Claudio Jaquelin

Claudio Jaquelin

No faltó acción ni tensión. Si alguien apostó a que se replicara el amable y deslavado debate porteño, ese fue el gran perdedor. Cruces picantes, acusaciones directas, candidatos más lanzados al ataque que a la defensa de sus posiciones y, sobre todo, más expuestos a sus debilidades de lo que sus asesores hubieran deseado.

 

Los contrafácticos no sirven para explicar lo que ocurrió, pero son útiles para sacar aprendizajes. Tal vez muy pronto el macrismo se encuentre en medio de tales cavilaciones. Algunas ya han empezado a desvelarlo.

 

Un enorme espaldarazo para el radicalismo, un trampolín para el gobernador saliente Alfredo Cornejo, un bálsamo para Cambiemos, un freno para el proyecto de La Cámpora, una pequeña cuota de oxígeno anímico para el último mes de campaña de Mauricio Macri y un plato agridulce para Alberto Fernández.

 

Los diálogos telefónicos entre Mauricio Macri y Alberto Fernández tuvieron más efectos balsámicos para las urgencias del país que propiedades curativas para su relación personal. Entre ellos sigue imperando la desconfianza.

 

Mauricio Macri asumió con un propósito: terminar con la excepcionalidad argentina. "Hacer un país normal", dijo al llegar a la presidencia. Concluirá su gobierno pendiente del minuto a minuto, como un programador televisivo al frente de un país imprevisible. El imperativo es intentar estabilizarlo. Otra vez. A eso debió abocarse el Presidente ahora.

 

María Eugenia Vidal es el blanco. A ella vienen apuntando en las últimas semanas y sobre ella calibran la mira tanto sus adversarios kirchneristas como sus socios macristas en el último tramo de la campaña antes de las PASO. Es el ángulo en el que convergen casi todas las fuerzas para tratar de forzar la definición de las elecciones.

 

La campaña del kirchnerismo transita desde su inicio por dos carriles paralelos y simultáneos. Por un lado, circula el proyecto para volver al gobierno con Alberto Fernández al frente, con algunas promesas y muchas críticas al oficialismo. Por el otro, avanza, y se aceleró en los últimos días, la batalla por la absolución (social) de Cristina Kirchner.

 

La política argentina no solo se ha polarizado. También se ha vuelto bipolar: de la euforia a la depresión media un solo paso. Una encuesta basta para trastocar los ánimos de los principales actores, tomadores de decisiones y militantes. Solo así puede explicarse la campaña del antioptimismo que ha emprendido el oficialismo, dirigida, sobre todo, hacia sus dirigentes y seguidores.

 

El paralelismo es evidente. El oficialismo y la selección argentina tuvieron en la misma semana un tiempo de revancha para recrear ilusiones, después de días y meses recientes de alegrías escasas y turbulencias (o yerros) abundantes. Para ambos empieza una nueva etapa. Decisiva como ninguna.

 

El cierre de listas confirmó y reflejó la polarización del mapa político nacional en todo sentido. Mauricio Macri y Cristina Kirchner, los verdaderos dueños de los espacios con más chances de aspirar a la presidencia de la Nación, impusieron sus criterios contrapuestos en la definición de las candidaturas. Ambos dejaron heridos, desplazados o sometidos.

 

El triunfo de Omar Perotti en Santa Fe no solo puso en pausa y opacó por un rato, al menos, el efecto Pichetto. Como el apagón que sufrió todo el país en la misma jornada. También devolvió al espacio del lugar común lo que parecían algunas verdades reveladas del proceso electoral 2019. Como que los oficialismos están destinados al triunfo o que los resultados solo son fruto del localismo dominante.

 

Cuando faltan solo 48 horas para que se cierre la inscripción de las alianzas y los partidos que competirán en las PASO, el 11 de agosto, siguen en pie demasiados escenarios para hacer proyecciones certeras.

 

En 2015 el triunfo de Cambiemos con María Eugenia Vidal en las elecciones para la gobernación bonaerense fue el punto de apoyo que apalancó a Mauricio Macri imponerse en la 2ª vuelta de la elección presidencial.

 

Los misterios empiezan a develarse. El tablero político nacional dividido en tres tercios, que consagraron las primarias de 2015, parece haber terminado por diluirse la última semana. Una polarización extrema acaba de configurarse para anticipar el horizonte electoral. La avenida del medio hoy se asemeja solo a una calle de ida.

 

El Gobierno entero y el macrismo en pleno seguirán hoy minuto a minuto las alternativas de la convención radical, como lo hacían (o lo hacen) con la cotización del dólar y como lo hicieron hace cuatro años con la misma reunión de la UCR. Hay algunas diferencias en los paralelismos, pero no en la ansiedad que han despertado y despiertan, ni en la incertidumbre que los rodea.

 

Si hacer política es generar expectativas y despertar ilusiones, Cristina Kirchner honró el manual con su decisión de ser candidata a vicepresidenta de Alberto Fernández. En todos o casi todos los espacios y subespacios políticos encontraron algún motivo para alimentar sus propias esperanzas electorales, aunque resulte poco razonable.

