Joaquín Morales Solá

Joaquín Morales Solá

 

La deuda argentina no es alta, pero las tasas que está pagando son desmesuradas en un mundo casi sin tasas de interés para depósitos y créditos.

Alberto Fernández inició ayer un período de quince días en los que estará más tiempo fuera que dentro del país.

 

 

No tienen el aspecto caricaturesco de los juicios populares de Hebe de Bonafini. Tampoco están rodeados de numerosos fanáticos dispuestos a agraviar en nombre de una idea. Y no carecen de profesionales del derecho sentados en el estrado del tribunal como sucedió en los juicios populares de Plaza de Mayo.

El default anunciado por la provincia de Buenos Aires es una decisión inexplicable. O solo podría explicarse como una estrategia conjunta del gobierno federal y del provincial para enviar señales de dureza a los acreedores de uno y otro. Sería, en tal caso, una maniobra de cierta suficiencia que ya Axel Kicillof aplicó cuando fue ministro de Economía.

 

 

La economía y las relaciones políticas, para el Presidente. La Justicia, la seguridad y los servicios de inteligencia, para Cristina Kirchner. Esa podría ser a grandes rasgos una descripción del gobierno de Alberto Fernández. Es una administración en la que deben convivir una jefa política y el presidente del país.

La realidad es, a veces, inoportuna. El desastre institucional que provocó el domingo último en Caracas el régimen de Nicolás Maduro coincidió en el tiempo con la extrema tensión entre el gobierno de Donald Trump y el régimen iraní de los ayatollahs. Ambas situaciones no pueden resultar ajenas al gobierno de Alberto Fernández, aunque este prefiera la indiferencia, porque su relación con Washington es crucial.

 

 

Un documental de Netflix que pudo ser uno más entre tantos. No lo fue, porque revolvió de nuevo la política argentina. Rectificaciones, polémicas, debates.

 

La vida suele ser paradójica. Justo a uno de los políticos que más combatieron el cepo al dólar le toca ahora aplicar el más severo cepo que se recuerde en los últimos 30 años. Alberto Fernández elaboró una buena metáfora en su momento para criticar el cepo: es como una piedra, dijo, en una puerta giratoria. No permite que los dólares salgan, pero tampoco que entren.

 

Alberto Fernández es un peronista de principio a fin. No es una frase peyorativa, sino meramente descriptiva. Un peronista de ley hace lo que hizo el Presidente: usó el poder en toda su dimensión (y más allá también) desde el momento en que accedió al poder.

 

Los gastos del Estado aumentaron alrededor de 15 puntos del PBI entre los años 2003 y 2015. El mayor despilfarro estuvo en las provincias y los municipios, aunque el gobierno nacional también participó de la fiesta. El núcleo central del problema es que no existe recaudación prevista que pueda financiar semejante suba de los gastos corrientes del sector público.

 

En México, Alberto Fernández, entonces presidente electo, quedó estupefacto cuando vio aparecer a la primera delegación norteamericana que recibía desde que había ganado las elecciones.

 

Puede destacarse que el flamante presidente, Alberto Fernández, anunció que pagará la deuda pública, aunque luego de renegociarla, porque directamente, dijo, ahora es impagable.

 

Dentro de 48 horas, el país despedirá a un presidente y recibirá a otro. Mauricio Macri y Alberto Fernández se han visto pocas veces, pero sus vidas se han cruzado a la distancia en muchas oportunidades más.

 

Un exceso de síntesis comparó en las últimas horas dos apariciones públicas: una del presidente electo, Alberto Fernández, y la otra de la vicepresidenta electa, Cristina Kirchner. No han sido lo mismo. Tampoco los dos tenían la misma carga argumental, sobre todo para referirse al periodismo.

 

Los argentinos, que siempre se resisten a respetar las experiencias de la humanidad, están inventando un nuevo sistema político. Ese sistema nuevo le permite al vicepresidente electo de la Nación (vicepresidenta, en este caso) hacer una enorme ostentación de poder, muy por encima, en las apariencias al menos, del que tiene el propio presidente electo.

Ni Omar Perotti ni Gustavo Bordet ni Juan Manzur ni Sergio Uñac ni mucho menos Juan Schiaretti. Cristina Kirchner trabó alianzas definitivas con los dos caudillos feudales más evidentes del país: el de Formosa, Gildo Insfrán, y el de Santiago del Estero, Gerardo Zamora.

