros armadores de la Casa Rosada.

En plan de sumar rarezas, una pica cerca del Fondo Monetario. Congelar tarifas y revivir subsidios no está en el acuerdo, y tampoco habilitar una mayor intervención del Banco Central en el mercado cambiario.

Detrás del ya inocultable malestar que los desvíos le generan a los técnicos encargados del caso argentino, asoma la apuesta de Donald Trump a la reelección de Macri. Y como en el directorio del FMI ninguna palabra pesa más que la de Estados Unidos, el FMI toma partido en las presidenciales de un país.

El Gobierno ha avanzado en el achicamiento del déficit fiscal y en la mejora de las cuentas externas, pero eso solo no liquida sus urgencias. Le falta nada menos que poner en caja a los precios y encarrilar expectativas inflacionarias desatadas, lo cual que es igual a decir las urgencias de la población.

Medio jugado por las subas de la primera semana, el índice de abril pinta arriba del 3%. O pintaba, si los controles planchan los precios y el promedio arroja menos. El resultado de este round del operativo se conocerá el 15 de mayo, o sea, cuando el tren electoral haya entrado en la recta final.


Alcadio Oña

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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