James Neilson

James Neilson

 

Por desgracia, están en lo cierto quienes dicen que ninguna sociedad puede continuar viviendo indefinidamente por encima de sus medios. Chile, Perú, Uruguay, Portugal e Israel adoptaron reformas que se basaron en un consenso amplio a favor de un ajuste draconiano.

 

 

El actual Presidente de Argentina es el encargado de controlar que el dólar no tenga mayores fluctuaciones.

 

 

El triste final del gobierno de Macri desdibuja incluso los pocos aciertos que tuvo.

 

 

Como el peso frente al dólar, la imagen de Macri se hunde en el final de su accidentado mandato.

 

 

Si el candidato del Frente de Todos aún sueña con una “salida portuguesa”, le sería forzoso encargarse él mismo del trabajo sucio previo, un ajuste económico feroz.

 

 

Los líderes de todos los bandos están más enfocados en buscar chivos expiatorios de la crisis que en proponer soluciones sustentables.

 

 

Ante las presiones contrapuestas, Alberto se ve frente a un dilema que procura resolver ayudando a tranquilizar los mercados un día y enloqueciéndolos el siguiente.

 

 

El tema de fondo del futuro poder es cómo el ahora candidato podrá sustraerse de la influencia de CFK.

 

 

Tras la pésima elección del presidente Mauricio Macri, hasta sus aliados se desentienden de él.

 

 

Al acostumbrarse nuestro sistema presidencialista a depender de caprichos, manías, obsesiones y capacidad de una sola persona, la clase política ha desarrollado una cultura de la irresponsabilidad.

 

 

En el oficialismo, se sienten preocupados por el impacto de la megaencuesta ante las elecciones del domingo en la imagen nacional.

 

 

 

Alberto Fernández se mantiene primero en los sondeos para las PASO, pero Macri repunta.

 

 

Las campañas de Macri y el kirchnerismo son opuestas en contenido y forma.

 

 

Los encuestadores coinciden en que el actual presidente achicó la distancia y se acercó a Alberto Fernández.

 

 

 

El filósofo español José Ortega y Gasset hablaba en nombre de todos cuando dijo “Yo soy yo y mis circunstancias”. A nadie le es dado liberarse de su entorno. Tampoco pueden hacerlo los países; mal que les pese a personajes como Donald Trump, hasta las naciones más ricas y poderosas tienen que adaptarse a lo que ocurre en el resto del mundo.

 

 

 

La ex presidenta Cristina Kirchner no salió al cruce de los kirchneristas que reivindican la profesión de “chorro”.

 

 

 

El salto de tigrense al mundo K sacudió el tablero político.

 

 

 

Hace medio siglo, los conflictos entre distintas ramas del peronismo engendraron Montoneros y la Triple A. Tanto el salvajismo como la forma de pensar de ambos fueron emulados por la dictadura militar, de ahí la llamada “guerra sucia”.

 

 

 

Aunque “la grieta” angustia a los convencidos de que la prolongada decadencia argentina se debe a la incapacidad de los políticos de alcanzar acuerdos duraderos, no habrá forma de eliminarla.

 

 

 

Alberto Fernández, un halcón, ahora insólitamente se presenta como moderado.

 

 

 

El último experimento de la ex presidenta conmocionó a la política.

 

 

¿Ayudará la convocatoria a un “diálogo” a obligar a los peronistas federales, a los radicales disidentes, a Lavagna e incluso a los kirchneristas a decirnos qué exactamente harían para impedir que la crisis económica desemboque en un colapso?

 

 

La microeconomía está en manos de mercados locales que prestan más atención a la intención de voto en favor de CFK que a los intentos de su sucesor por controlar la hiperinflación.

 

 

El país gira en torno a las elecciones y, sobre todo, alrededor de su ganador.

 

 

El posible triunfo de Cristina Kirchner en las elecciones encendió las alarmas del establishment.

 

 

La titular del FMI, Christine Lagarde, le hace concesiones al macrismo de cara a la campaña 2019.

 

 

La Argentina es el país de las campañas electorales permanentes. A menos que haya una contienda en el horizonte, aun cuando se tratara de una en un villorrio casi despoblado, tanto los políticos profesionales como los comentaristas que se interesan por lo que hacen, o lo que a su entender simbolizan, se sienten frustrados.

 

 

El gobierno de Mauricio Macri no ofrece soluciones a la crisis y la inflación. ¿Otros candidatos sí las tienen?

