Domingo, 16 Junio 2019 00:00

El crimen se dispara en la Ciudad de México y complica a la protegida de López Obrador

Escrito por  La Política on line
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Claudia Sheinbaum parecía la heredera natural de AMLO, pero su gestión se empantanó ante el crecimiento de secuestros y asesinatos. El canciller Ebrard se convierte en "superministro".

"Yo venía a recoger el diploma de mi hijo [...] y ahora me llevo un certificado de defunción", dijo el martes a la prensa Norelia Hernández. El 4 de junio su hijo Norberto Ronquillo Hernández, un estudiante universitario que migró del norte del país, fue secuestrado en la zona sur de la Ciudad de México. Su cuerpo sin vida apareció en una zanja una semana después.

El caso Ronquillo, como cientos otros antes, impactó en la megalópolis mexicana que concentra más de 27 millones de personas si se le suma el Conurbano. De acuerdo con cifras del Secretariado Nacional de Seguridad Pública, durante el primer trimestre del año se registraron 26 secuestros en la Ciudad de México, mientras que en 2018 fueron cuatro. Especialistas han señalado que la administración de la jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, contabiliza los delitos con una metodología más precisa a la usaba su antecesor Miguel Ángel Mancera.

El exponencial crecimiento también se ve reflejado en otros crímenes. El número de ataques sexuales subió de 68 a 310, mientras que las extorsiones a comerciantes se elevaron de 125 a 277. Lo cierto es que más allá del típico debate sobre las estadísticas la percepción de los ciudadanos es que la ciudad es más peligrosa.

Hasta hace poco la Ciudad de México era la joya en la corona de la izquierda mexicana. La ciudad más grande, influyente y progresista del país, la CDMX -como se le conoce desde hace un par de años gracias a una reforma constitucional que la elevó al estatus de estado de la República- representa desde mediados de los noventa el bastión más importante de la izquierda institucional.

Todos sus alcaldes electos (antes de 1997 el alcalde era impuesto por el Presidente de la República) han intentado contender por la presidencia. Cuauhtémoc Cárdenas en 1988 y 2000; AMLO en el 2006, 2012 y finalmente 2018; Marcelo Ebrard en el 2012; y Miguel Ángel Mancera en el 2018. No es casualidad que cuando el presidente Andrés Manuel López Obrador, líder del partido Morena, eligió a Claudia Sheinbaum como la siguiente jefa de Gobierno de la CDMX, su nombre de inmediato saltara al frente de la lista de posibles delfines presidenciales para la elección de 2024 (en México está prohibida la reelección del presidente desde los años de la Revolución).

Licenciada en física y con un doctorado en ciencias ambientales, Sheinbaum escaló los rangos políticos hasta convertirse en secretaria de Medio Ambiente cuando AMLO fue jefe de Gobierno de la Ciudad entre 2000 y 2006. Su ex marido, en aquellos años cercano colaborador del ahora presidente, se vio envuelto en un escándalo de corrupción que terminó con su carrera política. Ella se mantuvo cercana a López Obrador y lo acompañó en sus dos intentos por conquistar la presidencia en 2006 y 2012. Ese año fue electa delegada -similar a alcalde- de Tlalpan, una de las divisiones de la enorme ciudad capital mexicana.

El otro heredero natural de López Obrador es Marcelo Ebrard, actual canciller de México y alcalde de la CDMX entre 2006 y 2012. Ebrard se mantuvo fiel a AMLO en sus peores momentos, y en 2012 concedió sus propias ambiciones presidenciales para que su mentor pudiera aspirar por segunda vez a la presidencia.

Sheinbaum y el canciller Marcelo Ebrard, son vistos como los sucesores naturales de López Obrador. La alcaldesa es acaso la dirigente de mayor confianza del presidente, pero el canciller es visto como uno de los políticos más hábiles de México y lo demostró la liderar la negociación con la administración de Trump en la reciente crisis de los migrantes.

