Claudio Jaquelin

Claudio Jaquelin

Marcos Peña, junto con Jaime Durán Barba, resolvió antes de comenzar sus vacaciones la principal preocupación de Mauricio Macri en el camino en pos de la reelección: clausurar la idea del desdoblamiento de los comicios en la provincia de Buenos Aires y atar a su suerte la de los jefes territoriales más importantes con que cuenta el oficialismo. Un respiro. Pero solo eso. Los problemas no concluyeron.

 

No era lo que podía imaginarse hasta hace solo un mes. Pero, en algún sentido, el año está a punto de terminar como el Gobierno soñó a comienzos de 2018. Los temas sociales dominan la agenda pública y desplazan la atención de las cuestiones económicas y las disputas políticas. Aunque no falten temas para preocuparse en esos terrenos. Paradojas de un país espasmódico.

 

Solo faltan 22 días para que el año de las elecciones empiece formalmente, pero nadie esperó al 1º de enero para poner en funcionamiento esa dinámica de fechas y precandidaturas que ya provoca intrigas, disputas internas y posicionamientos, especialmente puertas adentro de la siempre inestable coalición oficialista.

 

Todo es efímero en la Argentina. Después de las burbujas de la cumbre del G20, para el Gobierno llegó la cruda realidad de la política local y de las internas desatadas en el oficialismo.

 

"Fue increíblemente perfecto". Con esa frase Mauricio Macri resumió lo que para él y su gobierno fue la Cumbre del G-20, que había presidido hasta hacía solo un par de horas. La respuesta dada a este cronista opacó el "no podría haber salido mejor", que repetían sus funcionarios: aunque esas manifestaciones verbales no alcanzaban a expresar suficientemente el entusiasmo que sí manifestaba su lenguaje gestual.

Sobran los culpables, pero faltan los responsables. La frustrada superfinal entre River y Boca volvió a demostrar la vigencia de esa sentencia en la Argentina de hoy. Grupos de violentos e inadaptados (o, quizá, sobreadaptados a la cultura vigente) son los culpables de imponer su lógica.

 

Solo faltaba un disparador para que las ideas de distintos sectores del oficialismo sobre la ingeniería electoral se convirtieran en un tema de debate en el Gobierno.

 

Un novedoso escenario de fragmentación y enrolamiento partidario de las organizaciones sociales asoma en el espacio público y enciende alertas en el Gobierno. Después de casi tres años de negociaciones, acuerdos, concesiones y beneficios mutuos, la realidad empieza a mutar radicalmente. El comienzo del año electoral y la economía en el clímax de la crisis ofrecen condiciones objetivas para poner en riesgo aquella paz de equilibrios inestables en la que han convivido funcionarios y líderes sociales.

 

Solo dos acontecimientos dilatan la manifestación de un deseo profundo que atraviesa a todo el oficialismo: que 2018 termine lo más pronto posible. Dos hechos pendientes en su calendario todavía entusiasman al Gobierno: sueña con la aprobación del presupuesto para 2019 con cuentas equilibradas y se ilusiona con una realización exitosa de la cumbre de jefes de gobierno del G-20.

 

Nunca la relación entre la Iglesia del Papa argentino y el gobierno de Mauricio Macri fue armónica, pero jamás las diferencias habían llegado tan lejos.

 

El Gobierno busca cualquier remanso para tratar de enfocarse en el juego que mejor juega y que más le gusta, pero la realidad se empeña en desbaratarle los planes. La economía primero, las disputas internas de Cambiemos y los traspiés de los últimos días conspiran con su objetivo de ponerse en “modo electoral”. Pero no deja de intentarlo.

 

A veces basta un caso para entenderlo todo. Por ejemplo, para comprender por qué la confianza en la Justicia es tan limitada en la Argentina, y no solo por las grandes causas de corrupción. Todo puede ser mucho más cercano y patético.