 

Un renunciamiento cosmético, pero una novedad de fondo, capaz de cambiar el eje de una campaña electoral. Así puede verse la decisión de Cristina Kirchner de no encabezar la fórmula presidencial sino de secundar a Alberto Fernández.

 

La cuenta regresiva empezó a correr más rápido y ya tiene efectos. Cristina Kirchner salió a potenciar su centralidad y lo consiguió con creces.

 

Todo el país político miró a Córdoba, pero Juan Schiaretti, el gran triunfador de la elección de ayer simuló que eso no estaba ocurriendo. Un gesto, premeditado y ensayado, que solo vino a reforzar la centralidad que su figura tiene y tendrá para definir el escenario electoral nacional. No solo en el peronismo no kirchnerista.

 

Nunca se había llegado tan lejos con tanta ausencia de certezas. No desde la recuperación de la democracia y en un proceso electoral para cargos ejecutivos.

 

Todo se ha vuelto demasiado vertiginoso antes de tiempo. Para el gobierno de Mauricio Macri, el lapso que va hasta el 10 de diciembre se cuenta por segundos interminables. Sus signos vitales se miden en las pizarras del dólar, en el porcentaje mensual de inflación, en el índice diario de riesgo país, en las encuestas electorales y en la paz o la agitación callejera.

 

El fondo y la forma de la presentación de María Eugenia Vidal en el almuerzo del Cicyp tuvieron un evidente objetivo: reafirmar que hablaba como gobernadora y candidata a la reelección en la provincia. Nada más. O nada menos.

 

Los ejes continuidad y cambio dominan los escenarios sobre los que se evalúan y proyectan los comportamientos ciudadanos frente a los procesos electorales. Tal vez las elecciones de este año constituyan una excepción a esa tradicional divisoria de aguas.

 

"A mí siempre me tocó correr de atrás y tener que remarla. Nunca la tuve fácil, y ahora tampoco. Ya estoy habituada. Ahora hay que trabajar para tratar de ganar". Con tanta determinación como subordinación, la soldado María Eugenia Vidal ya se puso al frente de la difícil misión de rescatar al comandante Mauricio Macri, rehén de los desaciertos económicos.

 

"Lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer". La frase preferida por el Gobierno para explicar (y justificar) las dificultades que afronta, la ausencia de resultados prometidos y los errores cometidos (pero no asumidos) parece haber entrado en una fase de definición crítica.

 

El explosivo ascenso hacia el centro de la escena preelectoral que protagoniza Roberto Lavagna se ha convertido en la menos esperada novedad política y ha tenido consecuencias que eran impensables hace apenas un mes.

 

Contra el escepticismo creciente, un trípode sostiene el optimismo electoral macripeñista.

 

Si fuera la primera vez que ocurre podría hablarse de casualidad. Pero la reiteración de episodios debilita la hipótesis. El macrismo siempre se impone una autoflagelación después de lograr algún respiro. ¿Vocación o impericia? La lógica se repite con demasiada frecuencia.

 

Todo quedó como estaba. Fue el decimoprimer triunfo consecutivo, en los últimos 57 años, de un candidato a gobernador del Movimiento Popular Neuquino (MPN). Fue, además, la tercera reelección seguida que logra un gobernador del MPN. El nuevo y rotundo triunfo de Omar Gutiérrez vuelve a dejar para otra oportunidad la expectativa de una gran sorpresa electoral. No solo para su provincia.

 

La coalición oficialista pasa por uno de los momentos tal vez más tensos de su corta historia, cuando faltan apenas días para celebrar su cuarto cumpleaños.

 

El verano de todo año electoral es siempre la estación propicia para que prosperen, se exhiban y se pongan a prueba candidaturas, precandidaturas y globos de ensayo. Es el escenario donde el peronismo ofrece por estos días una vasta cartelera de puestas en escena.

 

Marcos Peña, junto con Jaime Durán Barba, resolvió antes de comenzar sus vacaciones la principal preocupación de Mauricio Macri en el camino en pos de la reelección: clausurar la idea del desdoblamiento de los comicios en la provincia de Buenos Aires y atar a su suerte la de los jefes territoriales más importantes con que cuenta el oficialismo. Un respiro. Pero solo eso. Los problemas no concluyeron.

 

No era lo que podía imaginarse hasta hace solo un mes. Pero, en algún sentido, el año está a punto de terminar como el Gobierno soñó a comienzos de 2018. Los temas sociales dominan la agenda pública y desplazan la atención de las cuestiones económicas y las disputas políticas. Aunque no falten temas para preocuparse en esos terrenos. Paradojas de un país espasmódico.

 

Solo faltan 22 días para que el año de las elecciones empiece formalmente, pero nadie esperó al 1º de enero para poner en funcionamiento esa dinámica de fechas y precandidaturas que ya provoca intrigas, disputas internas y posicionamientos, especialmente puertas adentro de la siempre inestable coalición oficialista.

