Domingo, 06 Enero 2019 00:00

Tata Dios - O la xenofobia nacional

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Nadie sabe si Gerónimo Solané era oriundo de Chile u originario de Bolivia, si era hijo de franceses o si había estudiado medicina. Se rumoreaba que había llegado a Tandil desde el Rosario.

 

Lo único que se conoce, es que este gaucho astuto y altanero oficiaba de curandero, haciéndose llamar Tata Dios, y una mañana del 2 de enero de 1872 levantó al paisanaje de la zona del Tandil, al grito de ¡Mueran los gringos y masones! Abriendo así el extenso capítulo de la xenofobia nacional.

A principios de 1871, Gerónimo Solané se había instalado en una casa sita en la calle Generala Rodríguez, de la ciudad de Tandil. Lo precedía a este hombre de notable prestancia, su fama de curandero. Algunos decían que había estudiado medicina, pero por razones que no podía explicar, había abandonado la carrera.

Entre los paisanos del lugar se había ganado fama de manosanta, haciéndose llamar “Tata Dios”, porque a todo aquel que lo quisiese escuchar, que no eran pocos, proclamaba que había venido a salvar a la humanidad, y que el fin de los tiempos se acercaban. Sólo él podría resguardar el alma de aquellos que estuviesen dispuestos a seguirlo.

El primero en acudir a su llamado, fue Jacinto Pérez, al que apodaban “El adivino”, otro era Cruz Gutiérrez, al que llamaban “el Mesías”.

Todos eran santos que defendían la predica milenarista de Tata Dios, y éste no se cansaba de difundir su prédica milenaria: “El mundo como lo conocemos, estaba llegando a su fin por culpa de los masones y extranjeros”.

Según Solané ese 1ero de enero, un gran huracán arrasaría al pueblo para siempre, y la única forma de salvarse era acatar las órdenes del Tata Dios. En el paraje donde estaba la Piedra Movediza, habría de fundarse un nuevo pueblo, pero antes había que exterminar a los impíos responsables de los males en este mundo: los masones y los extranjeros. Siempre hay gente para juntarse tras el odio, más cuando son liderados por personajes tan pintorescos y prestigiosos como Solané. Los juramentados siguieron al Tata Dios, luciendo una cintilla punzó sobre el ala de su sombrero. Al grito de “Viva la religión” entraron al pueblo dormido, con la consigna de tomar las armas del destacamento policial.

Cumplida la tarea, los hombres de Solané se dirigieron a la campaña, asaltando estancias y comercios, pasando por las armas a quienes se interpusieran en su camino. Dieciocho muertos quedaron tendidos en el camino de esta tromba sedienta de sangre. Los guardias nacionales dirigidos por José Ciriaco Gómez salieron en su persecución y se trenzaron a orillas de Chapalefu en duro combate. Vencidos los rebeldes, Solané huyó a su rancho, donde fue capturado con los demás “Santos”. Poco le duró la suerte al Tata, esa noche murió acribillado en su celda. Nunca se supo quién fue su asesino ni los instigadores.

Gutiérrez y Lazarte fueron ejecutados meses más tarde. La ley no podía tolerar este tipo de insubordinaciones, más cuando el ataque está destinado a matar individuos prominentes, como lo eran Don Ramón Santamarina, un poderoso hacendado de origen gallego.

Hay quienes explican la revuelta como una reivindicación del partido federal. Al usar la cintilla punzó, parecían querer volver a los viejos tiempos del Restaurador, donde la masonería estaba interdicta. Ese mismo año de 1871 habían sido los masones, quienes como tales habían asumido funciones directivas cuando las autoridades nacionales colapsaron o sencillamente huyeron de Buenos Aires durante la fiebre amarilla que azotó a su población.

Algunos creen que esta matanza era una continuación de los ataques de López Jordán, aunque en ningún momento el espíritu xenófobo se había destacado entre los entrerrianos y correntinos.

Desde jóvenes nos han remarcado que éste era un país abierto a la gente de buena voluntad, cosa que es muy linda en la teoría, como el generador del “crisol de razas”, aunque muchos criollos estuviesen en contra de esta invasión de tanos y gallegos, que a la larga habría de desnaturalizar el ser nacional.

Pocos meses antes, durante la fiebre amarilla, más allá del miedo a la enfermedad, la falsa creencia que los inmigrantes italianos eran los responsables de dispersar la enfermedad, creo un espíritu xenófobo que obligó a varios miles de “tanos” a volver a su tierra.

Lo mismo pasaría años más tarde con el único pogrom que ocurriera en América Latina durante la Semana Trágica, cuyo centenario estamos próximos a recordar.

¿Crisol de razas o sociedad xenofóbica? Seguramente no llegamos al extremo de otras naciones, pero es bueno conocer estas historias y tomar conciencia de tales tendencias que convierten en tragedias explosivas de mano de fanáticos como el Tata Dios.

Omar López Mato  
Médico y escritor  
Su último libro es El general y el almirante - Historia de la conflictiva relación entre José de San Martín y Thomas Cochrane  
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