Domingo, 07 Octubre 2018 00:00

Las lecciones de un país dónde anduvo un carpintero llamado Jesús

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La zona que hoy ocupa Israel había sido víctima de codicias imperiales desde tiempo inmemorial. Egipcios, romanos, griegos, otomanos, franceses e ingleses se habían paseado por estas costas del Mediterráneo consideradas las llaves de oriente. En 1947 la población de origen israelita se independizó de Inglaterra.

 

 


Israel, Tel Aviv                                         Villa 31, Buenos Aires, Argentina

En este lugar que aparece en la foto, en una casa roja (que ya no está) se gestó la emancipación de Israel. Entonces, era una zona escasamente poblada en un país desértico, construido por inmigrantes que habían huido de las persecuciones más aberrantes que se conocieron.

En la foto de Buenos Aires se puede ver una villa de emergencia, que en 1947 no existía.

Hoy, Israel (del tamaño de Tucumán) tiene un PBI más de la mitad de la Argentina, con un ingreso per cápita de U$S 37.500 (contra U$S 12.500 de la Argentina). En 1947, Argentina tenía los pasillos del Banco Central llenos de oro, mientras que Israel peleaba contra cinco países árabes que negaban su derecho a la existencia concedida por las Naciones Unidas, en un histórico pronunciamiento. Desde entonces han enfrentado guerras, subversión y atentados. En 1947 ambos países estaban gobernados por un Partido Laborista (recordemos que Perón se presentó por el Partido Laborista de Cipriano Reyes). Uno daba asuetos, el otro proponía trabajar en los kibutz con un fusil al hombro. ¿Qué pasó? Un país tuvo una meta concreta de crecimiento, el otro se dedicó a crear un Estado de Bienestar sin decir de dónde sacaría los medios, pensando que las vacas y el trigo le aseguraban la prosperidad eterna.

Israel supo que la única posibilidad de progreso no estaba en las naranjas ni en los olivos, y se lanzó al mundo a exportar conocimientos y tecnología. En 1947 el 40 % de comercio internacional era agroindustrial. Hoy solo el 4 %. Como decía un ex presidente, nos quedamos en el ’45.

Desde 1966 a la fecha, Israel produjo doce premios nobeles, lo que convierte a esta nación de ocho millones en una de las que más laureados per cápita. Vale recordar, que el último Premio Nobel argentino fue 1984, de César Milstein (que en realidad lo obtuvo por los estudios que realizó en Inglaterra). El último Premio Nobel israelí es de 2013.

Israel apostó a la educación en serio, no a la extensa y permisiva educación argentina. No cualquiera accede a la Universidad en Israel. Después de tres años de servicio militar, los jóvenes pueden dar examen para entrar a la Universidad, con una pequeña pero gran diferencia con la Argentina: el promedio del secundario cuenta. Tus logros durante la adolescencia son importantísimos para poder entrar a la universidad. Ese es el momento clave en la formación del individuo, si no creamos una conciencia de meritocracia a esa edad, será más difícil hacerla en el futuro.

Si debo elegir un defecto de los muchos que tiene la educación argentina, es que los estudios secundarios no cuentan. El secundario es una larga preparación para el viaje de egresados (Filmus dixit), el corolario del descontrol. ¿Para qué sirve el secundario en la Argentina? Para nada. Se puede tener un promedio espantoso, pero a la larga es lo “mismo ser un burro que un gran profesor”. Siempre habrá un camino a la educación terciaria, sea pago o “gratuito”. En realidad, no hay nada gratis en la vida, pero a los argentinos nos encanta creer que, si no se pagó por algo, eso es gratis. Lo que aparenta ser gratis, siempre termina siendo carísimo.

Gran parte de nuestra dirigencia solo entiende la causalidad directa, los mecanismos indirectos parecen ser demasiado sutiles. Cada día reclaman más y más, y obtienen menos. ¡Por reclamar mucho es que tenemos más pobres! ¿Quién quiere invertir con un sindicalismo patotero y venal? O se trata de gordos millonarios que se enriquecieron a costa de sus afiliados o son comunistas de cafetín que aún creen en Lenin y el sabotaje del gobierno de turno, como hicieron en 1917. Al parecer, no se enteraron de Stalin, ni que el Muro de Berlín colapsó.

En setenta años una porción del desierto, floreció y las pampas ubérrimas se estancaron en sus sueños de grandeza. Ambos países crearon una Sociedad de Bienestar, pero acá creímos (y aún muchos creen) que los recursos son ilimitados y la bonanza eterna, que podemos seguir gastando a cuenta de la próxima cosecha y que para que las vacas cumplan su misión reproductiva, las próximas generaciones no necesitan una formación de excelencia ni requieren de demasiado rigor.

Por más que queramos echarle la culpa a un partido o movimiento (que probablemente lo tenga), es indispensable tener un espíritu de autocrítica para entender que, en este desmadre, todos tenemos algo de culpa.

¿Podremos mantener la disciplina fiscal que implica el nuevo plan pactado con el Fondo? Como dijo un carpintero de Galilea que anduvo por esas tierras, todos pecamos de pensamiento, palabra, obra y omisión… y en nuestro caso, con muchísimas omisiones.

Omar López Mato  
Médico y escritor  
Su último libro es El general y el almirante - Historia de la conflictiva relación entre José de San Martín y Thomas Cochrane
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