Ebrard es quizás el operador más avezado en el Gabinete presidencial. Antes de ser alcalde fue secretario de seguridad pública de la ciudad, secretario de desarrollo social, y congresista federal. Durante la administración del presidente Enrique Peña Nieto, Ebrard fue investigado por corrupción por la construcción durante su gestión de una línea del metro defectuosa. Para muchos, se trató de un ataque coordinado desde la oficina del entonces presidente Enrique Peña Nieto con el apoyo del entonces alcalde Mancera, a quien Ebrard impulsó como su reemplazo en 2012.

A finales de 2017, todavía en el período de precandidatura, AMLO sorprendió a muchos cuando anunció que, de ganar la elección, Ebrard sería nombrado secretario de Relaciones Exteriores. Se trata de un puesto importante, pero muchos lo veían como brazo derecho del mandatario en la Secretaría de Gobernación, a cargo de la política interna del país. O bien a la cabeza de la Secretaría de Seguridad Pública, batallando contra la violencia narco tras doce años años de guerra contra los Señores de la droga.

Las razones por las que Ebrard terminó al frente de la política exterior, área en la que no tiene experiencia previa, son políticas. Se rumora que en diciembre de 2017, siete meses antes de la elección presidencial, López Obrador estaba buscando el apoyo discreto de Miguel Ángel Osorio Chong, secretario de Gobernación durante la administración de Peña Nieto y rival político de Ebrard. La historia extraoficial dice que AMLO no quiso poner a Ebrard al frente del aparato de seguridad del Estado para no asustar a Osorio. La elegida para Gobernación fue Olga Sánchez Cordero, ex ministra de la Suprema Corte de Justicia que porta la figura venerable de una mujer de Estado con experiencia, una "elder stateswoman".

Lo que nadie esperaba es el protagonismo que Ebrard cobró al frente de Relaciones Exteriores. El funcionario ya es conocido como el "supersecretario" ya que varios miembros del gabinete están a su disposición. El objetivo es implementar el acuerdo migratorio que México firmó con Estados Unidos para reducir el número de inmigrantes que cruzan la frontera y satisfacer las demandas de Donald Trump. Pero en la práctica el canciller ha apuntalado su imagen pública de manera extraordinaria. Entre los simpatizantes de AMLO, Ebrard es visto como el héroe que detuvo los aranceles de Trump.

Al mismo tiempo, Sheinbaum se enfrenta a la peor crisis de violencia que la ciudad ha visto en años. Durante los últimos 20 años el DF brilló como una ciudad segura e inclusiva. Impermeable a los embates del narco que había dejado en ruinas a ciudades pujantes y seguras como Monterrey y Guadalajara. En la CDMX no se veían enfrentamientos con armas de alto poder, los militares no patrullaban las calles, no había cuerpos colgando de los puentes ni mantas con mensajes entre cárteles rivales. Las cosas están cambiando.

La alcaldesa y la Ciudad han sufrido golpes muy duros esta semana. Al homicidio del joven estudiante Norberto Ronquillo se sumó el de otro joven de 29 años: Leonardo Avendaño fue secuestrado el martes y apareció sin vida un día después. En las redes sociales, ciudadanos, periodistas y políticos de la oposición cuestionaron la capacidad de Sheinbaum. Antes de eso, el presidente López Obrador había salido en su defensa durante un evento en la capital del país.

"¡No está sola, no está sola, no está sola!", repitió el presidente frente a las cámaras de la prensa nacional. AMLO se quejó de que unos "grandulones abusivos, ventajosos" a veces "maltratan mucho" a la jefa de Gobierno. El timing no podía haber sido más inapropiado, apenas dos días después de la aparición sin vida de Ronquillo. La familia del joven estudiante informó que pagaron el rescate que demandaron los secuestradores. Igual lo ejecutaron.

"Fui a expresar mi voz por las Norelias, por los Norbertos de todo el país. Pero no fui a pelear, porque no es momento de pelearse con el Gobierno", dijo Norelia Hernández después de reunirse con Sheinbaum y la procuradora general de la Ciudad de México.

A Ebrard, mientras tanto, lo siguen llamando el "supersecretario".

Hernán Sorquis

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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