Domingo, 20 Enero 2019 00:00

Gran hermano

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El 21 de enero de 1950 murió Eric Arthut Clair. Pasó a la historia con su pseudónimo: George Orwell, periodista y escritor británico, conocido por sus referencias al distópico universo totalitarista, donde por distintas técnicas de vigilancia, el Estado controla la vida de todos sus habitantes.

 

Eric había nacido en la India, donde su padre trabajaba como administrador del ministerio de opio del gobierno colonial británico.

Alumno aplicado, logró por una beca acceder a Eton. Sin embargo, no pudo ingresar a la Universidad, razón por la cual se incorporó a la policía imperial en Birmania; experiencia poco gratificante, como lo refleja en su primera novela, “Burmese Days”.

Después de trabajar como docente y librero, intentó llevar adelante su carrera de escritor en París, aunque por falta de medios terminó trabajando de lavaplatos en un restaurante de París. Enfermo y sin dinero, debió volver a la casa de sus padres.

Estando en Inglaterra, comenzó a publicar bajo el pseudónimo de George Orwell, nombre que adoptó para que no interfiera con su actividad docente.

En 1936 contrajo matrimonio, pero inmediatamente partió hacia España para intervenir en la guerra civil, sirviendo a los republicanos en una milicia de orientación trotskista, aunque, según confesó más tarde, se hubiese sentido más cómodo entre los anarquistas. Combatió en Alcubierre, y cerca de Huesca recibió un tiro en el cuello. Las desinteligencias entre comunistas y anarquistas eran motivo de constantes enfrentamientos. De hecho, Orwell estuvo a punto de ser asesinado en Barcelona, no por los franquistas sino por una facción contraria de los mismos republicanos.

La experiencia en el frente español alumbró la mente de Orwell, quien decidió, de allí en más, escribir “directa o indirectamente, contra el totalitarismo “.

La enfermedad que lo llevaría a la muerte ya venía insinuándose. Debido a las privaciones sufridas en España, empeoró el curso de la tuberculosis que había contraído años antes.

Al volver a Inglaterra pasó un tiempo en un sanatorio, pero como no era este el clima ideal, y viajó a Marruecos para recuperarse. Estando allí meditó bastante sobre su experiencia. Obviamente, el mundo necesitaba un cambio, pero las propuestas que ofrecía el stalinismo como las dictaduras fascistas, no le satisfacían.

Durante la Segunda Guerra Mundial su salud estaba muy comprometida como para participar en combate, a pesar de su experiencia. De todas maneras, fue miembro del Home Guard (y por el cumplimiento de sus funciones recibió una medalla). Sin embargo, su aporte más importante lo hizo trabajando en BBC, para captar las simpatías de los hindúes.

De allí pasó a convertirse en columnista y editor del Tribuno.

Resulta curioso que el escritor que más hizo para difundir los excesos de los totalitarismos –tanto de izquierda como de derecha- fuese estrechamente vigilado por los servicios secretos británicos que controlaban todos sus movimientos, sin la sutileza del Gran Hermano.

Sabiendo que poco le quedaba por vivir, desde 1945 se dedicó a escribir las dos obras que signaron su existencia. “Animal Farm” en 1948, y “1984” en 1949, cuando apenas le quedaba un año de vida. Gran parte de estos textos los realizó estando internado en hospitales o en su hogar en Londres, donde también dejó detalladas instrucciones de cómo quería que fuesen inhumados sus restos, siguiendo las tradiciones anglicanas.

Su percepción del futuro refleja el temor que existía en el período post bélico a que el stalinismo se difundiese por Europa y el mundo.

Sus últimos libros nos advierten de los estragos que podrían ocasionar en occidente. Estaba convencido que el “lenguaje político está diseñado para hacer que las mentiras suenen confiables, el asesinato respetable y darle apariencia de solidez al viento”.

Gran enemigo del nacionalismo, lo definía como el hambre de poder que alimentaba el autoengaño, y si bien los nacionalistas desaprobaban las atrocidades cometidas por su propio bando, tenían una enorme habilidad para “ni siquiera oír hablar de ellas”.

Conocedor del juego dialéctico del marxismo, decía que el pensamiento corrompe el lenguaje, pero (y esto es lo más importante) el lenguaje también corrompe al pensamiento “los mitos creídos, tienden a convertirse en verdades”.

Por propia experiencia sabía que en un tiempo de engaño universal (¿hubo algún tiempo que no lo hubiera?) decir la verdad pasaba a ser un acto revolucionario.

“Porque el poder no es un medio, sino un fin en sí mismo”. Y esa ambición arrastra todo en un régimen totalitario.

“No habrá risa, no habrá arte, ni literatura, ni ciencia, solo subsiste la ambición de poder en formas cada día más sutiles”. ¿Cómo? “induciendo conscientemente a la inconsciencia, y luego hacerse inconsciente para no reconocer que se ha generado un acto de autosugestión”. Generar en los individuos este doble pensamiento, asistió a perpetuar las falacias del sistema dialéctico. “Cada año”, decía Orwell “habrá menos palabras, así se reduce el radio de acción de la conciencia”.

Por eso, la reflexión y la cultura son los medios más temidos por los totalitaristas.

“Quien controla el pasado, controla el presente”. Nos dice Orwell en una de sus frases más conocidas, “Quién controla el presente ¿controla el futuro?”.

Esta es la clave de la construcción histórica de los gobiernos que pueden no necesariamente ser totalitarios, pero es la elaboración de un relato que imponen a las generaciones venideras. Una simplificación predigerida de los hechos que les repiten a las mentes más vulnerables, y se convierten en verdades indiscutibles. Orwell no creía que las dictaduras se establecen para salvar a las revoluciones, sino que las revoluciones se hacen para establecer una dictadura. De aquí nace el concepto del Gran Hermano, un Estado omnipresente que todo lo mira, una generalización del Pleóptico de Jeremmy Benthan, creado originalmente para controlar a los criminales, aunque en un régimen totalitario todos pueden ser culpables por pensar y discrepar.

De todo esto se desprende el consejo más íntimo que Orwell nos puede ofrecer, “lo importante no es mantenerse vivo, sino mantenerse humano”, y nada es el individuo sino “unos cuantos centímetros cúbicos dentro de un cráneo”.

Omar López Mato
Médico y escritor  
Su último libro es El general y el almirante - Historia de la conflictiva relación entre José de San Martín y Thomas Cochrane  
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