Joaquín Morales Solá

Joaquín Morales Solá

El alma de Durán Barba ya no está en el Gobierno. Su afición a las redes sociales y a los timbreos esporádicos ha desaparecido. Esos métodos construyeron un Macri lejano para la gente común, un rico rodeado de ricos.

 

Jugando el alargue de un partido en el que va perdiendo desde el 11 de agosto, Mauricio Macri empieza a tomar nota de que los poderes, sean constitucionales o fácticos, lo abandonan antes de tiempo. Juega, tal vez por primera vez, a todo o nada. Se terminó la cortesía con la Corte Suprema de Justicia. No dudó un instante en reprocharle un desplante al presidente de la Unión Industrial, Miguel Acevedo, quien, a su vez, juega otro partido al lado de Alberto Fernández.

 

Una vieja intuición política sostiene que el peronismo puede hacer cualquier cosa impunemente. Puede hacer, en síntesis, lo que les está prohibido a los no peronistas.

 

En Madrid, ante diputados españoles, Alberto Fernández dibujó un país distinto del país de Macri si él llegara a ocupar la poltrona presidencial. Algunas definiciones pertenecen a su bagaje intelectual. Otras forman parte de la lógica electoral. Ser diferente de Macri es su necesidad política cuando todavía está en competencia.

 

Poco más de veinte días después de las elecciones primarias, los argentinos vivieron dos jornadas de relativa tranquilidad en el mercado cambiario. Es una tranquilidad que llega hasta el alma. No hay nada que serene más a los argentinos que la cotización estable del precio del dólar. Toda solución acarrea un problema y toda elección significa una renuncia.

 

El presidente que está es un político que no debería atemorizar a nadie. El presidente que podría sucederlo, Alberto Fernández, es un político que respeta las reglas básicas de la economía. Sin embargo, la Argentina vive momentos de temor colectivo propios de países que ya pasaron por todos los infiernos.

 

Alberto Fernández oscila permanentemente entre la moderación y la inmoderación

 

La herencia es la escolta maldita de los presidentes argentinos. La que dejó la presidenta que ya no es, la que dejará el presidente que es ahora y la que recibirá el que probablemente sea presidente a partir de diciembre. Pero antes de diciembre deberá suceder un hecho crucial para el actual y para el próximo presidente.

 

Los empresarios y los mercados ya dieron por terminada la elección. Macri perdió. "Apretaron el botón y se llevaron todo el dinero", dijo una alta fuente oficial. La elección no terminó, pero ese círculo rojo del que siempre habla el Presidente es el que traza el rumbo fundamental de la economía. La extraña situación agiganta la tarea de Macri y la del propio Alberto Fernández.

 

El miércoles fue un día sueco en una Argentina desquiciada. Solo hablaron civilizadamente los dos únicos hombres que tenían que hablar. Parece poco, pero es mucho en una nación dramática, donde una parte del país llora porque otra parte está alegre.

 

La crisis no es solo económica, también es política. Más aún: la crisis económica estalló porque existe una crisis política.

 

Solo un milagro, poco habitual en política, puede salvar ahora la presidencia de Mauricio Macri. Alberto Fernández y Cristina Kirchner hicieron ayer una más que excelente elección y dejaron al Presidente casi sin posibilidad de reelección.

 

Dos hombres que se preparaban para el retiro lograron, sin proponérselo, una importante reconfiguración del sistema de partidos. Alberto Fernández y Miguel Ángel Pichetto tienen escaso carisma, nunca fueron candidatos nacionales (aunque Pichetto fue durante décadas legislador nacional) y no representan cabalmente la identidad de los lugares donde están ahora.

 

Algo subterráneo, invisible por ahora, está pasando en la sociedad. El gobierno de Mauricio Macri viene de aplicar el ajuste más severo que se ha hecho sobre la economía desde la catástrofe económica de principios de siglo. ¿Era necesario? No solo lo era; la más sólida crítica a Macri (y también ahora autocrítica del Gobierno) consiste en que esas medidas se demoraron demasiado.

 

Alberto Fernández acaba de hacer la más escandalosa denuncia que se haya formulado contra el gobierno de Mauricio Macri. Pasó inadvertida entre tantas anécdotas pintorescas del candidato presidencial del kirchnerismo. Macri ha puesto presos, dijo Fernández, a dueños de medios de comunicación críticos. La denuncia es grave, pero sería extremadamente gravísima si fuera cierta. No es cierta.

