Martes, 21 Enero 2020 00:00

Tarifas y dólar congelados: las incógnitas de un plan ausente - Por Alcadio Oña

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El fantasma del atraso cambiario y las tarifas ya dibujan un problema serio para el Gobierno. La inflación acosa y pide un plan que la ponga en caja

 

Entre enero y fines de agosto de 2019, el nivel general del índice de precios promediaba una suba del 30% y un 29,4% el capítulo que incluye al costo de la electricidad, al gas y el agua. Al concluir el año, los números cantaban 53,8 contra 39,4%. Conclusión: de una paridad casi completa se pasó a una diferencia cercana a los 15 puntos porcentuales, en apenas cuatro meses.

El precio del dólar​ oficial, que hasta agosto escalaba el 60%, después de agosto sólo avanzó 1,6%. Es decir, se planchó. Terminó el año con un aumento del 62,3% contra una inflación del 53,8%.

¿Y qué muestra esta cadena de números? Muestra algo evidente y apreciable: que, si las tarifas y el dólar hubiesen seguido al ritmo que corrían en los primeros ocho meses, la inflación habría sido aún mayor a la que fue o, visto del revés, que el congelamiento de la electricidad y el gas y el súper cepo cambiario contribuyeron en grande a aflojar la tendencia.

Hay otro dato de la misma especie para este boletín. Es el raid del dólar paralelo​, que de enero a comienzos de agosto no había dado señales de vida y que, pasado agosto, se despertó y trepó 73% hasta fines de diciembre. Tenemos aquí un efecto directo, derivado del corset riguroso que se aplicó a la venta de divisas al tipo de cambio oficial, acompañado de uno más o menos directo: el traslado de la corrida del blue a los precios, durante los mismos últimos cuatro meses de 2019.

Las conclusiones que siguen representan un problema que toca de pleno al nuevo gobierno. En forma de pregunta, una de ellas plantea: ¿cuánto tiempo más puede prolongarse el congelamiento de las tarifas, sin que se resienta la estructura del sistema energético o reaparezcan los cuellos de botella conocidos y que, en verdad, nunca dejaron de existir: van desde el repliegue de las producciones de petróleo y gas al desequilibrio del balance comercial del sector.

Una segunda conclusión apunta hacia otro dilema también del manual argentino: el fantasma del retraso cambiario. Gracias al fuerte salto que acumuló entre 2018 y 2019, el dólar todavía aguanta, pero la inflación empieza a comerse la ganancia. Ahí asoma el riesgo de descolocar exportaciones, un punto sensible para un país urgido de divisas.

Queda un escollo adicional que es bastante más que un escollo. Remite al impacto sobre los precios de cualquier medida que intente corregir esos desvíos, sobre todo cuando la inflación aún se mantiene en niveles definitivamente desproporcionados: alrededor del 40% proyectan varios especialistas para el 2020. O sea, una diferencia de 14 puntos respecto de 2019 que, tratándose de lo que se trata, luce bien escasa.

Alberto Fernández ha elegido colocar a la inflación en modo inercia, lo cual equivale a sostener que estamos ante un proceso que viene de antes y a cargar culpas sobre espaldas ajenas. Es cierto que la desastrosa gestión económica del macrismo levantó el índice de precios a la altura de las nubes, aunque también pasó, en su medida, que la incertidumbre electoral de 2019, su correlato en el dólar y los ajustes preventivos de los empresarios le pusieron pimienta al fenómeno.

Pero si la cuestión es el pasado, el reciente dice que, desde 2007, el índice nunca bajó de los dos dígitos y que, bien calculado, cerró la etapa cristinista con un nada encomiable 27,8% en 2015 fogoneado por la fuerte devaluación de 2014.

Cada vez más especialistas reconocen, a esta altura de la película, que la inflación argentina no es solo del tipo inercial sino una que reconoce unas cuantas causas y, entre ellas, la de una economía muy atada al dólar y a los disloques del dólar. “Ya adquirió formato estructural”, coinciden incluso algunos para quienes el problema se resolvía sofocando la emisión monetaria.

Es y ha sido siempre una tentación enorme clavar las tarifas y el precio del dólar, tanto como es sabido, al final del experimento, que así nadie se saca el problema de encima. Se lo patea para adelante o se posterga el sofocón.

Entretanto, sigue sin conocerse a qué inflación apunta el Gobierno ni, sobre todo, cuál es su plan de estabilización. Hablamos nada menos que de la variable que debiera guiar a las tarifas, el tipo de cambio, las jubilaciones y los salarios, las tasas de interés y el resto de los precios de la economía.

Reprimir algunos o varios de esos factores no es un plan antiinflacionario ni tampoco lo son las planillas de los Precios Cuidados​.

Pese a los congelamientos, la estadística del INDEC pinta alrededor de 3% para enero. Y pinta luego a mayores pérdidas de ingresos entre quienes no han sido tocados, o han sido tocados a medias, por la varita mágica de los aumentos decididos por decreto.

Según cifras de la consultora Ecolatina, en 2018 el salario real promedio de los trabajadores en blanco cayó 6,3% y 8% el año pasado. Esto es, un notable y difícil de remontar 14,8% en apenas dos saltos. O un 20%, para los casi 5 millones empleados en negro.

El neto dirá cuánto consumo mueve el combo completo y si alcanza para reanimar la actividad económica. Viniendo desde el pozo, no parece que de ahí vaya a surgir un saldo verdaderamente apreciable y apreciable en varios sentidos.

 

Alcadio Oña

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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