Dante Sica

Dante Sica

Hace una semana, el Gobierno logró su objetivo: ganar a nivel nacional y que el resultado de las urnas bonaerenses no se convierta en un obstáculo.

 

Tanto la actividad industrial como la construcción han comenzado una fase de recuperación. Aunque a velocidades bien distintas.

 

En la recta final hacia las elecciones, la realidad es que nada cambiará demasiado en la economía.

 

El crecimiento per capita en los últimos 33 años fue de 1,2% anual

 

Lo cierto es que la superabundancia de liquidez global y los retornos más que atractivos que ofrecen los activos locales auguran una firme continuidad del deseo internacional por financiar a nuestro país.

 

De a poco, la economía comenzó a dar cierto respiro. Primero dejó de caer en el segundo trimestre de 2016, luego permaneció estancada en el tercero y, por fin, el nivel de actividad muestra una ligera recuperación y anticipa una suba de 0,8 por ciento en el primer trimestre de este año.

 

Desafío: el Gobierno no puede abandonar el gradualismo sin prever un incremento de la pobreza.

 

Argentina debe aprender a convivir con niveles de importación más altos que en los últimos años.

 

Hay señales de recuperación, pero la actividad no repetiría los niveles anteriores a la recesión hasta el tercer trimestre.

 

Hoy por hoy, el objetivo prioritario del Gobierno debe seguir siendo el de conseguir inversiones para el crecimiento.

El que se convenza de que el país va a tener éxito, va a entrar al negocio comprando barato, cuando el proceso todavía no está consolidado.

 

Bajar la inflación y a la vez reactivar la economía necesita como insumo una buena cuota de liderazgo político.

 

La Argentina está dando pasos para estar mejor preparada ante una coyuntura global con una gran cuota de incertidumbre.

 

Argentina puede ser clasificada como un outlier, porque suele hacer lo que otros países no están haciendo. Y en la actualidad está honrando esa tradición: mientras el mundo se cuestiona las bondades de la globalización, nuestro país realiza enormes esfuerzos por “volver al mundo”. Y nadie se esmera por regresar si considera que la globalización es un mal negocio. En general ser un outlier nos ha perjudicado pero curiosamente, esta vez podría ser un acierto.

 

El Gobierno dio un giro de 180 grados en la política económica con el doble objetivo de estabilizar la macro y transformar estructuralmente el modelo de crecimiento, con eje en la inversión y las exportaciones en lugar del consumo.

 

El incremento del gasto previsional es cierto, pero el financiamiento es incierto.

 

No hay dudas de que en este primer año el Gobierno obtendrá una buena nota si logra desacelerar la inflación y reactivar la economía.

 

El Gobierno centró el esfuerzo en el primer semestre y dejó el segundo para empezar a mostrar brotes verdes.

Las autoridades han concentrado los esfuerzos en corregir los precios relativos más que en desacelerar la inflación.

 

El magro desempeño económico de Brasil tiene origen en dos cuestiones estructurales: alto desequilibrio fiscal y baja competitividad.

El premio Nobel Thomas Sargent visitó Buenos Aires y dio un mensaje claro: la viabilidad de cualquier plan económico se define por su “sustentabilidad política”. A su entender, la forma en que se corrigen los desequilibrios de la economía es casi anecdótica si no se considera su “sustentabilidad política o parlamentaria”. Ese consenso es la llave que afianza el proceso político y aporta consistencia a la economía.

Esta semana se conocieron las primeras cifras de inflación del nuevo Indec, luego de casi una década de manipulaciones. Esta noticia es bienvenida, sobre todo, por lo que significa en el plano político ya que supone dejar atrás una etapa de nuestras estadísticas que no fue digna de la democracia.

Los inversores internacionales que proyectan sus carteras para 2017 podrán estudiar una oferta diversa de acciones. Financiación de emprendimientos en puertos, sistema ferroviario y en la red vial, entre otras.

Pese al cambio de ciclo político en Argentina, que genera expectativas positivas, la coyuntura regional es crítica y hay riesgos ciertos de que sus efectos nocivos se perpetúen en el largo plazo.

Con cepo y todo, en 2015 la salida de capitales alcanzó 8.000 millones de dólares. Esta cifra determina una tarea que será prioritaria para el gobierno: evitar que los argentinos sigan girando sus ahorros en dólares a entidades financieras del exterior. Cada dólar de ahorro que se fuga al exterior es un dólar menos de inversión, y nuestro ahorro y nuestra inversión ya son bajos.

La inquietud ahora es si las medidas dispuestas serán suficientes para volver a crecer, crear empleo en el corto plazo y sostener este proceso en el tiempo. La respuesta es afirmativa.

Hay que asumir que la bonanza vendrá de la mano de la productividad Y no del tipo de cambio. Para ello, hay que encarar reformas.

 

El gobierno de Mauricio Macri se propuso, desde sus inicios, transformar de manera estructural a la economía argentina. El norte que orienta este cambio es el de una economía competitiva e integrada al mundo, con la inversión y las exportaciones como principales motores.

 

Todavía es pronto para afirmar que la economía está retomando un sendero de crecimiento sostenido.

 

En el corto plazo, cabe esperar un aumento de la incertidumbre global, al menos hasta que Trump asuma.

 

Tras un año de transición, Argentina enfrenta el desafío de volver a crecer y de hacerlo de forma sostenible. Para que esto sea posible, es necesario virar desde el modelo basado en consumo hacia uno impulsado por la inversión y las exportaciones en el que la principal fuente de crecimiento sea el aumento de la productividad.

 

El dilema es cómo obtener beneficios del gradualismo minimizando los riesgos de incurrir en déficits gemelos elevados.

 

La incógnita es si el Gobierno logrará sortear el ciclo político tradicional de Argentina o si, por el contrario, cederá ante las presiones.

 

Fundado el 4 de agosto de 2003

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