Viernes, 12 Abril 2019 00:00

Ecuador no sabía cómo deshacerse de Julian Assange

Escrito por  Rafael Ramos
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Jugaba al fútbol en los pasillos de la embajada y “pintaba” las paredes con sus excrementos, según relatan funcionarios ecuatorianos.

Si un amigo se queda en tu casa tres o cuatro días puede ser muy divertido. Si se queda una semana, tal vez un poco pesado (depende del invitado). Si permanece todavía al cabo de un mes, es probable que salten las chispas y uno no vea la manera de mostrarle la puerta. Más que eso, es dudoso que la amistad pueda sobrevivir. Julian Assange se pasó siete años en la embajada de Ecuador en Londres, así acabaron las cosas, como el rosario de la aurora.

La casa en la que permaneció el autor de los Wikileaks desde junio del 2012 hasta anteayer no podía hallarse mejor situada, detrás de los almacenes Harrods, en el corazón del barrio londinense de Knightsbridge, un edificio victoriano de ladrillo rojo haciendo chaflán, de ocho habitaciones. Pero Assange no fue un huésped común, y desde el principio sus anfitriones captaron que habría problemas.

El periodista australiano llegó como prófugo de la justicia mientras se disputaba la Eurocopa de fútbol y Londres se ponía guapa para los Juegos Olímpicos, habiendo violado los términos de una fianza de casi trescientos mil euros que pagaron amigos e intelectuales británicos (que perdieron el dinero, y desde entonces no vieron la cosa con los mismos ojos). Su último recurso para seguir libre fue acudir al presidente ecuatoriano, Rafael Correa, que le abrió las puertas.

Como en la embajada no hay habitación de invitados, al conflictivo huésped se le habilitó un pequeño despacho como si fuera un estudio-dormitorio, con ordenador, acceso a internet para que estuviera conectado con el mundo exterior, una cinta para correr y una cama plegable. Pero el espacio se le quedaba pequeño y, según cuentan los funcionarios ecuatorianos, alguien le regaló un balón y jugaba con él por los pasillos, pegando patadas contra las paredes. Trabajar era imposible.

Le dolía un brazo, se le infectó la boca, estaba deprimido y no podía respirar debidamente

Assange se compró un gato, recibía en sus aposentos a celebridades como Pamela Anderson, Lady Gaga, Brian Eno, Vivienne Westwood, PJ Harvey y Eric Cantona, y los Wikileaks seguían apareciendo, comprometiendo a los gobiernos occidentales, cuestionado que los servicios de inteligencia rusos habían envenenado al exagente Sergei Skripal y su hija Yulia, y desprestigiando a Hillary Clinton con la publicación de e-mails de su campaña.

Mientras permanecía encerrado, Donald Trump se convirtió en fan suyo y presidente de Estados Unidos, en Gran Bretaña se celebraron dos elecciones generales y dos referéndums, el actor Benedict Cumberbatch se hizo pasar por él en una película que resultó un fracaso, y fue el protagonista de un documental que inauguró el festival de Cannes. Cada tres de julio sus amigos se presentaban con un pastel y velas para celebrar su cumpleaños, y en un par de ocasiones salió al balcón para reivindicar ante la prensa su inocencia y denunciar el intento de Estados Unidos de meterlo en prisión de por vida, o incluso aplicarle la pena de muerte (el líder laborista Jeremy Corbyn pidió ayer que no sea extraditado, en el inicio de una batalla política que durará meses o incluso años, como ocurrió en su día con el dictador chileno Augusto Pinochet, cuya entrega pedía la justicia española).

Pero la salud física y mental del reportero australiano fue deteriorándose progresivamente, con la falta de sol y vitamina D como uno de los motivos. Sufrió una infección en la boca que sólo podía solucionar un dentista, tenía un dolor crónico en un brazo, problemas respiratorios, depresión, ansiedad y cansancio. Esa mata de pelo blanco de la que estaba tan orgulloso se le empezó a caer.

Se sentía solo y aislado. Le dio por “pintar” las paredes de su habitación con excrementos, apenas se duchaba y olía mal. Dormía de día y estaba despierto durante la noche, que aprovechaba –según sus anfitriones– para hackear los ordenadores de la embajada y espiar la correspondencia diplomática. Se volvió paranoico y veía enemigos por todas partes, unos reales y otros no.

Durante su estancia pasaron tres embajadores ecuatorianos por Londres (un destino que ya nadie quería), y todos acabaron peleados con Assange en el fútil intento de imponer disciplina a un adulto que se comportaba como un adolescente malcriado. Mientras, el Foreign Office presionaba a Quito para que le retirase el asilo diplomático, harto de pagar una factura por la vigilancia que acabó superando los 25 millones de euros. Las relaciones diplomáticas entre los dos países tocaron fondo.

Conforme su conducta se volvió más errática, sus anfitriones fueron perdiendo la paciencia. Le privaron del acceso a internet y al teléfono, y sólo médicos y abogados podían visitarlo, después de ser cacheados, entregando los móviles y proporcionando su código de seguridad. Le obligaron a hacerse su propia colada, a limpiar el cuarto de baño y el pis de su gato. Todo, en un intento de que se sintiera tan incómodo que se fuera por voluntad propia. Pero nunca lo hizo.

Rafael Ramos

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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