Eugenio Paillet

Eugenio Paillet

Cuentan confidentes de la Casa Rosada que las últimas dudas que había entre ellos respecto del manejo del gobierno y de los roles que les compete a cada uno, si es que efectivamente tales diferencias existían en medio de catarata de análisis y trascendidos sobre el fondo de esa relación, terminaron de zanjarse durante aquel desayuno del viernes pasado que se extendió por espacio de casi tres horas.

 

Una primera comprobación que es a estas alturas de perogrullo: Alberto Fernández tiene más problemas a resolver adentro de su propia coalición de gobierno que fuera de ella.

 

Un funcionario que trabaja cotidianamente en los despachos del área presidencial reconocía que, allá por agosto del año pasado, tras el rotundo triunfo en las PASO que los convenció que el desembarco en la Casa Rosada era irreversible, el entonces ganador de esas primarias y su equipo intuían que los roces con las otras corrientes del Frente de Todos, en especial con el cristinismo duro, en algún momento se iban a manifestar.

 

Para entender en todo su alcance la prioridad que Alberto Fernández le otorga en su agenda internacional a la necesidad de volver al “lationamericanismo” en la región, más acorde con los tiempos del matrimonio Kirchner que con los de Mauricio Macri, vale rescatar una frase que el presidente dejó picando delante de la alemana Angela Merkel durante su reciente paso por Berlín.

 

¿Puede hablarse del “relanzamiento” de un gobierno que apenas lleva 50 días en el poder? Pues sí. O al menos ese es el discurso que baja desde la Casa Rosada luego del arranque de la segunda gira al exterior del presidente Alberto Fernández que empezó el viernes con la visita al Papa Francisco en el Vaticano.

 

Alberto Fernández buscó puntillosamente esta semana dejar en claro que el kirchnerismo del que forma parte dentro del Frente de Todos no es aislacionista, y que la cantinela del gobierno anterior acerca de que la vuelta del peronismo a la Casa Rosada supondría un regreso al eje bolivariano no era más que una burda chicana para meterle miedo a la gente.

 

El presidente lo ha desgranado en conversaciones de los últimos días con sus colaboradores directos, pero también en reuniones reservadas con empresarios, dirigentes sindicales y algunos periodistas. “Su obsesión es la deuda, acordar con el Fondo y con los tenedores privados de bonos”, lo interpretan a su lado y a la vez reflejan el tenor de esos diálogos.

"Cero alboroto, no busquen elefantes bajo el agua porque no los van a encontrar". Con esa curiosa, pero a la vez tajante definición, un vocero presidencial buscó quitarle dramatismo o al menos expectativa al hecho de que a partir de esta tarde, y por espacio de cuatro días, Cristina Fernández de Kirchner volverá a ser, aunque sólo en las formas, presidenta de la Nación.

 

Tras una reunión fuera de agenda realizada a media mañana entre el presidente Alberto Fernández y el ministro de Hacienda, Martín Guzmán, una alta fuente de la Casa Rosada aseguró que la decisión "política" está tomada: la Nación no dejará que la provincia de Buenos Aires declare el default de su deuda con acreedores privados.

 

Alberto Fernández acaba de cumplir su primer mes como presidente de los argentinos. Por lo tanto, era de esperar que abundasen los análisis y comentarios, las revisiones y hasta las proyecciones, luego de estos 30 días de gestión.

Alberto Fernández buscará "pararse en el medio" en el marco de la crisis regional que tiene su origen en la Venezuela de Nicolás Maduro y que en las últimas horas provocó reacciones a ambos lados del arco ideológico como consecuencia de lo que algunos definieron como "golpe de Estado" del presidente venezolano contra la legítima Asamblea Nacional que encabeza Juan Guaidó.

Quienes lo han escuchado en los últimos días, entre colaboradores, hombres de negocios y periodistas, asumen que el presidente Alberto Fernández tiene dos grandes obsesiones. Que no son de ahora ni mucho menos, sino que lo atosigan incluso desde antes de calzarse la banda presidencial el 10 de diciembre y poner el carro en movimiento.

 

 

 

Todos los indicadores y los análisis de las últimas dos semanas parecieran estar mostrando un cambio de escenario.

 

 

Suele caerse en un lugar común para definir a Raúl Ricardo Alfonsín como el Padre de la democracia recuperada. Es una recurrencia altamente justificada, apenas con recordar su histórica decisión de sentar en el banquillo de los acusados a los dictadores del proceso militar que lo precedió cuando todavía los responsables de la peor tragedia de la Argentina contemporánea tenían poder de fuego.

 

 

Todos los datos de las encuestas y los análisis de consultores lo sostienen, y el gobierno, con Mauricio Macri a la cabeza, lo sabe: la clase media le ha soltado la mano a Cambiemos, le perdió la confianza y amenaza con darle la espalda en las cruciales elecciones de octubre de 2019.

