Domingo, 13 Octubre 2019 00:00

Civilización o barbarie

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“Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.
-Mateos 22: 15-21

 

“Facundo o civilización y barbarie en las pampas argentinas” fue un libro publicado por Domingo Faustino Sarmiento en el periódico chileno “El Progreso” en 1845.

El libro pasó clandestinamente a la Argentina, donde se distribuyó entre los opositores al régimen de Rosas. La obra se publicó posteriormente en Europa, donde fue alabada por la crítica.

Al proponer Sarmiento esta disyuntiva como el conflicto primordial en Latinoamérica, se inicia una polémica que parece no tener fin.

La edición de 1845 es una fuerte crítica a la cultura argentina que imperaba bajo el gobierno de Don Juan Manuel, por el atraso y estancamiento de las instituciones más su consecuente retracción económica.

Civilización y barbarie es obviamente un libro político que marcó un rumbo en la educación argentina. Generaciones de argentinos nos educamos bajo los preceptos sarmientinos.

Cuando Rosas terminó su mandato había solo 500 escuelas en Argentina, al finalizar su presidencia Sarmiento había casi 1.000 establecimientos y cientos de miles de alumnos se educaban en sus aulas. Aun así, el 80 % de la población era analfabeta. ¿Cómo podía construirse una democracia donde pocos pudiesen leer y escribir, y tener discernimiento intelectual de aquello que podría servir al progreso del país y sus ideas?

Esta fue la tarea civilizadora de la generación del ’37, cuya culminación fue la llamada Generación del ’80, que logró convertir un desierto en una nación.

Para Sarmiento, la ignorancia era la causa de la barbarie y la civilización era secuela de la educación.

El país creció dando trabajo, abriendo sus brazos a los hombres de buena voluntad, siendo gallegos, tanos, gringos, “bolitas” o “paraguas”. Como en todo proceso de transformación, se cometieron excesos, y hubo discriminación, injusticias y también logros y compensaciones, como cada vez que se trata de construir algo desde la nada misma.

Ahora, el Papa Francisco, durante el sínodo de Obispos dedicado a la Amazonia, ha declarado que este lema sirvió para dividir, aniquilar la mayoría de los pueblos originarios, porque eran la barbarie y la civilización venía por otro lado… Según el Papa, el concepto de civilización y barbarie profundiza la discriminación que existe con “los bolitas, los paraguas y los cabecitas negras”.

Vale preguntarnos ¿qué papel jugó la Iglesia en este proceso de aniquilación y desprecio, al forzar a los aborígenes a abandonar sus creencias, construyendo iglesias sobre sus templos? Cuando la Iglesia impuso su civilización y la cruz ¿acaso no cometió excesos en la represión? ¿Qué fue la Inquisición en España y en América Latina sino una forma de tortura para todos aquellos que tuviesen un punto de vista distinto al dogma cristiano? ¿Acaso la Iglesia no conquistó Tierra Santa con las Cruzadas, imponiendo la Santa Fe por la fuerza? ¿Cuántas grietas labró la Iglesia, marcando las diferencias entre agnósticos y herejes que asaban en la parrilla teológica? ¿Acaso los jesuitas no tuvieron esclavos y usaron a los aborígenes como mano de obra? Como jesuita, el Papa debería saberlo.

¿Acaso la Iglesia no discriminó a los homosexuales y a los travestis? Y no hablemos de los abusos de miles de niños, entregados con inocencia por sus padres para que fuesen educados en la fe, y terminaron violentados en su voluntad.

La Iglesia, y los jesuitas en particular, representaron esa “civilización” que hoy el Papa rechaza como raíz de una grieta. Ahora, desde un cómodo palacio vaticano, el Papa bendice la barbarie, aunque no incrimina a la Iglesia que preside cómo cómplice de la educación en su “deleznable” tarea civilizadora.

Había curas entre los ejércitos responsables de ese aniquilamiento llevado adelante con armas benditas por sacerdotes, como las que usaron en las cruzadas, con todas sus secuelas de muerte e imposiciones religiosas de la misma forma que, años más tarde, la Iglesia católica alemana bendijo las armas que serían usadas contra Rusia.

El Papa parece olvidar los excesos cometidos en nombre de la Iglesia cuando las tropas de Facundo Quiroga enarbolaban la enseña “Religión o Muerte”, y con tal consigna los fusilaban y degollaban sin tiempo para un rezo. Recuerde Francisco, que un cura apóstata era el segundo de Quiroga, el fraile Aldao, que llevó las riendas del gobierno de Mendoza, imponiendo el terror que también Sarmiento denuncia desde sus libros. Eran curas los que llevaron sobre su pecho la consigna punzó, y permitieron en la Iglesias que la imagen de Rosas estuviese presente en los altares, avalando así la represión mazorquera. Era Rosas, en última instancia, quién manejaba a la Iglesia del país bajo la amenaza de revelar el nombre de las amantes de los Obispos.

Es natural que la Iglesia se subleve contra los ideólogos de la secularizaron la educación, la principal arma de la Iglesia para imponer sus creencias desde la más tierna infancia.

Hoy es fácil echar la culpa a una frase que fue emblema de progreso, la semilla de la que brotó la educación y con ella el disenso con las ideas dominantes de la época que incluían los principios canónicos y el autoritarismo religioso.

Al hablar de civilización y barbarie Sarmiento se rebela contra el atraso que sumía al pueblo, convirtiendo a esa masa inculta en víctima propiciatoria de los líderes populistas que mantuvieron el status quo en beneficio propio.

Por supuesto que hubo vanidosos y elitistas que pudieron caer en comentarios clasistas y prejuiciosos, pero acaso ¿la Iglesia no sembró disenso desde los púlpitos? ¿No apoyó a un régimen que predicaba la violencia contra los unitarios, los masones, los agnósticos, y los ateos? ¿No apoyó inicialmente al régimen peronista y hoy se olvidan de la quema de las Iglesias, y cómo muchos sacerdotes debieron esconderse y dejar las sotanas de lado, para no ser perseguidos o presos, bajo el lema del 5 x 1, o “al enemigo, ni justicia”?

Parece que el Papa no comprendió el mensaje ni el contexto de la frase de Sarmiento, y alegremente insta una vez más a “hacer lío”, sin medir las consecuencias de sus palabras ni la historia de la institución que dirige hacia un callejón sin salida (con el que hay muchos religiosos que no coinciden).

¿Debemos creer, en pleno siglo XXI, que la infalibilidad del Papa sigue siendo indiscutible, cuando ese no es un concepto fundacional de la Iglesia, sino un principio adoptado en el siglo XIX para sostener la caída de su poder ante el avance del liberalismo y el anarquismo?

Argentina abrió las puertas a todos los extranjeros, “esos hombres de buena voluntad”. Pudo haber cierto desprecio, como hoy sufren los argentinos en el extranjero, pero a los bolitas y los paraguas, como antaño a los gallegos y los tanos, se les dio educación, salud y trabajo. ¡Y ahora, Planes Sociales!


Borges decía que otro hubiese sido el destino de la Argentina, de haber adoptado el “Facundo” como libro nacional, antes que la historia de un tal Martín Fierro.


Omar López Mato
Médico y escritor
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