Alcadio Oña

Alcadio Oña

Cerca del presidente Macri manejan una cota de alrededor del 10%.

 

Para empezar, una historia puertas adentro o no tan adentro del Banco Central. La cuenta gente hace rato próxima al Banco Central y que también de antiguo acostumbra recorrer el espinel financiero.

 

Falta avanzar mucho para alcanzar ciertos estándares augurados.

 

No es un secreto o no lo es entre los especialistas que la economía argentina, y sobre todo la actividad industrial, es muy dependiente de bienes e insumos importados.

 

Hay una ensalada de números en la disputa que enfrenta a Buenos Aires con el resto de las provincias por el viejo Fondo del Conurbano. Más que una ensalada de números, mejor sería decir que hay una montaña de plata en juego y un final abierto donde existirán, inevitablemente, ganadores y perdedores.

 

Algunos brotes verdes ya había, pero ahora, después de meses y meses esperándolos, están apareciendo aquellos que en varios sentidos pesan fuerte sobre la actividad económica y tienen por lo tanto un valor diferente: los de la industria y el comercio tanto mayorista como minorista.

 

El levantamiento del cepo, la liberación del mercado cambiario y el arreglo con los fondos buitre sacaron de escena la llamada restricción externa entendida, entre otras cosas, como imposibilidad de acceder al financiamiento internacional y escasez de divisas.

 

Hacia mediados del mes pasado, el jefe del Banco Central usó un ejemplo de la cocina interna para mostrar lo bien que está funcionando el sistema de flotación del dólar.

 

Hacia fines del año pasado le preguntaron al jefe del Banco Central cuándo creía que la inflación iba a dar “cero coma algo”, y respondió: “En junio o julio”. Falta muy poco entonces para comprobar si esta vez Federico Sturzenegger acertó con el pronóstico.

 

Nada demasiado novedoso habría en afirmar que las exportaciones y más todavía, la composición de las exportaciones, son una buena medida del desarrollo relativo alcanzado por los países.

 

El Nación tiene un stock de $ 130.000 millones en Lebac. Planea recortes y usar la plata en créditos. Pero de ahí sale un tercio o más de sus ganancias.

 

El Gobierno tiene casi cubiertas las divisas de este año. Pero en octubre se juegan más dólares y el margen de maniobra  para un ajuste fiscal.

 

Para esta misma época del año pasado hubo un argumento y una conclusión que ahora se replican casi calcados. El argumento es que todavía conviven salarios viejos con precios nuevos y la conclusión, que una vez cerradas todas las paritarias habrá un repunte del consumo.

 

Apretado por la falta de inversiones, Macri optó por acuerdos que van a profundizar asimetrías. Y que sumarán al ya fuerte déficit con China.

 

Los efectos de la reforma serían neutros medidos por el costo fiscal. Pero no neutrales, pues lo que se les dé a algunos saldrá  del bolsillo de otros.

 

La economía argentina no está en condiciones de enfrentar una dura competencia externa. Y existe bastante más que un dólar retrasado.

 

Ya cruzadas por la campaña electoral y de hecho por las propias elecciones de octubre, hay leyes clave que el macrismo necesita sancionar tanto en el Congreso Nacional como en la Legislatura de la provincia de Buenos Aires. Con muchísima plata en juego, deben salir si no pronto inevitablemente antes de fin de año.

 

La información puede meter mucho ruido, al menos por lo controvertida. Eso ya está asegurado si sale a luz con membrete incluido, pues sacudiría una pulseada que el Gobierno ha tomado como un test clave en varios sentidos: la paritaria docente de Buenos Aires, donde el oficialismo juega varias cosas simultáneas además de la partida misma.

 

Un mes la construcción sube y al siguiente baja, o viceversa, pero siempre con el cemento a la espera de las famosas obras públicas.

 

Mario Brodersohn, economista, secretario de Hacienda de Raúl Alfonsín, presidente de la consultora Econométrica, acaba de pintar un panorama bastante parecido al que imagina y ambiciona el macrismo. Resumido, dice que si varios planetas empiezan a alinearse, cerca de las elecciones de octubre de 2017 la Argentina podría vivir un veranito económico.

 

Hace 16 años que no se tocan las escalas de ingresos sobre las cuales son aplicadas las alícuotas del Impuesto a las Ganancias, o sea, desde cuando un dólar valía un peso. Durante ese período, larguísimo por cierto, la inflación acumuló 1.500% y el precio del dólar se multiplicó por quince.

 

Algunos especialistas han detectado, últimamente, un fenómeno si se quiere inusual en el comercio exterior argentino. Y se manifiesta bajo la forma de una mejora en los llamados términos del intercambio, o sea, en la diferencia entre el precio de los productos que el país exporta y el de los bienes que importa.

 

Preguntas de la vida cotidiana: ¿de qué habla la gente cuando protesta por los cortes de luz o la falta de gas? O hace lo mismo con trenes que si existen funcionan mal, con el estado de los hospitales y los caminos, cuando pena por no tener cloacas ni agua potable o debe convivir con el enorme, crónico déficit de viviendas.

 

Son de estos días un jueguito estadístico de doble mano y un embrollo ya lanzado que lo anima.

Si por una vez fuese posible dividir la economía en dos planos, hay uno de corto plazo, apremiante y del que el Gobierno no termina de salir. En el otro, aparece un modelo de mediano y largo plazo, ambicioso, quizás controvertido, pero enfocado a dar vuelta una estructura económica plagada de agujeros.

 

Los desplomes económicos, como el que ahora reflejan todos los números del INDEC, nunca se distribuyen de un modo parejo. Tampoco los estancamientos semejantes al que coloreó los últimos años del ciclo cristinista.