 

Todo es efímero en la Argentina. Después de las burbujas de la cumbre del G20, para el Gobierno llegó la cruda realidad de la política local y de las internas desatadas en el oficialismo.

 

"Fue increíblemente perfecto". Con esa frase Mauricio Macri resumió lo que para él y su gobierno fue la Cumbre del G-20, que había presidido hasta hacía solo un par de horas. La respuesta dada a este cronista opacó el "no podría haber salido mejor", que repetían sus funcionarios: aunque esas manifestaciones verbales no alcanzaban a expresar suficientemente el entusiasmo que sí manifestaba su lenguaje gestual.

Sobran los culpables, pero faltan los responsables. La frustrada superfinal entre River y Boca volvió a demostrar la vigencia de esa sentencia en la Argentina de hoy. Grupos de violentos e inadaptados (o, quizá, sobreadaptados a la cultura vigente) son los culpables de imponer su lógica.

 

Solo faltaba un disparador para que las ideas de distintos sectores del oficialismo sobre la ingeniería electoral se convirtieran en un tema de debate en el Gobierno.

 

Un novedoso escenario de fragmentación y enrolamiento partidario de las organizaciones sociales asoma en el espacio público y enciende alertas en el Gobierno. Después de casi tres años de negociaciones, acuerdos, concesiones y beneficios mutuos, la realidad empieza a mutar radicalmente. El comienzo del año electoral y la economía en el clímax de la crisis ofrecen condiciones objetivas para poner en riesgo aquella paz de equilibrios inestables en la que han convivido funcionarios y líderes sociales.

 

Solo dos acontecimientos dilatan la manifestación de un deseo profundo que atraviesa a todo el oficialismo: que 2018 termine lo más pronto posible. Dos hechos pendientes en su calendario todavía entusiasman al Gobierno: sueña con la aprobación del presupuesto para 2019 con cuentas equilibradas y se ilusiona con una realización exitosa de la cumbre de jefes de gobierno del G-20.

 

Nunca la relación entre la Iglesia del Papa argentino y el gobierno de Mauricio Macri fue armónica, pero jamás las diferencias habían llegado tan lejos.

 

El Gobierno busca cualquier remanso para tratar de enfocarse en el juego que mejor juega y que más le gusta, pero la realidad se empeña en desbaratarle los planes. La economía primero, las disputas internas de Cambiemos y los traspiés de los últimos días conspiran con su objetivo de ponerse en “modo electoral”. Pero no deja de intentarlo.

 

A veces basta un caso para entenderlo todo. Por ejemplo, para comprender por qué la confianza en la Justicia es tan limitada en la Argentina, y no solo por las grandes causas de corrupción. Todo puede ser mucho más cercano y patético.

 

Todos los que se han rendido al liderazgo de Mauricio Macri coinciden en asignarle un atributo distintivo, con el que suelen explicar en buena medida muchos de los éxitos logrados en las distintas facetas de su vida. Dicen que es un hombre de suerte.

 

Dos hechos que se producirán esta semana pueden empezar a alterar el equilibrio inestable en el que conviven el oficialismo y el kirchnerismo desde hace meses. A pesar de las muchas y malas novedades sucedidas en el campo económico y en el judicial que los golpean, uno y otro se mantienen como actores dominantes, casi excluyentes, de la escena pública. Pero esta correlación de fuerzas entre dos polos antagónicos podría alterarse.

 

Dicen que las crisis de parejas están motivadas no tanto por lo que se dicen sus integrantes, sino por lo que no se dicen, lo que malinterpretan y lo que dan por sobreentendido.

 

Si se hubieran dejado registrados en un mapa todos los caminos que Mauricio Macri y su equipo recorrieron para tratar de encontrar una salida durante las 48 horas más frenéticas (o dramáticas) de su gestión, la conclusión que se sacaría es que no se dejó punto cardinal por explorar. Casi ningún dogma quedó en pie.

 

Un amplio sector del "frente peronista que busca su destino" le agradeció a Cristina Kirchner una expresión de su discurso del miércoles pasado en el Senado. No fue "la historia me absolverá" de Fidel Castro, en el juicio por la fallida toma del cuartel Moncada, en 1953, sino el "no me arrepiento de nada" expuesto en su defensa por la expresidenta frente a las acusaciones de megacorrupción.

 

Desde hace cuatro meses el Gobierno viene afrontando una sucesión frenética de mesas examinadoras en materia política y económica. Con más aplazados y recuperatorios que aprobados con buena nota, sigue intentando sacar adelante un año inimaginable, acompañado por una oposición que tropieza parejo.

 

Si el caso de los cuadernos fuera una obra de teatro o una ópera (merecería serlo), se podría decir que desde su estreno, y tras las primeras funciones, el impacto no ha sido el mismo en la platea y en la crítica especializada que en el superpulman y el gallinero. Encuestas y sondeos realizados hasta el miércoles pasado lo confirman.

 

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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