Domingo, 17 Noviembre 2019 00:00

El teléfono suena y Alberto F. no contesta - Por Alcadio Oña

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La incertidumbre pide, al menos, señales del presidente electo. Igual que el modo cómo se enfrentará la inflación.

 

Después del 50,5% que el INDEC cantó para los últimos doce meses y del 54% anual que parece avecinarse, ha sido un comentario cruel de estos días remachar con que la Argentina se mantiene firme en el tercer puesto del ranking mundial de inflación, sólo superada por Venezuela y Zimbabwe. Tercera, dentro de un lote de 189 países y cuando en gran parte del planeta la inflación es un asunto superado.

Sin esperar el dato del PBI de 2019, ya es posible añadir que también nos ubicamos entre los primeros en la tabla que mide los peores registros sobre la actividad económica. Con una caída del 3,1% estimada por el FMI, apenas seis países retroceden más que la Argentina: Venezuela, Libia, Irán, Zimbabwe, Nicaragua y Guinea Ecuatorial. Y somos uno de los 14 en recesión.

Vistos a través de un muestrario menos limitado podríamos decir que estamos mal, pero ni parecido a lo mal que están otros. El problema es que el problema no desaparece, pues se trata de dos variables que arrastran consecuencias bien conocidas y que, por lo mismo, mejor sería torcerles el rumbo lo más pronto posible. O dar indicios de qué se hará.

Para empezar la inflación, que trepa de escalón en escalón sin descanso.

Bien medido, en 2015 y al final de la era K el índice de precios había anotado un 26,9%. Casi 27%, pese al cepo cambiario y al dólar quieto, pese al congelamiento de las tarifas, a los subsidios y a los controles a lo Guillermo Moreno. Demasiados pese, para arriesgarse a batir el parche con el 27%.

Sin cepo, con maxi devaluación, precios fuera de caja y ajustes tarifarios, el piso siguiente fue el 41% de 2016. Ahora sin agregados, sólo los escalones: hubo 25% en 2017; un 47,6% en 2018 y rondando el 60% en este 2019.

Se han ensayado tantos intentos para desactivar el polvorín sin desactivarlo, que hasta la ortodoxia extrema de Federico Sturzenegger ha capotado. Es lo que el propio ex presidente del Banco Central reconoce, de hecho, en un trabajo que presentó ante la Academia de Ciencias Económicas.

Habla allí de un proceso inflacionario “plagado de inercias”, que, dice, van del tipo de cambio, las tarifas y los salarios a los combustibles y las tasas de interés. Y concluye en que la inflación “se ha inmunizado peligrosamente contra posibles correcciones vía recesión o restricciones monetarias”, o sea, contra las recetas clásicas que él mismo aplicó.

Descubrimiento tardío, solo que no muy diferente a lo que hace rato piensan sobre el fenómeno quienes militan en el campo heterodoxo: que es un combo de muchas causas.

Ahora, el desplome de la economía.

Según quien haga las cuentas, en 2019 el PBI caería entre 3,1 y 3,3%. Tendríamos, así, dos años seguidos en recesión y tres de los cuatro del gobierno macrista.

Serían 5 de los últimos 8 años, si se incorporan los dos de la era cristinista. Puesto de otra manera o de una manera más precisa, la cuenta da que desde 2011 el PBI por habitante habrá retrocedido un impresionante 8,5%.

Esto ya no es estancamiento con inflación, como suele decirse para describir el caso argentino. Esto es, redondamente, caída fuerte de la actividad económica con inflación también fuerte. O atraso de punta a punta.

Obvio dado el peso que tienen, ambas variables reconocen unos cuantos parientes directos e indirectos: . Uno de ellos se llama caída de los ingresos reales. Según la Fundación Capital, este año perderán entre otros la UOM, empleados de comercio, la UTA, textiles, estacioneros y encargados de edificios: alrededor de 2 millones de trabajadores y la mayoría de los sindicalizados. Sólo le ganarían a la inflación bancarios, sanidad, aceiteros y petroleros: unos 400 mil asalariados.

