Domingo, 16 Junio 2019 00:00

Gane quien gane, la economía viene mal - Por Alcadio Oña

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Las estadísticas del INDEC pueden resultar aburridas, pero tienen la ventaja de aproximarse bastante a la percepción de la gente.

 

La economía y claramente la economía real no ha dejado de ser lo que era, antes de que el último rulo definiera quiénes ocuparán finalmente los papeles centrales en la cartelera electoral. Hasta que se pruebe lo contrario, será rival del dúo Macri-Pichetto y aliada de los Fernández, Alberto y Cristina. Y en una visión ampliada, será también esa crisis ya profunda y prolongada que pagan siempre los mismos y de la que en general zafan siempre los mismos.

Las estadísticas del INDEC pueden resultar aburridas, pero tienen la ventaja de aproximarse bastante a la percepción de la gente. Cantan once meses consecutivos con la actividad en rojo, caída del 5,7% para el primer trimestre y un PBI que, de retroceso en retroceso, a fin de año quedará casi al nivel que registraba en 2010, o sea, hace una década.

Luce evidente que llamarle estancamiento a un proceso de esa magnitud y densidad es quedarse muy corto, pues aun cuando hubo excepciones y excepciones notorias al fenómeno le cuadran mejor las categorías decadencia y atraso estructural.

Sólo unos pocos datos bastan para ver en qué lugar terminamos parados. Entre 2011 y 2018, el mundo avanzó a una tasa del 3,5% anual promedio y los países en desarrollo, al 4,8%. La Argentina creció 0%, redondamente nada, o se contrajo alrededor del 10% si la vara se coloca en el PBI por habitante.

Un trabajo del economista Alieto Gadagni cuenta cosas peores todavía, como que en 1980 nuestro PBI por habitante casi duplicaba al de Chile y duplicaba por entero al de Uruguay. Hoy quedó atrás de los dos: el chileno lo supera en 30% y el uruguayo, en un 18%.

Contrastes semejantes surgen con Colombia, Perú, Brasil, Bolivia y Paraguay. También vale añadir una precisión para leer el combo completo: la diferencia no debe buscarse tanto en el crecimiento económico de ellos, sino en los descalabros y en la caída pertinaz de la economía argentina.

Sin ir demasiado atrás, los problemas que se acumularon este tiempo han mandado a la lona a firmas de las más variadas dimensiones, conocidas y tradicionales. Según la lista que lleva un consultor, hay desde supermercados, shoppings y heladerías cargadas de sucursales, hasta embotelladoras, fabricantes de carrocerías y un gigante de la alimentación que entró en concurso de acreedores.

Dice un analista que conoce el paño de sobra: “Es cierto que parte del derrumbe fue gestándose por años y tras años de políticas desastrosas, pero hoy resulta crucial detener el desplome de empresas antes de que el cuadro se ponga más espeso de lo que está”.

Es obvio que no se puede hablar de crisis económica sin hablar también de una inflación fuera de control, porque son piezas que van invariablemente juntas. Hubo una inflación instalada en los dos dígitos largos desde 2007, que saltó a 41% en 2016; retrocedió al 24,8% en 2017 y volvió a trepar al 47,6% en 2018 y que se proyecta hacia el 40% este año. A la rastra corre una parva de consecuencias de todo tipo y tamaño.

De hecho, el propio presidente del Banco Central puso las cosas en el lugar en que verdaderamente están cuando reconoció, a cuento del 3,1% que arrojó el índice de mayo, que la inflación aún se mantiene “alta y resulta inaceptable”. Y por si alguien se había engolosinado con el 3,1%, Guido Sandleris sentenció: “La perseverancia es clave en este proceso. Continuaremos implementando una estricta política monetaria”.

Traducida, la definición significa que el BCRA insistirá con la estrategia antinflacionaria atada a tasas de interés hoy arriba del 67% que la misma entidad paga por sus letras. Respecto de una inflación estimada en 40% para este año, la tasa remacha una diferencia de 27 puntos porcentuales.

Así pinta el horizonte cercano, por muchos saques que el modelo comprometido ante el FMI les pegue a la actividad económica y a la salud financiera de unas cuantas empresas, sobre todo a las pymes.

Vistos desde el interés de los consumidores y de sus muy menguados ingresos, los índices del INDEC no son precisamente estimulantes. Revelan que el costo de los alimentos subió 21,6% desde enero, esto es, en apenas cinco meses, y que escaló al 65% anual, con alzas del 81% para lácteos, del 68% en la carne y del 63% en el pan. Nada suntuario: todo de primera necesidad.

Tras el 3,4% de abril y el 4,7% de marzo, el 3,1 de mayo puede sonar a progreso, lo cual es cierto solo que el progreso resultará perceptible si hacia septiembre se logra el 2% que busca el Gobierno. Perceptible y útil, para la batalla con los Fernández.

De momento, la economía real juega en contra. Y, tal cual afirma un analista que no suele andar con vueltas, “la reactivación todavía está lejos”.

Agrega alguien con acceso directo al Presidente, para más datos candidato a ministro de Economía en un nuevo turno macrista: “Los mercados importan siempre, pero frente a la montaña de problemas que urge resolver importan hasta ahí nomás”.

Alude a los 844 puntos que marca el riesgo país, donde eso equivale a mentar de un solo golpe los apremios de la deuda y el cierre del crédito internacional. Aquí cerca, Brasil tiene 248 puntos y no hace mucho, en enero de 2018, antes claro está de la corrida cambiaria, la Argentina anotaba unos comparativamente razonables 355 puntos.

Carlos Melconian, que de cosas así conoce y de las otras también, ha dicho: “La agenda que viene es pesada, si queremos un plan de estabilidad. No hay otra alternativa que negociar con el FMI, pues de lo contrario vamos derecho al default”.

La agenda pesada y el FMI juntos debieran ser entendidos, así Melconian no lo hubiese aclarado, en modo reforma previsional orientada a achicar un gasto fiscal que viene justamente pesado. Dentro de la lista también figura una reforma laboral, que según quienes la promueven hace rato apunta a bajar costos y, de seguido, a levantar la muy limitada competitividad de la producción nacional.

Son leyes que será necesario aprobar. Y además del peronismo que pueda atraer en ese todo suma, ahí también se explica el rol de Miguel Pichetto en la fórmula con Mauricio Macri. Más la bien probable renuncia a renunciar de Emilio Monzó, el actual presidente de la Cámara de Diputados, y la de Nicolás Massot, el jefe del bloque antes llamado Pro.

Está claro que los mercados son mucho más que mercados cuando se trata del dólar. Y clarísimo que dentro de los planes del Gobierno resulta decisivo mantener en caja al demonio, cuanto menos hasta las PASO de agosto.

Ningún hallazgo hay en decir que los trajines de unos y otros no sólo apuntan a la Casa Rosada. Apuntan, además, a tomar y fortalecer posiciones en el Congreso.

Alcadio Oña

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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