 

Una pregunta insistente está dando vueltas. ¿Habría existido la actual tranquilidad de la transición argentina si el resultado electoral hubiera sido otro? ¿Habría existido la cómoda serenidad que hoy existe, en medio de una región latinoamericana sobrecargada de violentas protestas sociales, si hubiera ganado Mauricio Macri?

 

Los "pañuelos verdes" dentro del bloque peronista impulsarán un proyecto de ley tras el mensaje favorable de Fernández

 

Ni siquiera comparten los amigos. Para Alberto Fernández, Evo Morales es un amigo con quien habló y almorzó hasta hace muy poco. Alberto lo ayudó a Evo en sus trajines de campaña electoral en la Argentina, antes de las elecciones que detonaron la actual crisis; aquí reside una colectividad boliviana de más de 120.000 personas que votan en Bolivia.

 

¿La Justicia acorrala a algunos líderes progresistas de América Latina porque son progresistas o porque son corruptos? ¿Los medios periodísticos son meros instrumentos de esa estrategia y de poderosos intereses que nada tienen que ver con la información y la opinión?

 

La catástrofe temida no sucedió. El dólar no llegó a 100 pesos después de las elecciones. El riesgo país no siguió su derrotero ascendente. La gente común no vació los bancos.

 

Cuando, en diciembre de 2017, poco después de que Mauricio Macri ganara las elecciones legislativas de mitad de mandato, Alberto Fernández aceptó una invitación de Cristina Kirchner para conversar después de 10 años de críticas distancias, no imaginó que ese paso insignificante en la vida de una persona lo terminaría convirtiendo anoche en presidente electo de su país. Luego elaboró un teorema simple, pero de difícil aceptación para buena parte del peronismo: "Sin Cristina no llegamos, con Cristina no es suficiente".

 

 

Extraño paisaje en el barrio. Las elecciones argentinas de hoy se realizarán en un contexto latinoamericano de hartazgo social con las elites políticas. La insatisfacción de vastos sectores sociales tiene que ver, como ya se ha dicho repetidas veces, con la desigualdad en el acceso al bienestar.

 

La nueva política descubrió tarde que los recursos electorales de hace 36 años son los mejores. Raúl Alfonsín los inauguró en 1983. El contacto directo del líder con sus seguidores. La necesaria divulgación de principios morales y republicanos en actos con miles de asistentes.

Esa revelación tuvo ayer su momento apoteótico cuando una inmensa multitud rodeó a Mauricio Macri en el Obelisco. Más de un tercio de la sociedad es antiperonista o antikirchnerista; ese porcentaje significativo está preocupado por (o teme) el regreso de la persecución y de métodos autoritarios. El mérito de Macri es haber cambiado el clima político que lo precedió. Los actos como el de ayer son una advertencia para un eventual futuro gobierno de Alberto Fernández.

¿La mayoría social votará dentro de una semana por esos principios o por la economía? Pregunta sin respuesta. La crisis económica es larga y grave. Su solución es difícil.

Veamos por qué. La economía argentina está estancada desde fines de 2011. En los años pares (2014, 2016 y 2018) el problema se agravó: hubo recesión. La recesión que se inició en 2018 aún continúa. La permanente desaceleración económica condenó a Cristina Kirchner a la derrota electoral en 2013 y en 2015.

La misma economía emboscó a Mauricio Macri el pasado 11 de agosto, cuando triunfaron ampliamente sus opositores Alberto Fernández y Cristina Kirchner. La inflación argentina es alta desde 2007, ya sea de manera explícita, como ahora, o escondida, durante el gobierno de los Kirchner. Nunca fue, de todos modos, tan alta como en los últimos años de Macri por el sinceramiento del precio de los servicios públicos, que en épocas del cristinismo eran casi totalmente subsidiados por el Estado. Desde la gran crisis de 2001 y 2002, un tercio de los argentinos viven por debajo de la línea de pobreza. Hay en esa enorme proporción una tragedia humana y un riesgo político permanente. La desesperación busca (y suele encontrar) artificiales atajos políticos. La economía irresuelta ya terminó con el gobierno de los Kirchner y amenaza seriamente hacer lo mismo con el de Macri.

