Domingo, 28 Abril 2019 00:00

Ay Patria mía, dame jueces como los que condenaron a Alan García

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“Ay, Patria mía, dame un presidente como Alan García”. ¿Se acuerdan? Así cantaban los muchachos cuando le hacían los paros a Alfonsín y pedían profundizar los cambios económicos en esa onda socialista de los ’80, que nunca termina de morirse. Es curioso señalar que tanto los gobiernos de Alan García como el de Alfonsín terminaron en una feroz hiperinflación.

 

Pasados casi cuarenta años, Argentina volverá a batir sus propios récords. ¿Se presentará en estas elecciones una de las personas que más causas por corrupción, lavado de dinero y asociación ilícita ha sido incriminada en nuestra historia, además de una causa de traición a la patria (un detalle no menor)?

En pocos meses iremos a elecciones en un país sumido en un nuevo fracaso económico (¿Cuántos llevamos? ¿30?) endeudado, abatido por estanflación, con índices crecientes de pobreza, baja en el consumo y en la producción, cuyo gobierno, en una maniobra discutible vuelve a aplicar políticas económicas que pensábamos erradicadas, con la sola intención de aplacar la decadencia, en una apuesta improbable de frenar la caída libre. Ninguna política económica triunfa si no se le tiene confianza al gobierno y la sombra del retorno sin gloria de Cristina, lamentablemente, están haciendo estallar las bombas sembradas por el kirchnerismo sin que se hayan podido desactivar ¿por inercia? ¿Por miedo? ¿Por impericia o negligencia? O ¿Porque sencillamente, rehabilitar nuestra economía era cómo revivir a un muerto?

Mientras en otros países de América Latina han podido salir del círculo vicioso de inflación, corrupción y empobrecimiento en las que sumieron las políticas demagógicas, Argentina continúa chapoteando en el mismo barro, quizás porque existen muchos que siguen creyendo en el camino populista, cuyos representantes viven en la riqueza gracias a dineros mal habidos. Sin embargo, sus fortunas no son obstáculo para promover la épica cubana que no dudó en sembrar la violencia armada, bancando grupos subversivos en Perú, Brasil, Argentina, y sumiendo a naciones como Venezuela en un abismo.

Alan García no fue ajeno a la cleptocracia que dominó América Latina. Si bien todos lo señalan como culto e inteligente, al parecer no lo fue suficiente como para sustraerse de la tentación. Y cuando no pudo soportar la vergüenza del escarnio público, se eliminó por mano propia. ¿No hubiese sido más noble reconocer la culpa, en vez de dejar un discurso de barricada, que echa culpas sobre una justicia que trabaja incansablemente para esclarecer estos y otros crímenes cometidos por las autoridades?

Un pequeño detalle que no todos conocen, cuando Alan García fue investigado por una megacomisión en Perú (de diversas orientaciones políticas) sospechando que podía ser apresado, pidió asilo a la Embajada de Uruguay, esgrimiendo una supuesta persecución política (casi, un clásico). Uruguay le negó el asilo, porque en Perú existe efectivamente división de poderes y una reconocida Justicia independiente.

La prisión de Lula y de cuatro ex presidentes peruanos, más el suicidio de Alan García, saludado por sus fans como un acto de heroísmo a pesar de las pruebas en su contra (una muestra del fanatismo y obnubilación al que se puede llegar), nos enrostra nuestro rotundo fracaso como sociedad que no supo, ni quiso sancionar a los conductores deshonestos, perpetuando el hálito pútrido de la corrupción que amenaza destruir las pocas esperanzas que tenemos.

Que Perú tenga cuatro mandatarios juzgados por corrupción es terrible, pero también el signo que un grupo de jueces se ha tomado en serio la misión de erradicar la corrupción cueste lo que cueste, sin importar el apellido, ni el dinero, ni el poder. Mientras tanto acá las causas se han frenado, esperando el próximo resultado electoral, un signo más de un Poder Judicial atado a influencias nefastas. ¿Acaso los jueces no entienden que sus funciones son superiores a las instancias políticas?

Ellos no pueden supeditar la aplicación de la ley a contingencias del momento. Quizás ha llegado el tiempo que todos los argentinos cantemos: “Ay patria mía, tengamos jueces íntegros como los que condenaron a Alan García”.

Omar López Mato  
Médico y escritor  
Su último libro es El general y el almirante - Historia de la conflictiva relación entre José de San Martín y Thomas Cochrane  
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