Jueves, 01 Agosto 2019 00:00

Los Cuadernos de las Coimas: la trama secreta de la investigación, cuatro meses de espionaje y escuchas antes del estallido del caso - Por Nicolás Wiñazki

Escrito por 
Valora este artículo
(1 Voto)

El caso arrancó en abril de 2018 y se hizo público el 1 de agosto de ese año. El juez, el fiscal y los investigadores policiales avanzaron en secreto hasta probar que los cuadernos no mentían.

 

Hace un año, la opinión pública empezaba a conocer solo el inicio de la trama que se transformaría en el caso judicial de corrupción más trascendente de la Argentina. La Causa Cuadernos de las Coimas irrumpía con estrépito tras allanamientos múltiples en una noche en la que la Justicia lanzó la mayor redada en una causa que buscaba desentrañar un sistema delictual armado desde un Gobierno.

El 1 de agosto fueron detenidos algunos de los más importantes empresarios del país y también parte del ex funcionario vinculado a los Kirchner y sus gestiones presidenciales. En realidad, el caso Cuadernos había germinado en secreto en los tribunales durante cuatro meses en los que la Justicia y un grupo selecto de las fuerzas de seguridad cumplieron con un plan que incluyó tareas de espionaje, chequeos oficiales con otros poderes del Estado, escuchas telefónicas legales, la lectura de las anotaciones del remisero Oscar Centeno y su chequeo con recolección de pruebas jurídicas de todo tipo, como ya se enumeró.

La Causa Cuadernos tiene un inicio documentado. Fue el 10 de abril del 2018. Empezó así: "/// cr Fiscal: Informo a Ud. que en la fecha se encuentra presente en mesa de entradas de esta Fiscalía una persona que dijo ser y llamarse, manifestando un deseo de aportar información que podría resultar de interés en el marco de una investigación judicial en curso con intervención de esta fiscalía. Es todo cuanto informo al Sr. Fiscal, en la Ciudad de Buenos Aires a los 10 días del mes de abril de 2018. -"

Ese texto enigmático está firmado por Ariel Gonzalo Quety, Prosecretario Letrado de la Fiscalía Federal Número 4, liderada por Carlos Stornelli. Es éste último el que firma en esa misma primera página una respuesta ante la información comunicada por Quety: "Buenos Aires, 10 de abril de 2018", dice un encabezado que continúa con una redacción breve: "Téngase presente el informe actuarial que antecede y recíbase declaración testimonial al nombrado en el día de la fecha". El Prosecretario replica a continuación: "Ante mí". Y firma. Y luego: "En la misma fecha se cumplió. Conste". Y firma de Quety.

Quien se había presentado a declarar y a aportar material extraordinario para la Justicia había sido el periodista de La Nación, Diego Cabot, quien había accedido a las anotaciones del ex chofer del Secretario de Coordinación del Ministerio de Planificación Federal, Roberto Baratta.


Línea de Tiempo Cuadernos

Ese hombre meticuloso en la narración de sus días de remisero en las cientos de rutas de la recaudación de sobornos, Oscar Centeno, había descuidado sus cuadernos y sus filmaciones del submundo del poder K. Cabot trabajó y chequeó esa información increíble hasta que decidió aportarla a la Justicia para que una investigación judicial intentara llegar más allá de lo que la prensa es capaz de comprobar en una historia en la que, luego se supo, se comprobaron al menos 207 pagos de coimas, la gran mayoría de ellos confesos por sus pagadores y sus cobradores. Pero aún faltaban meses para esa segunda fase de una pesquisa confidencial que recién se iniciaría.

El fiscal Stornelli no podía creer lo que leyó en los cuadernos de Centeno y lo que había aportado Cabot con su primer testimonio, registrado sin asentar su nombre y apellido para evitar distintas variables de potenciales inconvenientes.

El fiscal le notificó jurídicamente al juez Claudio Bonadio, con quien investigaba el caso del Gas Licuado, que los cuadernos de Centeno eran, a su criterio, un material que por repetición de protagonistas de ese otro expediente, debía ser una causa anexa. Bonadio tuvo el mismo criterio. El fiscal ante la Cámara Federal de Apelaciones, Germán Moldes, recibió un aviso sobre ese otro expediente lateral que se abriría sobre el tema gas licuado.

Lo que siguieron fueron cuatro meses de nervios, acciones judiciales y de Inteligencia que lograron mantenerse en cierto secreto, ansiedades contenidas, y un plan de trabajo para chequear judicialmente si lo que había escrito Centeno podía probarse. Se probó, tal como con el tiempo confirmaron el juez, el fiscal, y los tribunales de alzada.

Primero se eligieron 66 "puntos de contacto" que aparecían en los cuadernos y se le pidió a un grupo especial de la Policía Federal que realizara tareas de Inteligencia para confirmar que en esas direcciones vivían o trabajaban los nombres que Centeno había anotado en esos puntos de recolección, entrega o guarda de los sobornos. En paralelo, se pidió a diferentes lugares, organismos y entes privados mencionados por Centeno con detalles de actividades qué había realizado allí Baratta, por ejemplo.

Se rastrearon cuáles eran los teléfonos que usaban los mencionados por el ex chofer. Se chequeó el origen del auto Toyota que manejaba y otros datos sobre el remisero entonces desconocido, hoy célebre. Se intervinieron las comunicaciones de algunos de los ex funcionarios de Planificación Federal o de ciertas personas de su familia para controlar si se habían enterado o no de que se los investigaba. Se pidieron los registros de entrada y salida de la Quinta de Olivos para chequear si allí figuraba Centeno. Y hasta se entrecruzaron los llamados de los teléfonos que se había podido chequear que usaban en los años de las anotaciones los hombres del poder descriptos en maniobras ilegales por el remisero memorioso.