La deuda del gobierno federal es de US$337.000 millones. No vale la pena meterse en la polémica por el porcentaje de la deuda sobre el PBI. Este se mide en dólares y la deuda está, en su mayor parte, en la misma moneda, porque el mercado financiero local es casi inexistente. El porcentaje depende, entonces, del tipo de cambio. Cuando el dólar está subvaluado, el porcentaje sobre el PBI se achica. Fuertes devaluaciones, como las de los últimos tiempos, lo elevan exponencialmente. En 2015, la deuda era de US$240.000 millones, producto de la reestructuración de la que cayó en default en 2001 y de los préstamos de Venezuela (bonos que Hugo Chávez vendió en el acto a los mercados financieros internacionales) y de China. Macri la incrementó en cerca de 100.000 millones para pagar a los holdouts, los bonistas que continuaban en default (US$15.485 millones), los servicios de la deuda y, sobre todo, para financiar el déficit fiscal que heredó. Macri no pudo hacer lo imposible en materia de ajuste de las cuentas públicas, por la debilidad parlamentaria que lo acosó siempre, pero tampoco hizo lo posible, sobre todo en los primeros tiempos, porque su gobierno accedía fácilmente al crédito. El crédito es fácil hasta que es difícil. O imposible. Esto último sucedió en el segundo trimestre de 2018. El único prestamista que le queda a la Argentina es el FMI, sobre todo luego de que el propio Macri se viera obligado a reestructurar la deuda de corto plazo (el famoso reperfilamiento). Un país que declaró un monumental y alegre default hace menos de 20 años, y que ahora reestructura otra vez su deuda, estará fuera de los mercados financieros internacionales durante un buen tiempo.

El próximo gobierno deberá moverse en el estrecho corredor que existe entre dos alternativas sombrías: un default desordenado y la hiperinflación. Macri deberá cambiar políticas y equipo si le tocara gobernar otro período. Alberto Fernández, el más probable próximo presidente, tiene muchas expectativas puestas en un acuerdo con los sectores sindicales y empresarios (industria y campo) para frenar la escalada de precios. Según él, se trata de un plan para seis meses. "Para parar la pelota y ver qué partido jugamos luego", suele decir. Hace bien en aclararlo. Los gobiernos argentinos suelen enamorarse de soluciones coyunturales y las convierten en definitivas. Hasta que estallan. Pasó con el plan de Gelbard en los 70 y con la convertibilidad de Cavallo en los 90.

Eran soluciones para un tiempo, no para siempre. También deberá cuidarse de no emitir pesos descontroladamente; la hiperinflación estaría a la vuelta de la esquina. Fernández suele decir muchas cosas, pero nunca abunda en promesas. Cuando dramatiza que la economía está "defaulteada" hace una advertencia implícita de que reconoce el tamaño de la crisis. Casi toda su carrera en la administración pública la hizo en el Ministerio de Economía (desde Juan Sourrouille hasta Roque Fernández). En síntesis, no es un neófito en esa materia, aunque tampoco es un economista. Vio de cerca la gloria y la caída de casi todos los presidentes de la democracia. Es improbable que crea que un triunfo electoral es un premio definitivo, que le da derecho a hacer cualquier cosa. De hecho, acostumbra a repetir a sus íntimos una frase realista: "El poder que se obtiene se puede perder fácilmente".

La economía se resolverá también en el frente externo. En el FMI seguirá influyendo más el gobierno de Washington que la nueva directora general, la búlgara Kristalina Georgieva, una mujer que no tiene un gran país detrás de ella, al revés de lo que sucedía con Christine Lagarde, que tenía a Francia y su influencia en Europa. Los políticos locales no pueden confiar en el destino improbable del impeachment iniciado contra Trump. Deben prever que Trump estará en la Casa Blanca hasta, por lo menos, enero de 2021. El gran conflicto latinoamericano de Trump es Venezuela. Macri acaba de tensar esa cuerda al reconocer como embajadora oficial a la representante de Juan Guaidó y expulsar a los diplomáticos de Nicolás Maduro. Alberto Fernández prefiere alinearse con las posiciones de México y Uruguay, que proponen una vía diplomática para resolver el drama político, económico y humanitario de Venezuela.

La Argentina de Macri integra el Grupo de Lima, constituido por una docena de países latinoamericanos, que se formó para resolver la crisis venezolana. La mayoría de esos países tienen posiciones muy duras contra el régimen de Maduro y disienten de las de México y Uruguay. Una versión indicó que Alberto Fernández estaba decidido a abandonar el Grupo de Lima. En una reciente visita a Washington, Sergio Massa habló con funcionarios del Departamento de Estado, que le enviaron al candidato peronista un mensaje preciso que contiene dos pedidos. Uno: no es conveniente que la Argentina abandone el Grupo de Lima. El otro: Alberto Fernández debería llevar a ese ámbito sus posiciones cercanas a México y Uruguay. Fernández no sacará al país del Grupo de Lima, aseguró en las últimas horas. El mensaje que le trajo Massa le llegó y lo aceptó en el acto.