 

Interés sobra, lo dice todo el mundo. Pero falta que se vea y lo que por ahora se ve es “mucha consulta, mucho flirteo, nada demasiado concreto”, dicen en bancos importantes que son, al fin, la puerta de entrada al blanqueo de capitales.

 

El año pasado, el 2014 o el 2013, fueron tiempos de proteccionismo a fondo. Pero vale una aclaración antes de seguir con la serie: no hubo ahí una política orientada a preservar la actividad productiva, ni tampoco un foco puesto en la famosa reindustrialización que sólo fue famosa en el eslogan kirchnerista.

 

Es obvio de toda obviedad que el éxito del blanqueo, el de éste y el de otros, depende de al menos tres requisitos. Uno, los beneficios que a los evasores les reporte regularizar su situación ante el Fisco. Dos, el riesgo que corren si no lo hacen. Y tres, la seguridad de que sus nombres serán mantenidos bajo reserva y no empezarán a ser ventilados en listas de uso peligroso.

 

Hay un temor instalado en despachos importantes de la Casa Rosada, que arrastra a otros temores. Lo provocan el cruce cercano entre la inflación acumulada y la reapertura de paritarias que pactaron aumentos temporales y la posibilidad de presiones sobre algunas cerradas por un año.

 

Así sea una antigüedad, el dicho le calza redondo, hoy, a las dificultades que el Gobierno enfrenta para poner en caja la inflación. Siempre le faltan cinco para el peso.

 

Por donde se mire aparece plata, plata en cantidad y siempre sacada del mismo lugar: el Tesoro Nacional. Los motivos son variados, desde negociaciones del tipo toma y daca hasta la necesidad de compensar el ajuste con medidas sociales, pero como sea la plata pesa fuerte en las movidas oficiales.

 

Todos los martes, como quien va a misa, el mundillo financiero espera ver qué hace el Banco Central con las tasas de interés de las Lebac, si las sube, las baja o no las toca. Aunque mejor sería decir que desde hace cuatro meses la vigilia está puesta en conocer si mantiene la seguidilla de recortes, como efectivamente hizo el último martes.

Especialistas temen por un artículo de la ley que filtra datos sensibles y puede quebrar el secreto fiscal. Apurados por los plazos y los dólares, hay un montón de funcionarios trabajando para reglamentar el paquete legal.

Al menos para ciertas cosas y hasta tanto no disponga de un horizonte más limpio, el Gobierno está obligado a actuar en un ambiente de crisis. Y ese mismo estrecho margen de maniobra potencia la importancia de los procesos de toma de decisiones.

 

Está claro que, aun con imperfecciones, el índice de precios del nuevo INDEC es infinitamente más serio que el impresentable modelo armado por el kirchnerismo para ocultar la realidad.

 

Una obsesión por cierto explicable sobrevuela en despachos importantes de la Casa Rosada: que la gente crea que gobiernan para los ricos. Y el resultado de las encuestas que allí manejan canta que hay mucho de eso, efectivamente.

 

El interrogante buscó un cálculo sobre la llamada inflación subyacente, o sea, aquella que deja afuera los aumentos en las tarifas y en el precio de los productos estacionales.

Sería una rareza, casi una extravagancia, sino fuese porque tiene detrás un precedente rigurosamente personal, unos cuantos ajenos y todos incómodos.

El juego financiero gana y seguirá ganando durante un tiempo más. Y al menos por ahora, la economía real pierde sin que se sepa cuándo dejará de perder. Conclusiones de especialistas.

Pregunta: ¿es posible que el mismo número sea preocupante y a la vez útil para el Gobierno? Parece un juego de malabares y en cierto sentido lo es, salvo por un detalle: la respuesta al interrogante resulta afirmativa tanto en un caso como en el otro.

Mientras se espera la movida de los privados, la caída del consumo convive con inversiones aún temerosas.

Dos explicaciones entre otras han dado vueltas estos días alrededor del veto a la ley antidespidos y ambas confluyen en un mismo punto. Dicen que ha sido tanto una demostración de autoridad presidencial como un mensaje a los inversores.

Sería demasiado afirmar que la temporada de abundancia de dólares y la necesidad de ponerle límite a la presión bajista están llevando de las narices al Banco Central, aunque es evidente que algunos de sus planes se han alterado.

La tasa de interés no es más que un instrumento de política económica y encima un instrumento de potencia muy limitada aquí.

Si fuese posible y además sirviera de algo, ya podría hacerse una fotografía y armar una película sobre la economía del primer año de gobierno de Mauricio Macri.

Sería maravilloso, magia pura, que el Gobierno tuviese un solo problema con la economía. Tiene unos cuantos serios desde luego, pero hay al menos uno al que no le encuentra la vuelta: el contraste entre el escaso impacto público del paquete social y el ruido que meten los aumentos de tarifas.

Blanqueo, moratoria y modificación en Bienes Personales

Sería enviado al Congreso después de mitad de año. Esperan recaudar US$ 5.000 millones, una amplia moratoria y elevar el piso a un millón de pesos para el impuesto a la riqueza.

El INDEC acaba de informar que hay, que tenemos, 13 millones de pobres. Fue un shock, aunque nadie podía ignorar la cada vez más ancha, inquietante brecha social ni la muy desigual distribución de los ingresos, porque saltan allí donde se mire.

 

Al Gobierno le llueven malas noticias económicas, pero las da todas. Fuerte o moderado, lo que le vendría bien que subiese, baja y aquello que lo aliviaría si baja, sube. Sólo la inflación está dándole un respiro; claro, después de tocar las nubes.

 

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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