Domingo, 18 Agosto 2019 00:00

Podía fallar, y falló - Por Marina Dal Poggetto

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Urge parar la pelota y encontrar algún mecanismo de cooperación que evite daños mayores a la economía.

 

Como veníamos advirtiendo, la estrategia de polarizar con lo que el Gobierno llamaba el “abismo” podía terminar mal, en un contexto en el que la visión del mercado ya era claramente binaria y la concentración de vencimientos de corto plazo de la deuda de pesos y dólares complicaba el programa financiero y monetario.

Esto, incluso sin tener en cuenta el pifie de las encuestas políticas, que habían provocado la sobrerreacción del mercado antes de las Paso.

Pero la contundencia del resultado, con la fórmula del Frente de Todos 15 puntos por encima de Juntos por el Cambio (además, arriba del 45 por ciento), generó una situación de anomalía inédita en la política, lo que convirtió en un huracán el círculo vicioso entre la dinámica financiera, su impacto sobre la economía real y, en consecuencia, sobre la política que había arrancado con la crisis de balance de pagos que enfrentó Argentina en abril de 2018 y que el programa con el Fondo Monetario Internacional (FMI) intentaba contener.

Esta vez el desarme de posiciones sobre Argentina derivó en un desplome en los precios de las acciones, en una escalada del riesgo país y en un salto discreto del dólar que el Banco Central (BCRA) convalidó para no financiar la fuga.

Ahora, lo intenta contener con la regulación a los bancos y, en parte, con reservas. Por ahora vendió sólo 500 millones de dólares y la divisa mayorista cerró a 54,8 pesos, después de haber superado los 62 pesos el miércoles pasado.

Esta dinámica dejó a la economía sin precios. La norma de las empresas es no descapitalizarse, aunque esto implique no vender hasta que aclare, y empiezan a aparecer listas de precios con subas de entre 10 y 20 por ciento. Esta situación no sólo rompe la idea de hace apenas un mes de que el piso de la recesión y el techo de la inflación ya habían sido alcanzados, sino que dificulta construir un nuevo escenario.

Se requieren definiciones de política económica inmediatas para estabilizar las variables, en medio del choque con el programa financiero, fiscal y monetario acordado con el FMI.

Pero la definición de un nuevo programa debe ser negociada entre un presidente en funciones muy debilitado y el candidato virtualmente electo en las Paso, que forma parte de una coalición política particularmente amplia y que no puede sentarse a dar definiciones hasta que sea formalmente elegido.

Pero el Gobierno, en vez de reconocer el resultado de las urnas, avisa que va a intentar recuperar el caudal político para ganar en un balotaje en noviembre. Y el programa con el FMI ya no está.

Es demasiado tiempo por delante para una situación económica y financiera frágil.

En este contexto, se anunció una batería de medidas que incluyen una combinación complicada de “populismo con sesgo ideológico del otro lado” y sin contemplar financiamiento, justo cuando la aceleración inflacionaria, combinada con el gasto indexado y con la licuación de las retenciones, amplifica el desequilibrio fiscal.

Por un lado, se mantuvo el congelamiento tarifario y de las naftas a pesar del salto cambiario y se otorgaron nuevos subsidios para créditos hipotecarios y un bono de cinco mil pesos por única vez para empleados públicos.

Se bajaron impuestos: Ganancias para personas físicas vía suba del piso, suspensión durante un mes del componente impositivo del Monotributo y de cuatro meses para aportes personales.

A esto se sumó la suspensión total de la alícuota de IVA para una lista de productos de la canasta básica, para intentar moderar el traslado a precios de la devaluación. Todo hasta diciembre, y después vemos, con un costo fiscal estimado de 50 mil millones de pesos para la Nación y de 20 mil millones a costa de las provincias.

La baja de IVA se hizo para evitar un anuncio sobre retenciones. Si bien estas son un impuesto indeseable, frente a una dinámica cambiaria coordinada por el mercado, cumplen la doble función de moderar el traslado a precios y de ayudar al frente fiscal.

Dado el esquema actual, mantener el statu quo amplifica el impacto inflacionario, ya que cae la alícuota efectiva. A modo de ejemplo, la alícuota del 10 por ciento de un monto de cuatro pesos con un dólar a $ 40 se redujo a 7,5% con dólar a $ 54.

Urge parar la pelota y encontrar algún mecanismo de cooperación que evite daños mayores a la economía. Y la principal responsabilidad está en manos de la actual gestión.

En 2015, la imagen fue la negativa de la expresidenta Cristina Fernández de pasarle el mando a Mauricio Macri.

En 2019, la opción de la polarización sostenida después de una derrota como la del domingo pasado, en una economía con libre movilidad de capitales y un mercado bajándole el pulgar al país, está terminando por convertir en sistémica una dinámica que hasta ahora no lo era.

Todavía hay tiempo para intentar una transición no tan desordenada. Pero, a diferencia de la experiencia del gobierno de Raúl Alfonsín, en 1989, cuando el peronismo jugó claramente en contra, o de Fernando de la Rúa, en 2001, cuando el FMI cortó el financiamiento al país, hoy parece autoinfligida.


Marina Dal Poggetto
Ilustración de Eric Zampieri

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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