Todas las soluciones son difíciles para la crisis de Venezuela. La invasión armada, de la que Trump se acerca y aleja sucesivamente, tiene dos problemas. Si tropas norteamericanas pisaran territorio venezolano, es fácilmente previsible que un incendio de protestas ardería desde México hasta Tierra del Fuego. El otro es que Maduro cuenta con una poderosa Fuerza Aérea, equipada con modernos misiles provistos por Rusia e Irán. Colombia, el país vecino que concentraría a las tropas que invadirían Venezuela, podría ser afectada seriamente en pocos minutos a pesar de que su Ejército es mucho más numeroso y mejor entrenado. Insistir en la protesta de los venezolanos es continuar con las muertes injustas. El camino es el del diálogo con un gobierno que usó el diálogo para ganar tiempo y eternizarse en el poder. El diálogo y una fuerte presión diplomática de América Latina -sin fisuras-, de Washington y de Europa parece ser el estrecho sendero hacia una solución siempre incierta. Lo único verdadero es que Alberto Fernández no podrá escapar del infierno venezolano.

Joaquín Morales Solá

En la tarde del lunes, en El Calafate, Cristina Kirchner volvió a señalar al periodismo como su verdadero adversario (o enemigo, quién lo sabe). Es el culpable, dijo, de que no haya existido un "escándalo" luego de las referencias de Mauricio Macri a la deuda pública durante el debate presidencial del domingo.

 

El alma de Durán Barba ya no está en el Gobierno. Su afición a las redes sociales y a los timbreos esporádicos ha desaparecido. Esos métodos construyeron un Macri lejano para la gente común, un rico rodeado de ricos.

 

Jugando el alargue de un partido en el que va perdiendo desde el 11 de agosto, Mauricio Macri empieza a tomar nota de que los poderes, sean constitucionales o fácticos, lo abandonan antes de tiempo. Juega, tal vez por primera vez, a todo o nada. Se terminó la cortesía con la Corte Suprema de Justicia. No dudó un instante en reprocharle un desplante al presidente de la Unión Industrial, Miguel Acevedo, quien, a su vez, juega otro partido al lado de Alberto Fernández.

 

Una vieja intuición política sostiene que el peronismo puede hacer cualquier cosa impunemente. Puede hacer, en síntesis, lo que les está prohibido a los no peronistas.

 

En Madrid, ante diputados españoles, Alberto Fernández dibujó un país distinto del país de Macri si él llegara a ocupar la poltrona presidencial. Algunas definiciones pertenecen a su bagaje intelectual. Otras forman parte de la lógica electoral. Ser diferente de Macri es su necesidad política cuando todavía está en competencia.

 

Poco más de veinte días después de las elecciones primarias, los argentinos vivieron dos jornadas de relativa tranquilidad en el mercado cambiario. Es una tranquilidad que llega hasta el alma. No hay nada que serene más a los argentinos que la cotización estable del precio del dólar. Toda solución acarrea un problema y toda elección significa una renuncia.

 

El presidente que está es un político que no debería atemorizar a nadie. El presidente que podría sucederlo, Alberto Fernández, es un político que respeta las reglas básicas de la economía. Sin embargo, la Argentina vive momentos de temor colectivo propios de países que ya pasaron por todos los infiernos.

 

Alberto Fernández oscila permanentemente entre la moderación y la inmoderación

 

La herencia es la escolta maldita de los presidentes argentinos. La que dejó la presidenta que ya no es, la que dejará el presidente que es ahora y la que recibirá el que probablemente sea presidente a partir de diciembre. Pero antes de diciembre deberá suceder un hecho crucial para el actual y para el próximo presidente.

 

Los empresarios y los mercados ya dieron por terminada la elección. Macri perdió. "Apretaron el botón y se llevaron todo el dinero", dijo una alta fuente oficial. La elección no terminó, pero ese círculo rojo del que siempre habla el Presidente es el que traza el rumbo fundamental de la economía. La extraña situación agiganta la tarea de Macri y la del propio Alberto Fernández.

