Domingo, 08 Septiembre 2019 00:00

El amigo del Pueblo

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En todos los tiempos hubo conversos, hipócritas y traidores, parte ineludible de la condición humana. Los tiempos procelosos, constituyen el momento necesario para generar estos individuos que radicalizan sus discursos, y buscan la forma de lograr “consenso popular”, para mostrar su ferviente adhesión a causas que hasta ayer nomás, le eran ajenas.

 

Un buen ejemplo de estos mutantes fue Jean-Paul Marat, médico francés que, de atender a la aristocracia, pasó a cercenar sus testas; de exhibir títulos nobiliarios, pasó a escribir furibundos artículos antimonárquicos cuando el huracán revolucionario volteó la estructura basada en la realeza, manejada por aquellos que no supieron, no quisieron, o no pudieron sobrellevar los acontecimientos y se dejaron arrastrar por el torbellino revolucionario, carentes de ideas y de coraje necesario para tomar medidas drásticas.

Fue el mismo Luís XVI quien se resistió a usar su capacidad coercitiva para desalentar al movimiento revolucionario. Pocos años más tarde, a un joven oficial (mudo testigo de esa falta de determinación) no le tembló el pulso para usar cañones a fin de dispersar una multitud enardecida por artículos como los que publicaba el Dr. Marat desde su periódico L’amie du peuple. En sus editoriales Marat declaraba que las revoluciones empiezan por la palabra y concluyen por la espada (más precisamente por el filo de la guillotina, en su caso).

La libertad que proponían los revolucionarios, en exaltados poemas y marchas patrióticas “debe establecerse a través de la violencia”, decía Marat, quien consideraba que había llegado el momento de organizar el despotismo de la libertad contra el despotismo de los reyes…

Una de las víctimas del Terror dirá camino al cadalso: “libertad… cuántas barbaridades se han hecho en tu nombre”, porque este intelectual y observador del alma humana había declarado que la libertad no está hecha para nosotros. Para Marat, el hombre era muy ignorante, vano y presuntuoso, y además de vil, corrupto y cobarde, era también demasiado holgazán y hedonista, sometido a la fortuna como para conocer el precio de la libertad. Uno de sus seguidores más vehementes, quien encabezará cien años más tarde otra revolución, (tanto o más drástica que la francesa), declaraba que la libertad era un bien demasiado preciado para que fuese despilfarrado. Este lejano discípulo de Marat se llamaba Lenin. Tanto Marat como Lenin creían que la solución estaba en la decapitación de una aristocracia como la solución a los problemas. Ambos promovieron una revolución en nombre de la libertad y de los más humildes para crear una anarquía de la que emanaría el poder de un dictador, el conductor alumbrado, el reemplazante de una aristocracia que había demostrado su ineptitud.

¿Cuántos Marat hemos visto en la reciente historia argentina? Jóvenes burgueses que en nombre de los más humildes tomaron las armas y difundieron su ideología resucitada gracias al kirchnerismo que se escondió tras esos principios a los que laxamente habían adherido en su momento. El actual gobierno poco ha hecho en estos años en esta guerra cultural y contra la mentira montonera.

Cuando Luía XVI convoca a los Estados Generales para paliar la crisis económica en la que había caído Francia por involucrarse en guerras y haber sufrido el fracaso de varias cosechas por cuestiones climáticas, jamás pensó que estaba dando el primer paso al cadalso. El discurso inicialmente moderado de los representantes del Tercer Estado (la burguesía) fue cada vez más virulento cuando se empeoró la economía y la corona fue cada vez más tímida en las resoluciones que debía tomar, a punto de zozobrar en su indecisión y enfrentarse a una oposición más agresiva, como la de Marat (que no era el único ni el más virulento, solo quizás el más vehemente en su expresión).

La sociedad se quebró, los excesos se multiplicaron y finalmente se instaló el Terror, una retaliación exagerada de la conflictividad social.

El Terror decapitó a la realeza, pero condujo a una guerra entre los miembros del mismo bando –que suelen ser las más sangrientas-. Marat y Robespiere, los más exaltados jacobinos, murieron asesinados.

Estamos ante una bisagra de nuestra historia, acosados por la incertidumbre económica, el país se muestra dispuesto a tomar una decisión que probablemente nos cueste el modus vivendi que conocíamos hasta ahora. Modificar ahora la Constitución, es casi un suicidio. ¿Qué sociedad tendremos?

De todas las crisis se sale de dos formas: con tiempo o con sangre. El electorado inconsciente de la gravedad de su elección está eligiendo ésta última opción.

En la hipótesis de que venciera el macrismo, no sería de extrañar la posibilidad de una escalada de violencia opositora. En caso de una victoria del kirchnerismo, tampoco será lejana la conflictividad entre las facciones que lo componen y que prohíben las medidas tan propias de “la dictadura del pueblo”, que tiende a acallar las voces que se alzan contra el discurso hegemónico. Ya lo hicieron en el’74. La plaza de los imberbes, el asesinato de Rucci, la AAA, el Brujo, los Montos…

Del problema económico podremos salir con tiempo. Del problema político, que es el más grave, no sé si saldremos sin sangre, porque la amenaza más grave que enfrentamos es el quiebre institucional a través de una nueva constitución que seguramente modificará el status al que nos acostumbramos y que sostenía al frágil (e ineficiente) sistema legal y la vapuleada República. Todo es necesario para salvarse de la cárcel que merece la cleptocracia, que una vez más, amenaza con tomar el poder y hacer lo posible para no volver a las cárceles y los juicios.

Avanzamos hacia la instauración de un régimen hegemónico, al que no le temblará el pulso para imponerse. Como siempre han dicho, vienen por todo… pero esta vez sin hesitación.


Omar López Mato
Médico y escritor
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