 

Todos los que se han rendido al liderazgo de Mauricio Macri coinciden en asignarle un atributo distintivo, con el que suelen explicar en buena medida muchos de los éxitos logrados en las distintas facetas de su vida. Dicen que es un hombre de suerte.

 

Dos hechos que se producirán esta semana pueden empezar a alterar el equilibrio inestable en el que conviven el oficialismo y el kirchnerismo desde hace meses. A pesar de las muchas y malas novedades sucedidas en el campo económico y en el judicial que los golpean, uno y otro se mantienen como actores dominantes, casi excluyentes, de la escena pública. Pero esta correlación de fuerzas entre dos polos antagónicos podría alterarse.

 

Dicen que las crisis de parejas están motivadas no tanto por lo que se dicen sus integrantes, sino por lo que no se dicen, lo que malinterpretan y lo que dan por sobreentendido.

 

Si se hubieran dejado registrados en un mapa todos los caminos que Mauricio Macri y su equipo recorrieron para tratar de encontrar una salida durante las 48 horas más frenéticas (o dramáticas) de su gestión, la conclusión que se sacaría es que no se dejó punto cardinal por explorar. Casi ningún dogma quedó en pie.

 

Un amplio sector del "frente peronista que busca su destino" le agradeció a Cristina Kirchner una expresión de su discurso del miércoles pasado en el Senado. No fue "la historia me absolverá" de Fidel Castro, en el juicio por la fallida toma del cuartel Moncada, en 1953, sino el "no me arrepiento de nada" expuesto en su defensa por la expresidenta frente a las acusaciones de megacorrupción.

 

Desde hace cuatro meses el Gobierno viene afrontando una sucesión frenética de mesas examinadoras en materia política y económica. Con más aplazados y recuperatorios que aprobados con buena nota, sigue intentando sacar adelante un año inimaginable, acompañado por una oposición que tropieza parejo.

 

Si el caso de los cuadernos fuera una obra de teatro o una ópera (merecería serlo), se podría decir que desde su estreno, y tras las primeras funciones, el impacto no ha sido el mismo en la platea y en la crítica especializada que en el superpulman y el gallinero. Encuestas y sondeos realizados hasta el miércoles pasado lo confirman.

 

Nada ya es como era y nada será como se imaginaban hasta ayer que sería en la política y en el mundo empresario argentinos.

 

El gobierno de Mauricio Macri inicia una semana crucial para terminar de difuminar las huellas kirchneristas que signaron una década de la Justicia y empezar, así, a dejar su sello.

 

Nadie sabe a cuánto cotizará el dólar dentro de una semana; tampoco cómo resultarán el vencimiento y la renovación de casi US$20.000 millones en Lebac dentro de 48 horas, y mucho menos a cuánto trepará la inflación al final del año.

 

Al a hora en que los mercados cerraban una semana de incendio, el viernes pasado, los bomberos del oficialismo fatigaban los teléfonos con llamadas entre sí y con referentes de la oposición "racional" para que expusieran su apoyo al cumplimiento del acuerdo de reducción del gasto firmado con el FMI.

 

Los líderes de la CGT apuestan sobre seguro. Arriesgar capital no es lo suyo. Desde el día en que lanzaron el paro general que se concreta hoy sabían que estaban dadas todas las condiciones para que sus pronósticos sobre la masividad del acatamiento se cumplieran ampliamente.

 

La corrida cambiaria vino a reconfirmar, otra vez, que el gradualismo es mucho más que una estrategia económica, hoy puesta en duda después de que en solo seis meses la moneda se devaluó más del 60%.

 

Llegó el respiro. El acuerdo con el Fondo Monetario Internacional le permitió al Gobierno poner una pausa a un mes de vértigo. No es poco, aunque casi nadie dudaba de que la asistencia se concretaría. Pero la tranquilidad está lejos de alcanzarse. El horizonte económico, político y social seguirá midiéndose en horas y días.

 

Fundado el 4 de agosto de 2003

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