 

 

Mauricio Macri consiguió instalar en la escena una agenda que ahora mismo envidiarían los mejor pintados del progresismo vernáculo de todo pelaje. Empezando por el peronismo más racional y su variante enancada en el kirchnerismo-cristinismo.

 

Una muy alta fuente de la Jefatura de Gabinete dijo esta tarde en estricta reserva que "nadie en el gobierno está pensando en instalar un debate en la sociedad sobre la aplicación de la pena de muerte".

 


Un funcionario de peso del gabinete nacional se preguntaba en las últimas horas cómo un gobierno que se presenta en nombre del cambio, mirará para otro lado si a Jorge Triaca le toca ir al Congreso a defender la reforma laboral ahora descuartizada por orden del presidente.

 

Algunos hechos políticos y económicos que jalonan el cierre del año le otorgan al gobierno de Mauricio Macri algunas ventajas como para mirar con algo de esperanza el devenir de un año no electoral, con todo lo que eso implica en un país altamente politizado y chicanero cuando están en juego las urnas.

 

Se supo que el ministro "Toto" Caputo y el número uno del BCRA, Federico Sturzenegger, habían rechazado gravar la renta financiera.

 

La conclusión de algunos estrategas oficiales sostiene que Mauricio Macri y María Eugenia Vidal están más que nunca obligados a "ser candidatos". En ese imaginario juego de roles, la gobernadora es la cabeza de listas en la provincia, mientras el presidente encabezaría las sábanas a nivel nacional, aunque la realidad lo obligue a volver una y otra vez al crucial territorio del primer distrito electoral del país.

 

Antes de ahondar, conviene detenerse en un dato que puede amargarle el desayuno a más de uno de los cientos de miles que hoy tienen dificultades de todo tipo, entre otras para conseguir empleo o llegar sin penurias a fin de mes: las PASO costarán $ 5 mil millones y casi no definirán candidatos, arreglados de antemano para evitar las internas, que fue justamente para el cometido que Cristina Fernández se vanaglorió de haberlas creado.

 

El Gobierno avanza hacia las elecciones de octubre en medio de un camino que -pese a los entusiasmos oficiales y a apuestas fuertes como llenar el país de obra pública para que la vea cada vecino desde la puerta de su casa- persiste en mostrarle baches a la vuelta de cada curva. Con luces y con sombras.

 

Probablemente nadie podría asegurar que se trató de un movimiento coordinado. Pero la realidad marca que la celebración de un nuevo aniversario de la Revolución de Mayo sirvió de lanzamiento de la campaña electoral, de cara a las PASO de agosto y las elecciones de medio tiempo del 22 de octubre.

 

En despachos del gabinete había raptos de euforia luego del regreso de Macri desde los Estados Unidos. Un impredecible Donald Trump, que hoy recibe críticas cerradas tanto fuera como dentro de su propio país, y suele decirse que nadie sabe para dónde va a salir disparado (que lo digan Merkel o Peña Nieto), llenó de elogios al presidente argentino y hasta le dio chapa de líder regional al proponerle que se ponga al frente de una cruzada para frenar los abusos de poder de Nicolás Maduro y volver a una Venezuela democrática.

 

El Gobierno sabe que la batalla electoral contra quienes quieren derrotarlo en octubre -y peor todavía, de ser posible forzarlo a que se vaya de la Casa Rosada antes de cumplir su mandato- recién comienza.

 

Hay un dato que valdría la pena reiterar antes de avanzar en el conteo de otra semana complicada: en el Gobierno no todos se postran ante la biblia de Durán Barba, ese decálogo de estrategias, posturas y discursos que, por lo general, Mauricio Macri aprueba. Y ejecutan con precisión de orfebres el séquito más poderoso de la administración que componen Peña, Quintana y Lopetegui. Al pasar, conviene recordar que el trío ya se cargó a Prat Gay, Melconian, Costantini, Regazzoni y Conte Grand, el segundo del ministro Garavano.

 

Una simple mirada a vuelo de pájaro de la escena política de estos días -en modo puntual la que involucra al Gobierno y a su, a veces, errática alianza con los socios de Cambiemos- permitiría sugerir sin demasiado margen de error que Mauricio Macri ha conseguido sus mejores logros afuera de ese colectivo.

 

Esta semana había un optimismo apenas disimulable entre estrategas del gobierno que se quedaron en Buenos Aires mientras Macri buscaba en Madrid los oropeles que tanto se le niegan tierra adentro. Como solía pontificar Raúl Alfonsín, “es fácil ser toro en rodeo ajeno”.

 

La pregunta sigue siendo la misma entre analistas y observadores. A los que se suman ahora hasta aliados de Cambiemos o funcionarios del propio Gobierno que no aprueban a libro cerrado ni el sentido de la oportunidad de algunas decisiones que se han tomado, ni la chapucería aplicada para llevarlas adelante.