 

Tal vez comenzó cuando Cristina Kirchner convocó al "vamos por todo" después de las elecciones de 2011. O mucho antes, cuando el gobierno kirchnerista perdió la inservible guerra con el campo, en 2008. Lo cierto es que un abismo, más que una grieta, separa a casi la mitad de la sociedad entre bandos opuestos.

 

La relación de Mauricio Macri con los votantes es la más pragmática que se recuerde desde la restauración democrática. Parte importante de la sociedad se le acerca cuando las cosas están bien (o más o menos bien). Es la misma franja social que se aleja cuando la situación se complica.

 

Pasaron más de quince años desde que se enfrentaron indirectamente por primera vez en una elección. Fue en 2003, cuando Aníbal Ibarra, prohijado por Alberto Fernández, entonces jefe de Gabinete, le ganó en el ballottage a Macri el gobierno de la ciudad (Macri había ganado la primera ronda).

 

La intención del Pontífice es volver al país que lo vio nacer, aunque sea fugazmente; en Roma, reflexionan que "necesita que los dirigentes argentinos lo dejen ser papa" y aseguran que le dedica muy poco tiempo a las cuestiones políticas del país

 

Cristina Kirchner proyecta una oposición dura, radicalizada e implacable frente a Macri si le tocara ser opositora, según escribió con reglones rectos en sus listas de candidatos. Esa certeza llevó al actual oficialismo a imaginar un segundo mandato de Macri distinto del primero.

 

Cristina Kirchner se prepara para administrar el poder o para disentir del poder en los próximos cuatro años.

 

Los partidos no están. Ni el Justicialista ni el radical, y ni siquiera Pro. Las últimas patrullas perdidas de los partidos políticos ya no saben qué quieren ni por qué luchan.

 

Sergio Massa comenzó ayer el camino de un ocaso que podría ser definitivo. Se sometió a una rendición absoluta, después de afirmar cosas que nunca cumplió. Que nunca volvería al kirchnerismo. Que sería candidato a presidente o no sería nada. No respetó ninguna de esas promesas.

 

Al final de una de sus mejores semanas del último año (y tuvo pocas buenas), Mauricio Macri empezó a proyectar un triunfo en primera vuelta sobre el binomio Fernández-Kirchner. La muy buena repercusión en la economía de la elección de Miguel Ángel Pichetto como candidato a vicepresidente.

 

Mauricio Macri necesitaba darle una sorpresa a la política. Si bien se siente más a gusto con las decisiones previsibles, es cierto que esta vez la dinámica electoral (y las consecuencias económicas de las sucesivas crisis cambiarias) le imponían un ritmo y un contenido diferentes.

 

Miguel Ángel Pichetto, el único político que habla de las cosas que no se nombran, anunció que él (¿su espacio también?) votará por Mauricio Macri si hubiera una segunda vuelta entre el actual presidente y la fórmula de Alberto Fernández y Cristina Kirchner.

 

Sergio Massa espera la última encuesta para saber si es kirchnerista o antikirchnerista.

 

Una suposición se reveló como una certeza: Lázaro Báez es -y fue- testaferro de la familia Kirchner. En la grabación de una escucha telefónica (cuyo audio se conocerá próximamente), Báez asevera que todo lo que tiene es "del que está arriba", en una inconfundible alusión a Néstor Kirchner.

 

No hay nada que Mauricio Macri deteste más que la imagen simbólica de un presidente debilitado. El insistente "plan V" (que pondría en su lugar como candidata presidencial a María Eugenia Vidal) es un rumor que resquebraja seriamente la fortaleza política del jefe del Estado.

 

Esa foto. Esquivada, temida y finalmente concretada. Con astucia, eso sí, pero concretada. Julio De Vido y Lázaro Báez ya saben lo que les aguarda de Cristina Kirchner: el desprecio y la distancia.

 

Si alguna prueba faltaba sobre la conexión entre los intereses electorales de Cristina Kirchner y la decisión de la Corte Suprema de aplazar su juicio, fue la propia expresidenta la que la dio en la mañana de pasmo de ayer.

 

La Corte Suprema, el máximo tribunal de justicia del país, se convirtió ayer en un tribunal ordinario. Descendió varios escalones en la jerarquía solo para hacerle el más grande favor que la Justicia le haya hecho hasta ahora a Cristina Kirchner.

 

Las últimas encuestas serias señalan que se ha profundizado la polarización entre Mauricio Macri y Cristina Kirchner.

