Fernando Laborda

Fernando Laborda

La posibilidad de que el Congreso dé finalmente sanción a una ley antidespidos ha colocado al presidente Mauricio Macri en un complejo laberinto, frente al cual podría perder capital político ante cualquier camino que tome.

El fracaso de la sesión especial impulsada por el bloque de diputados kirchneristas para tratar la ley antidespidos ante la ausencia de un consenso con la bancada liderada por Sergio Massa prueba dos cosas.

Máximo Kirchner debería hacer un poco de memoria antes de esgrimir que detrás de las causas judiciales en las que se investiga a la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner y a su familia sólo hay "construcciones mediáticas" y "persecuciones" de tipo político y judicial.

El Gobierno ha logrado correrle el arco a la ofensiva de la CGT unificada y ha podido desbaratar, por ahora, la tentativa de un paro general sobre el cual ningún líder de esa central sindical parecía muy convencido.

 

Si lograse acordar con la CGT, Mauricio Macri podría ser el primer presidente no peronista que no haya tenido que enfrentar un paro general de 24 horas durante su primer año de gobierno.

 

El rostro de Mauricio Macri reflejaba la satisfacción por el deber cumplido. Como si fuese un alumno disciplinado que, tras largas jornadas consagradas al estudio, finalmente aprueba un examen con la calificación esperada.

 

Mauricio Macri ya no disimula que le gustaría ser reelegido en 2019 y gobernar el país ocho años. Más que un objetivo personal, es un gesto dirigido a mitigar las dudas de tipo político que, en especial entre operadores económicos y potenciales inversores, son mayores que la incertidumbre en materia económica.

 

Cristina Fernández de Kirchner cuenta con una imagen negativa muy elevada, aunque también es alto el nivel de percepciones positivas sobre la cada vez más acorralada ex presidenta de la Nación.

 

Nuestra Constitución nacional señala en su preámbulo que, entre sus propósitos, figura el de asegurar los beneficios de la libertad para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino.

 

Al igual que buena parte del mundo, el gobierno de Mauricio Macri alberga una esperanza: que, cuando arribe a la Casa Blanca, Donald Trump se olvide de la mayoría de las cosas que propuso en su campaña electoral y termine haciendo "la gran Menem", en referencia al presidente argentino que durante su periplo proselitista llegó a prometer la recuperación de las islas Malvinas "a sangre y fuego" y, al llegar al gobierno, terminó enviándoles muñequitos del simpático Winnie Pooh a los isleños y promoviendo las "relaciones carnales" con los Estados Unidos.

 

Distintos analistas coinciden en que el ascenso de Donald Trump reduce las probabilidades de que las autoridades de los Estados Unidos intercambien información fiscal con otros países, incluida la Argentina, por lo que el acuerdo bilateral que el gobierno de Mauricio Macri venía negociando para acceder a listados de bienes de argentinos en el país del Norte encontraría dificultades para avanzar en el corto plazo.

 

Diversos sectores políticos y sociales -unos más dialoguistas, otros más combativos- convergerán hoy frente al Congreso, unidos contra las políticas socioeconómicas del gobierno de Mauricio Macri, aunque sin poder disimular sus contradicciones internas.

 

Pasó el invierno, se está yendo la primavera y los brotes verdes de los que viene hablando el Gobierno siguen demorando su aparición.

 

En la semana que pasó, el gobierno de Mauricio Macri chocó con la dura realidad de los desagradables números de la economía que no se reactiva y con una oposición cada vez menos dispuesta a facilitarle las cosas. Los últimos días revelaron los primeros signos de impotencia y de fastidio en una gestión gubernamental que nadie imaginó sencilla, pero que había venido sorteando hábilmente hasta ahora los problemas derivados de no ser mayoría en el Congreso.

 

El hombre es dueño de lo que calla y esclavo de lo que dice, especialmente si se trata de un alto dirigente político.

 

Días atrás, el presidente Mauricio Macri calificó su primer año de gestión gubernamental con ocho puntos. Pero la ciudadanía porteña lo aprueba con 6 puntos.

 

La resonante derrota que sufrió el macrismo en la Cámara de Diputados con la aprobación del proyecto de la oposición sobre el impuesto a las ganancias ha dejado severas lecciones y no pocos temores sobre el futuro de la gobernabilidad entre los agentes económicos.

 

Tras la derrota legislativa sufrida por el Gobierno en la Cámara de Diputados por el mínimo no imponible de Ganancias, el oficialismo recalculó y optó por lo que más le convenía.

 

Si algo le destacaban a Mauricio Macri propios y extraños sobre sus ocho años al frente del gobierno de la ciudad de Buenos Aires era su habilidad para entenderse y llevarse bien con el sindicalismo. No parece casual que, ayer, la CGT haya sido la llave para encontrar la salida al conflicto por el mínimo no imponible del impuesto a las ganancias sobre los salarios en el que había quedado enfrascado el gobierno nacional.

 

La salida de Alfonso Prat-Gay del Ministerio de Hacienda y Finanzas es, ante todo, una señal presidencial hacia la opinión pública. Es una manera por la que optó Mauricio Macri para mostrar, a un año de haber llegado al poder, su preocupación sobre la demora en la reactivación de la economía y una forma de deslindar responsabilidades.

 

En la teoría, la misión primordial de un ministro de Hacienda es alertar a los funcionarios políticos sobre lo que no deben hacer, recordándoles a cada momento cuáles son las restricciones presupuestarias y las metas fiscales.

 

Es muy probable que las elecciones legislativas de este año no alteren mayormente la relación de fuerzas en el Congreso.

 

Página 4 de 4

Fundado el 4 de agosto de 2003

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…