 

Una primera mirada de superficie que campeaba al cierre de la semana entre no pocos integrantes de la cúpula del macrismo podría sostener la idea de que los planetas han comenzado a alinearse para el gobierno. Y que lo que vendrá será claramente mejor que lo que pasó en un primer semestre para el olvido.

 

En medio del paso por la Asamblea General de las Naciones Unidas que en el gobierno califican sin eufemismos de "rutilante", Mauricio Macri sorprendió con una afirmación a la distancia. Dijo estar "absolutamente convencido" de que el oficialismo ganará las elecciones legislativas del año que viene.

 

Un funcionario del ministerio del Interior que proviene del peronismo se preguntaba esta semana por qué la sociedad sigue acompañando al gobierno en las encuestas pese al problema de las tarifas, a promesas incumplidas y a un segundo semestre que directamente será por lo menos igual que el primero.

Hombres del gobierno se esmeraban en las últimas horas por remarcar algunas señales que ha dejado la política de estos días.

 

Hay que decir que el gobierno tiene a veces, cuando no todas las veces, un optimismo a prueba de balas. Lo cual no sería malo en sí mismo. El tema es que el peso de la realidad suele recorrer otros andariveles y se da de palos con ese ánimo de algunos funcionarios que machaca sobre un estado de bienestar que, por ahora, no aparece. No al menos en la dimensión que desearían el presidente y sus equipos.

 

Datos incontrastables de una semana caliente: el primero y muy elocuente es que Mauricio Macri ha decidido cargarse el gobierno al hombro y convertirse él mismo en su propio vocero, tal vez un poco agobiado por la falta de respuesta de sus grises equipos.

 

Las primeras espadas del gobierno insisten a rajatabla con un par de conceptos básicos de la estrategia para salir del mal momento del primer semestre y empezar a ver el horizonte, más cerca del año que viene que de la segunda mitad de 2016.

 

Cristina Fernández de Kirchner sigue siendo la mejor jefa de campaña de Mauricio Macri.

 

Por momentos, el gobierno parece un cómodo espectador de una pelea entre sus enemigos comunes y de la que, sin siquiera calzarse un guante, podría resultar beneficiado. Es, para decirlo en lenguaje de absoluta actualidad política, un cómodo espectador que asiste entre azorado y esperanzado al festival de kirchneristas desfilando por los juzgados o de inexorable futuro de banquillo ante los ahora veloces magistrados de Comodoro Py.

 

Un dato que circula por los principales despachos del gobierno, no por ser reiterativo, deja de tener vigencia: dicen esos confidentes que cada vez que Cristina Fernández vocifera en las redes sociales, cada vez que Aníbal Fernández abre la boca, o Fernando Esteche blanquea el plan, ahora frustrado, por su incontinencia verbal que armaban para ayudar a voltear al gobierno, da con creces para descorchar y brindar. Una línea que se reitera en todas las encuestas reafirma esa mirada del macrismo puro.

 

Mauricio Macri no ha descubierto la pólvora. Sabe como lo sabe todo el mundo en el gobierno y en los partidos de la oposición que su primera gran meta es ganar las elecciones legislativas de octubre del año que viene.

Mauricio Macri acaba de cumplir seis meses de gestión. Ingresa en el segundo semestre tan mentado casi como el de la panacea universal, que hasta encumbrados miembros de su staff ponen ahora entre signos de interrogación.

Después de tiempos duros en los que el gobierno pareció no encontrarle la vuelta a una situación económica difícil que además se aletargaba a la espera del famoso “segundo semestre”, Macri se encontró con su mejor semana desde que llegó al poder.

La de Mauricio Macri ha sido una apuesta fuerte. Que, como toda apuesta, conlleva riesgos.

“Buscamos un punto de inflexión”. Esa debe haber sido la frase más repetida de los últimos días por los habituales voceros gubernamentales.

La multitudinaria marcha sindical y política de ayer no se agota en el dato, de todos modos significativo de ser la primera gran protesta de la oposición contra la política económica del gobierno, a casi 150 días de haber asumido la gestión de gobierno. Implica, por encima de ese dato del calendario, la toma de posiciones de varios sectores que hasta no hace poco tenían poco y nada en común.

Lo primero que debe tenerse en cuenta en esta especie de Causa Santa que todos, oficialismo y oposición, han hecho de la ley antidespidos, es que hay al menos dos aspectos que quedaron bien plantados a la luz del día.

En despachos del gobierno sopesaban sobre el cierre de la semana el balance de noticias buenas y malas que jalonaron la marcha de la gestión entre lunes y viernes.

 

Claramente en los últimos días ha habido señales que podrían emparentarse sin desentonar con el optimismo que reina en los principales despachos del gobierno respecto de un posible alineamiento, al fin, de los planetas que rodean al mundo Macri.

 

El propio gobierno reconoce que “los brotes” se verán con mucha suerte en diciembre, pero más probablemente en abril o mayo.

 

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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