Todo dio positivo. Bonadio y Stornelli estaban azorados. Ansiosos y paranoicos. Nada podía trascender porque el plan de acción involucraba a demasiados hombres y mujeres del poder no solo político, sino también económico, que hasta se analizaba que habría riesgo físico para algunos de los investigados que aún no sabían que estaban bajo pesquisa judicial.

La madrugada del 1 de agosto del 2018, el juez Bonadio y el fiscal Stornelli esperaron los resultados de decenas de órdenes de detención y allanamientos. El establishment entró en pánico. El kirchnerismo también.

Los cuadernos de Centeno, "bitácoras de la corrupción", según la definición de Bonadio, ya habían dado todo, pero empezaron a abrir puertas impensadas.

El Caso Cuadernos creció con un vértigo jamás vivido en los tribunales federales.

Una ex presidenta y parte de sus funcionarios estaban acusados de cobrar coimas de algunos de los más importantes empresarios nacionales.

La historia empezaba a generar el obvio impacto político, económico y mediático, cuando de modo súbito una treintena de los protagonistas, empresarios y ex funcionarios, eligieron acogerse a la figura del arrepentido y confirmaron parte de la historia, confesaron sus fechorías con argumentos diversos, más detalles y más información documental.

El caso terminó revelando cómo el ex secretario privado de la familia Kirchner durante décadas, Daniel Muñoz, era un magnate con una fortuna oculta de alrededor de 500 millones de dólares.

De golpe, eran los propios K los que confesaban ante la Justicia el sistema recaudatorio entre beneficiarios de concesiones y contratos públicos.

El fiscal Stornelli solía repetir que "el secreto del éxito es el secreto".

Vivía días que se podrían haber contado no en horas sino en kilómetros por horas.

Los "arrepentimientos" de ex funcionarios nacionales relevantes y empresarios líderes de holdings, eran en un momento una instancia habitual para su fiscalía. Los diálogos con los imputados colaboradores que debían aportar información crucial para el expediente eran larguísimos y extenuaban y mareaban.

Uno de los más importantes de esos testimonios, sin duda, fue el del ex presidente de la Cámara Argentina de la Construcción, Carlos Wagner, que confirmó que por orden del Gobierno K había coordinado la cartelización de la obra pública a cambio de ganancias en contratos estatales multimillonarios entre los empresarios que estuvieran dispuestos a sobornar a los funcionarios. Parecía que Wagner ya no tenía mucho más que aportar cuando a alguien en la fiscalía se le ocurrió comprar sandwiches de miga en un conocido restaurante de Recoleta. El arrepentido se alegró con la llegada de ese almuerzo-merienda. Su charla se extendió varias horas más.

En esas primeras semanas de furia judicial se sumó al equipo el fiscal Carlos Rivolo.

Las confesiones continuaban y las rutas del dinero se extendían a diferentes lugares del planeta.

El juez Bonadio fue acusado por los K de mil tropelías. La Cámara Federal y la de Casación aprobó después lo más trascendente de la investigación y gran parte de las resoluciones procesales sobre los imputados que tomó él y también los fiscales.

Fue un año de sobresaltos impensados aun para investigadores experimentados como Bonadio y Stornelli.

El magistrado, por ejemplo, sufrió un atentado fallido con una bomba que un anarquista logró tirar dentro del garage de su casa. La Policía hizo detonar el artefacto, que había fallado en la vivienda de Bonadio, en la calle. Su poder de daño era altísimo.

El juez no suele transitar el sentimiento del miedo ante situaciones como esa. Sus colegas y conocidos lo llamaban a su despacho al otro día de lo ocurrido y él agradecía. Pero ante testigos minimizaba con cierta sonrisa el riesgo por el que había pasado.

"En serio, yo apenas sentí un poquito de olor a pólvora, che, no es para tanto", aseguraba, aunque las pruebas técnicas decían lo contrario.

Antes de elevar partes de la causa Cuadernos a juicio oral, debió someterse a una operación en su cabeza. Propagandistas K aseguraron que ya no volvería a su despacho.

Volvió y el caso ya está pronto a elevarse a la instancia oral.

Stornelli, mientras tanto, fue elegido como enemigo por el kirchnerismo que intentó desacreditar su investigación cuando se abrió en Dolores la causa sobre el supuesto espía Marcelo D'Alessio. La propia Cristina Fernández lo acusó de extorsionador.

También había denunciado que la Causa Cuadernos se había creado con el único fin de proscribirla en las elecciones.

Es precandidata a vicepresidenta del espacio que lidera y eligió a dedo a su compañero de fórmula. Intenta, ahora, que el caso Cuadernos pase lo más desapercibido para el electorado.

Está procesado por delitos gravísimos y hasta su contador, Alejandro Víctor Manzanares, se presentó como "arrepentido".

El juez Bonadio había dicho, cuando el caso se hizo público, que por experiencia propia había aprendido que un expediente puede ser como una "catarata".

Los caminos de Centeno eran mucho más largos y asombrosos de lo que la gran mayoría imaginó hace un año atrás.

Nicolás Wiñazki

Visto 124 veces

Fundado el 4 de agosto de 2003

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…