 

¿Tarde para intentar un acuerdo? Sí, seguramente. ¿Hay mezquindad en los sectores políticos opositores para acercarse al Gobierno en tiempos preelectorales? Desde ya que sí.

 

Dejemos a un lado el estilo y la redacción del libro de Cristina Kirchner. Definitivamente, el destino de ella no es el de escritora. Pero tiene un pasado y un presente como figura política, y podría tener también un futuro.

 

Macri con la lengua afuera. Un presidente rebasado por el peso de las novedades económicas. Un líder político agotado. Esos trazos pertenecen al esbozo que no pocos opositores del mandatario se afanan por dibujar en estos días ante la opinión pública. Cristina Kirchner es la primera de ellos.

 

Hace más de un año, a fines de 2017, Roberto Lavagna autorizó a su histórica secretaria a que se jubilara y le entregó a su hijo Marco su oficina céntrica, a pocos metros del Obelisco. Había proyectado quedarse más tiempo en su cálida casa de Saavedra o frecuentar con más asiduidad su otra casa en Cariló.

 

La inflación es el tormento más persistente de la gestión de Mauricio Macri. El fenómeno que le ahuyenta a la sociedad, a los inversionistas y a sus propios aliados. Un fenómeno que también pone en duda la eficacia de su propio equipo económico.

 

Jaime Durán Barba tiene la virtud de convencer sobre cosas que son obvias. Por ejemplo, que la economía influye en cualquier elección. Hay gobiernos en el mundo que han hecho desastres en lo político, en lo institucional o hasta en lo moral (¿Cristina Kirchner?) y, sin embargo, ganaron elecciones.

 

Un extranjero recién llegado al país podría suponer que las elecciones presidenciales se harán el próximo domingo. La política -y parte de la sociedad- vive con un increíble dramatismo los preparativos de comicios que tendrán su primera cita importante dentro de siete meses.

 

A veces, las palabras no significan nada. Otras veces significan mucho. Consignemos entonces algunas palabras potencialmente dramáticas.

 

Prácticas y políticos de una escuela vieja se resisten a irse. Ni siquiera les sirvió el ejemplo de Neuquén, donde la sociedad demostró que sabe discernir, en el momento decisivo de elegir un gobernante, lo importante de lo anecdótico.

 

Mauricio Macri suele decir que el precio del dólar es uno de los problemas, entre otros pocos, que logran quitarle el sueño. La semana pasada volvió a perder el sueño.

 

A Cristina Kirchner solo la puede perseguir el gobierno de los Estados Unidos. Ya ni siquiera es Mauricio Macri el arquitecto de sus tormentos judiciales.

 

¿Es el contador Víctor Manzanares uno de esos místicos que dicen haber visto la aparición de la Virgen? ¿O es simplemente un hombre de fe que llegó por ese camino al absoluto arrepentimiento?

 

La economía está reflejando ahora la decisión política de ajustar los gastos del Estado y sufre, también, las consecuencias de la corrida del año pasado (que obligó al Banco Central a fijar tasas incompatibles con el crédito para frenar la megadevaluación).

 

Sin Cristina Kirchner las elecciones serían un camino más arduo para Mauricio Macri, pero con ella le es más farragoso el gobierno del país. La economía está expectante ahora de las encuestas y lo estará más en la medida en que avance el año electoral.

 

Un agente de la DEA que no es agente de la DEA. Un empresario extorsionado por una causa en la que no figura. Una supuesta extorsión pedida por el fiscal Carlos Stornelli delante de un testigo, el intendente de Salta, Gustavo Sáenz. Un exembajador y exfuncionario kirchnerista, Eduardo Valdés, que habla del "operativo" contra el fiscal Stornelli.

 

Ya muy enfermo, con la irremediable certeza de que la vida había quedado definitivamente atrás, Daniel Muñoz, exsecretario privado de Néstor Kirchner, le contó a su esposa, Carolina Pochetti, que le había entregado a su abogado, Miguel Ángel Plo, diez millones de dólares para "arreglar con el juez Luis Rodríguez y para solucionar las cosas en los Estados Unidos".

 

Tienen el diagnóstico, pero no encuentran el remedio. Los peronistas no kirchneristas llegaron a la conclusión, acertada, de que entre el 65 y el 70 por ciento de los votos están repartidos entre Mauricio Macri y Cristina Kirchner; es decir, afirman, que está vacante un porcentaje de la sociedad que oscila entre el 30 y el 35 por ciento, casi los mismos porcentajes que acompañan al Presidente o a la expresidenta.

 

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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