 

El miércoles fue un día sueco en una Argentina desquiciada. Solo hablaron civilizadamente los dos únicos hombres que tenían que hablar. Parece poco, pero es mucho en una nación dramática, donde una parte del país llora porque otra parte está alegre.

 

La crisis no es solo económica, también es política. Más aún: la crisis económica estalló porque existe una crisis política.

 

Solo un milagro, poco habitual en política, puede salvar ahora la presidencia de Mauricio Macri. Alberto Fernández y Cristina Kirchner hicieron ayer una más que excelente elección y dejaron al Presidente casi sin posibilidad de reelección.

 

Dos hombres que se preparaban para el retiro lograron, sin proponérselo, una importante reconfiguración del sistema de partidos. Alberto Fernández y Miguel Ángel Pichetto tienen escaso carisma, nunca fueron candidatos nacionales (aunque Pichetto fue durante décadas legislador nacional) y no representan cabalmente la identidad de los lugares donde están ahora.

 

Algo subterráneo, invisible por ahora, está pasando en la sociedad. El gobierno de Mauricio Macri viene de aplicar el ajuste más severo que se ha hecho sobre la economía desde la catástrofe económica de principios de siglo. ¿Era necesario? No solo lo era; la más sólida crítica a Macri (y también ahora autocrítica del Gobierno) consiste en que esas medidas se demoraron demasiado.

 

Alberto Fernández acaba de hacer la más escandalosa denuncia que se haya formulado contra el gobierno de Mauricio Macri. Pasó inadvertida entre tantas anécdotas pintorescas del candidato presidencial del kirchnerismo. Macri ha puesto presos, dijo Fernández, a dueños de medios de comunicación críticos. La denuncia es grave, pero sería extremadamente gravísima si fuera cierta. No es cierta.

 

Tal vez comenzó cuando Cristina Kirchner convocó al "vamos por todo" después de las elecciones de 2011. O mucho antes, cuando el gobierno kirchnerista perdió la inservible guerra con el campo, en 2008. Lo cierto es que un abismo, más que una grieta, separa a casi la mitad de la sociedad entre bandos opuestos.

 

La relación de Mauricio Macri con los votantes es la más pragmática que se recuerde desde la restauración democrática. Parte importante de la sociedad se le acerca cuando las cosas están bien (o más o menos bien). Es la misma franja social que se aleja cuando la situación se complica.

 

Pasaron más de quince años desde que se enfrentaron indirectamente por primera vez en una elección. Fue en 2003, cuando Aníbal Ibarra, prohijado por Alberto Fernández, entonces jefe de Gabinete, le ganó en el ballottage a Macri el gobierno de la ciudad (Macri había ganado la primera ronda).

 

La intención del Pontífice es volver al país que lo vio nacer, aunque sea fugazmente; en Roma, reflexionan que "necesita que los dirigentes argentinos lo dejen ser papa" y aseguran que le dedica muy poco tiempo a las cuestiones políticas del país

 

Cristina Kirchner proyecta una oposición dura, radicalizada e implacable frente a Macri si le tocara ser opositora, según escribió con reglones rectos en sus listas de candidatos. Esa certeza llevó al actual oficialismo a imaginar un segundo mandato de Macri distinto del primero.

 

Cristina Kirchner se prepara para administrar el poder o para disentir del poder en los próximos cuatro años.

 

Los partidos no están. Ni el Justicialista ni el radical, y ni siquiera Pro. Las últimas patrullas perdidas de los partidos políticos ya no saben qué quieren ni por qué luchan.

 

Sergio Massa comenzó ayer el camino de un ocaso que podría ser definitivo. Se sometió a una rendición absoluta, después de afirmar cosas que nunca cumplió. Que nunca volvería al kirchnerismo. Que sería candidato a presidente o no sería nada. No respetó ninguna de esas promesas.

 

Al final de una de sus mejores semanas del último año (y tuvo pocas buenas), Mauricio Macri empezó a proyectar un triunfo en primera vuelta sobre el binomio Fernández-Kirchner. La muy buena repercusión en la economía de la elección de Miguel Ángel Pichetto como candidato a vicepresidente.

 

Mauricio Macri necesitaba darle una sorpresa a la política. Si bien se siente más a gusto con las decisiones previsibles, es cierto que esta vez la dinámica electoral (y las consecuencias económicas de las sucesivas crisis cambiarias) le imponían un ritmo y un contenido diferentes.

 

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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