Un tema aparte o el mismo tema aparte de siempre es el de los trabajadores ocupados en negro, arriba de 4 millones. Las cifras del INDEC señalan que sus sueldos están casi 20 puntos porcentuales por debajo del índice de precios. Para los empleados estatales, la diferencia orilla los 10 puntos.

Mezcla de recesión, de precios y tarifas o directamente problemas laborales, saltan en estadísticas oficiales muy recientes. Como aquellas donde la cantidad de pasajeros transportados por trenes interurbanos y por colectivos acumula 15 meses consecutivos barranca abajo. O la que muestra un desplome en las ventas de la más cara nafta premium, que del 35% del mercado que capturaba hacia comienzos de 2007, ahora ha quedado relegada a un modestísimo 10%. Gente de escasos recursos o de clase media más o menos acomodada, no se salva nadie.

También en terreno de negativo a muy negativo se encuentra una pieza vital para el desempeño de la economía. Según la consultora Scentia, durante los primeros diez meses del año el consumo masivo baja 7,4% y cerraría 2019 con una caída del 8%.

La falta de definiciones o al menos de señales, ha sido norma dentro del espacio que gobierna Alberto Fernández. La incertidumbre sobre lo que viene o puede venir crece tanto en las empresas como en las personas y fue una inquietud compartida, días atrás, durante un encuentro que reunió a los directores de las principales consultoras del país.

El desconcierto también manda en el mundo de las petroleras, donde ven como se cruzan planes supuestamente albertistas sin que ninguno huela a definitivo. Prevén un “repliegue importante” de la actividad para los próximos dos o tres meses.

Después de que Axel Kicillof anticipara su decisión de abrirse del Pacto Fiscal, varios gobernadores han empezado a inclinarse por dejar caer las rebajas impositivas contempladas en el acuerdo. Temen ser presas del nuevo ajuste fiscal.

Luce descontado, ya, un incremento de las retenciones a las exportaciones agropecuarias, tanto que los productores y los exportadores se apresuran a liquidar ventas con las actuales retenciones. A paso firme avanza, además, un impuestazo a las propiedades o a los capitales de los argentinos en el exterior. Detrás de todo late la urgencia de sumar ingresos fiscales, ante un Estado que ni por asomo cuenta con los recursos del primer kirchnerismo. Esta vez, se repartirá lo que logre juntarse y entre quienes resuelva el poder.

Más del mismo boletín: descartada la alternativa de Roberto Lavagna, el trajinado Consejo Económico Social no tiene aún quien lo conduzca. La variante del diputado y ex titular de la UIA, Ignacio de Mendiguren, va y viene, mientras asoma el nombre del ex ministro de Trabajo kirchnerista Carlos Tomada.

Entretanto, el tiempo corre y al compás del tiempo corren grandes compañías que buscan dolarizarse en alguno de los mercados alternativos. Escapan del peso, dolarizándose hoy a $ 71 o a $ 77 el billete.

Otro caso es el caso de Guillermo Nielsen, quien mutó de piloto de un modelo orientado a estimular inversiones en Vaca Muerta a negociador de la deuda. En ese rol, habla de un trámite “rápido para minimizar daños” en las tratativas con los acreedores privados y el Fondo Monetario. Por ahora, tanteos con bancos de inversión interesados en el negocio y versiones de cortocircuitos.

Sin crédito, esperan por un arreglo efectivamente rápido vencimientos en divisas que suman US$ 9.200 millones de enero a mayo. Ya en papel de gobernador, a Kicillof lo esperan bonos por US$ 537 millones sólo en enero.

Alberto F. puede lamentarse, como se lamenta, de no tener al lado a Lavagna o a Domingo Cavallo, pero tiene lo que tiene. Y entre lo que sí tiene aparecen los riesgos de que la herencia macrista empeore, junto a la necesidad de articular, más pronto que tarde, un programa que estabilice las variables clave de una estructura económica notoriamente desestructurada.

Nada que sea culpa suya, el 31 de marzo Fernández recibirá una mala noticia: el aumento de la pobreza hasta cerca del 40% en el segundo semestre de 2019 y bien arriba de las 14,4 millones de personas que plantó el último informe del INDEC. No será culpa suya, pero inevitablemente suya será la tarea de enfrentar semejante problema.

Alcadio Oña

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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