 

 

El nuevo salto del dólar encendió las alarmas del Gobierno.

 

 

Puede que haya votantes que, antes de entrar en el cuarto oscuro, analizan con objetividad meticulosa las propuestas de los candidatos, su trayectoria personal y la de los partidos o movimientos que representan, para entonces elegir en base a datos que les parecen inequívocos, pero hasta ahora nadie ha logrado ubicarlos.

 

 

Como muchos otros, Mauricio Macri creía que sería relativamente fácil bajar la inflación y, con la economía estabilizada, ir acercándose a la “pobreza cero” que, decía, era su objetivo principal.

 

 

Aunque la campaña electoral ya se ha iniciado, no parece verse dominada por el enfrentamiento de programas de gobierno claramente distintos.

 

 

El Presidente logró el alivio de que Vidal finalmente no juegue a desdoblar la elección provincial.

 

 

El ex ministro Roberto Lavagna se presenta como un candidato con las herramientas a mano para resolver la crisis.

 

 

El 2019 empezó con una nueva ola de aumentos. Se esperan convulsiones financieras y rupturas comerciales internacionales. El Gobierno reza por la cosecha.

 

 

No es lo que los encargados de los preparativos para la largamente esperada cumbre porteña del G20 habrán querido, pero tal vez haya sido apropiado que, poco antes de la llegada de los mandatarios y sus séquitos nutridos, Buenos Aires se haya visto convertida en el escenario de una insurrección lumpen, un estallido de violencia sin más propósito evidente que el de sembrar el caos.

 

 

La calma del dólar le da nuevas chances al Presidente de cara a las elecciones de 2019. El plan de confrontar con Cristina Fernández.

 

 

La realidad argentina es tan fea que no sorprende en absoluto que tantos políticos estén más interesados en aprovecharla en beneficio propio que en modificarla, aunque fuera mínimamente.

 

 

Cuando del FMI se trata, los nacionalistas, populistas y progresistas locales coinciden con los “neoliberales” del mundo desarrollado que creen que sería mejor que los países en apuros se enfrentaran directamente con los mercados.

 

 

Estamos asistiendo a un cambio geopolítico que planteará muchos desafíos a un país de dimensiones medianas como la Argentina que es dueño de una cantidad enorme de recursos naturales envidiables.

 

 

Para sobrevivir hasta diciembre del año que viene, Macri tendrá que congraciarse con los mercados, convivir amistosamente con el grueso del peronismo y conservar el apoyo de la parte menguante de la población que aún cree en el Gobierno.

 

 

Saben que Néstor, Cristina y sus adláteres llenaron sus propiedades de botín, pero sienten que sus enemigos son tan malévolos que actúan como si sólo fuera cuestión de una campaña eficaz.

 

 

Quienes creen que el interminable desastre económico argentino es fruto de una mezcla tóxica de facilismo, cortoplacismo, voluntarismo, corrupción e ilusiones posibilitadas por la abundancia de recursos naturales coinciden en que todo es culpa de “la política”, pero entienden que los responsables de encontrar una solución, si habrá una, tendrán que ser personas que se formaron en agrupaciones que, de un modo u otro, contribuyeron al desaguisado.

 

 

Lo acusan de cometer un error no forzado tras otro y él, Presidente, desprecia “los códigos de la política”.

 

 

En mayo de 2003, cuando se mudaron a la Casa Rosada y la Quinta de Olivos, Néstor Kirchner, Cristina y sus sirvientes trajeron consigo la gran aspiradora de dinero. Y no tardaron en ponerla en marcha.

 

 

A Macri no le será nada fácil convencer al resto de la sociedad de que, a pesar de la “tormenta”, “el rumbo” que ha elegido es el único sensato y que sería una locura probar suerte con otro.

 

 

Entienden que no les convendría derrotar al oficialismo si fuera a costa de una crisis política y económica que ellos mismos heredarían, pero son reacios a hacer pensar que están a favor de los ajustes que saben son inevitables.

 

 

¿Estaría la Argentina en condiciones de soportar, sin sufrir convulsiones políticas y sociales muy graves, una crisis mundial de proporciones aún mayores que la de diez años atrás?

 

 

Los militares saben lo difícil que es librar una guerra en dos frentes, si envían grandes contingentes de tropas a uno corren peligro de tener que replegarse en el otro.

 

 

Puede que Macri intente ir por menos gradualismo, pero todos los días se enfrenta a nuevas dificultades políticas que hacen desistir de medidas urgentes.

 

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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