Lunes, 08 Octubre 2018 00:00

El Senado de EEUU confirma a Kavannaugh, acusado de acoso sexual, como nuevo juez del Supremo en medio de masivas protestas

Escrito por  Pablo Pardo
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El 7 de octubre de 2016, la archifamosa grabación en la que Donald Trump se presentaba a sí mismo como un acosador sexual ("cuando eres una estrella, ellas te dejan hacerles todo, todo lo que quieras") vio la luz.

A pesar de la controversia y de que muchos dijeron que su campaña estaba acabada, un mes y un día después, en las elecciones,

Trump se convirtió en presidente. Este sábado, 6 de octubre, el Senado de Estados Unidos ha aprobado por la mínima -50 votos a favor, 48 en contra - el nombramiento como juez del Tribunal Supremo de Brett Kavanaugh, después de un mes de controversia en el que el juez, un 'trumpista' declarado, ha sido acusado por varias mujeres de acoso sexual.

Dentro de un mes y un día, los estadounidenses acudirán a las urnas en unas elecciones en las que elegirán el 87% de los congresistas, el 24% de los gobernadores de los estados y un sinnúmero de cargos de menor relevancia institucional. Y el voto de Kavanaugh va a planear sobre los comicios, igual que lo hizo sobre las elecciones de 2016. Es el triunfo de la política de identidad, en la que cada cual vota según lo que es -o lo que cree que es- y no según su ideología ha dado un nuevo paso en Estados Unidos.

En esta ocasión, la batalla política se ha dado por la institución que, teóricamente, se encuentra, en la arquitectura institucional de ese país, por encima del Bien y del Mal: el Tribunal Supremo estadounidense. Y lo ha hecho no en virtud de la raza, del país de nacimiento, de las creencias religiosas, del nivel educativo, del lugar de residencia -ciudad o campo-, ni de otros factores que hasta ahora contribuían a dividir al electorado estadounidense en tribus irreconciliables.

Lo ha hecho en virtud de algo aún más básico: el género. En estas elecciones de 2018, la dinámica de la primera potencia mundial se reduce a una frase televisiva: mujeres y hombres y viceversa. Sería gracioso si no fuera, también, inquietante.

La entrada del juez Kavanaugh en el Supremo ha cambiado, así, la campaña. La razón es simple: desde las elecciones de 2008, los demócratas obtienen entre 11 y 13 puntos más de voto femenino que los republicanos, aunque eso se debe sobre todo al voto de las minorías, ya que el presidente Trump logró el 53% del voto de las mujeres de raza blanca.

La formidable pelea acerca de Kavanaugh ha vuelto a poner de manifiesto la división entre el voto de género y de raza: masculino y blanco, mayoritariamente republicano; femenino y de minorías, demócrata.

Y, en unos comicios legislativos en los que los demócratas partían con una ventaja de alrededor de siete puntos, y con una oleada de mujeres candidatas como nunca se ha visto en la historia de EEUU. La oposición iba camino de un triunfo electoral, a pesar de un calendario electoral desfavorable y de unos distritos electorales diseñados explícitamente para favorecer a los candidatos republicanos.

Ahí es donde llegó Kavanaugh. El hecho de que las mujeres que le denuncian por acoso hayan aparecido justo ahora para hablar de hechos que presuntamente tuvieron lugar entre 20 y 36 años atrás y por los que habían guardado silencio ha abierto una oportunidad al Partido Republicano. Sin decirlo explícitamente, el partido de Trump ha insinuado en el debate sobre el juez que el movimiento #MeToo y otras iniciativas de denuncia de acoso sexual han ido demasiado lejos.

Las referencias a "la presunción de inocencia" que, afirman, no se aplican a los hombres cuando son acusados por mujeres, han sido constantes por los republicanos. Quien lo ha formulado de manera más explícita ha sido el propio Trump. "Pensad en vuestros hijos. Pensad en vuestros maridos. La vida de un hombre está hecha pedazos. La vida de un hombre está destruida. Su mujer está destrozada", dijo el presidente en un mitin el martes.

Dos días antes, en declaraciones al tabloide británico Daily Mail, había sido más directo. "Tengo hijos y tengo hijas, y lo que estoy viendo me asusta", declaró. Cuando fue interrogado acerca de por quién teme más, respondió: "Ahora mismo, yo diría que por mis hijos”. Así, las líneas de batalla de la guerra de la cultura han quedado todavía más definidas.

A las declaraciones de Trump habían respondido ayer las bases demócratas con manifestaciones en el Capitolio de Washington -donde está el Senado- en las que cientos de activistas llamaban "traidora a las mujeres" a la senadora republicana por Maine Susan Collins, que el viernes había anunciado que votaría en favor de Kavanaugh, dándole a éste, así, los votos necesarios. No es más que la continuación de la sentencia de la ex secretaria de Estado, Madeleine Albright, para pedir el apoyo a Hillary Clinton: "Existe un lugar especial en el infierno para las mujeres que no apoyan otras mujeres".

Kavanaugh moviliza en su contra a los demócratas y les lleva a votar dentro de un mes. Pero también a los republicanos, tanto por su conservadurismo como por el hecho de que afirma que Donald Trump tiene inmunidad legal mientras esté en la Casa Blanca, lo que es clave para un presidente acosado por múltiples investigaciones.

La defensa del juez puede llevar a los republicanos a repensar su pasividad en los comicios al Congreso y animarles a votar. La campaña electoral de noviembre ha llegado al Supremo y al sexo de los votantes.

Pablo Pardo

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