Rogelio Alaniz

Rogelio Alaniz

 

El populismo no suele ser escrupuloso con el lenguaje. Su relación con las palabras merodea la manipulación, porque se supone que la conquista política del "sentido común" suele permitirse estas licencias. Ocurre que una concepción de la política que establece una diferencia definitiva entre amigo y enemigo exige el uso y, si es necesario, el abuso de palabras que cumplan con ese objetivo.

 

 

Para decirlo de manera frontal -ya habrá tiempo para relativizarlo- un vecino tiene derecho a resistir el ingreso de un ladrón a su casa. ¿Es necesario decir que le asiste el derecho a defender lo que es suyo: su familia, sus bienes, su propia vida?

 

 

Nuestras experiencias políticas en clave populista transitan no desde la tragedia sino de la farsa a la tragedia.

 

 

La pandemia y el coronavirus son una desgracia de la naturaleza; la administración de la cuarenta en nuestras playas es una desgracia de la política. En un caso intervienen los dioses; en el otro los hombres.

 

 

Para Hugo Chávez la palabra expropiar podía ser un verbo, un adjetivo e incluso un sustantivo. "Exprópiese" en los labios del jefe de la revolución bolivariana se parecía mucho a un canto de combate.

 

 

Se supone que el objetivo político es salir de la cuarentena, no enterrarnos todos los días un poco más en ella. Esta suposición de sentido común sería en principio compartida por todo el mundo, pero pareciera que empinados funcionarios del actual gobierno nacional no están de acuerdo.

 

 

El conflicto del gobierno nacional con la empresa Vicentin confirma, por si a alguien le quedaba alguna duda, que cada vez que disponga de una oportunidad o considere que las condiciones le resultan favorables, el peronismo intentará “ir por todo”.

 

 

No me consta que declarar una cuarentena sea fácil, como se dijo en estos días, pero me animaría a decir que salir de una cuarentena será una tarea ardua y que el temple y la lucidez de un estadista se medirá en este inquietante escenario, porque será allí donde todas las dificultades que arrastra un país, y que la pandemia no ha hecho otra cosa más que exasperar, deberán ser traducidas al lenguaje político, al arte de construir consensos sociales.

 

 

La experiencia enseña que en una república las instituciones son tan decisivas como la política y los políticos

 

 

Soy partidario de que el desafío político y social que se nos presenta es salir de la cuarentena, porque el precio de la recesión puede llegar a ser más alto que el precio que cobra el coronavirus.

 

 

Estamos atravesando por un momento histórico difícil. Decididamente malo. Los argentinos y el mundo.

 

 

Un mundo en cuarentena nos inquieta. Es lógico y humano que así sea. También es razonable suponer que la humanidad va a superar esta crisis, aunque es legítimo preguntarse a qué precio.

 

 

Un relato sobre la epidemia, de rigurosa actualidad.

 

 

Ciertos críticos literarios aseguran que en el inicio de un texto está la clave de la novela. El principio muy bien podría extenderse al territorio de la política. En este caso, al discurso del Presidente de la Nación en la Asamblea Legislativa ponderando el valor de la palabra y condenando la simulación y la mentira.

 

 

A dos meses de haber asumido el poder, las diferencias internas del peronismo parecen ocupar el centro del escenario. ¿Es tan así? ¿Gobierno bifronte? ¿Disputas inevitables y hasta saludables de una coalición de poder?

 

 

Algo anda mal en un país cuando oficialismo y oposición se concentra en un solo centro de poder. El desenlace de esa contradicción suele ser siempre violento y las facturas que se pagan alguna vez estuvieron teñidas de sangre. Y los costos los paga toda la sociedad.

 

 

No presiento una súbita caída al abismo o el ingreso al infierno, como profetizan algunos. Intuyo algo peor: un progresivo empobrecimiento de la vida cotidiana; una persistente y agobiante sensación de humillación; una devaluación progresiva de la inteligencia y la sensibilidad; una resignada convivencia con el hampa; un regodeo en el hábito de contemplar cómo crece la insignificancia de la Argentina en el mundo.

 

Hay dos versiones que explican por qué la ciudad de Rosario se ganó el apodo de la “Chicago argentina”. Una laboral y otra policial. La laboral, dice que su industria frigorífica se equiparó con la de la ciudad yanqui. La policial, la más difundida, remite a la presencia de la mafia siciliana en los años treinta. Chico Grande y Chicho Chico.

 

Al poco tiempo de ser derrocado por el dictador Juan Carlos Onganía, el presidente Arturo Illia deja constancia pública de los bienes que dispone.

 

¿Es el antiperonismo un mezquino prejuicio? ¿La expresión irreflexiva de los favorecidos en una sociedad injusta? ¿Es acaso un fantasma que recorre los laberintos y los sótanos de la sociedad infundiendo miedos y reclamando una existencia que la vida misma le niega? Cualquier respuesta es posible a estos interrogantes, pero fantasma o no, resulta imposible desconocerlo.

 

Atribuirle a Jorge Luis Borges la escritura de novelas parece ser una obsesión de los presidentes peronistas. Hoy lo hizo tío Alberto; ayer, Carlos Saúl Menem. Digo yo, sin pedantería alguna, pero con deseos de colaborar al desarrollo de la cultura nacional: ¿Por qué los políticos peronistas en lugar de hablar de Borges porque suponen que pronunciar su nombre otorga un raro prestigio, no intentan leerlo?

 

 

El término aludiría, no a cualquier conflicto social sino a una ruptura, un quiebre histórico que además amenazaría con ser permanente.

 

 

¿Hay diferencias políticas entre Alberto y Cristina? Seguramente las hay, como las había entre Néstor y Cristina, entre otras cosas porque en el ejercicio de la política esas diferencias son inevitables, incluso entre los aliados más íntimos.

 

 

Un gobierno con legitimidad de origen se acaba de hacer cargo del poder y de aquí en más lo que se debatirá será su legitimidad de ejercicio. Y digo legitimidad y no legalidad porque la legitimidad alude precisamente a la capacidad de una gestión para ganar consenso.

 

 

Si en 1983 una democracia saludable exigía la condena de la represión ilegal, 37 años después es necesaria la condena de la corrupción

 

 

Amigos, conocidos, lectores, se muestran sorprendidos, incluso consternados, por las recientes declaraciones de Alberto Fernández y Cristina Kirchner: uno, atacando a los periodistas; la otra, increpando a los jueces.

 

 

El “inesperado” 40% de votos de Cambiemos y la amplia representación parlamentaria obtenida, habilita algunas consideraciones respecto del rol de la oposición para el nuevo período presidencial que se inicia.

 

 

Supongo que el gobierno que asumirá el 10 de diciembre dispondrá de los emblemáticos 100 días de espera, el tiempo que la oposición le suele dar a los gobiernos para que se acomoden y ensayen sus primeras iniciativas.

 

 

Se dice que en Bolivia los militares derrocaron a Evo Morales, una verdad muy a medias porque si bien los generales sugirieron su renuncia -después que lo hiciera la COB- queda en claro que lo que hirió de muerte al líder cocalero (alguna vez habrá que explicar más la naturaleza económica de ese liderazgo cocalero y sus relaciones con la cocaína) fueron las amplias movilizaciones de masas en las principales ciudades de Bolivia, una movilización que produjo el colapso del régimen dominante y abrió puertas a las más diversas estrategias.

 

 

Políticos, sindicalistas e intelectuales populistas amenazan a periodistas (No me gusta). Desde las mismas usinas y desde sitios más elevados del flamante poder, amenazan la independencia del Poder Judicial (No me gusta). Amenazan con leyes de emergencia y poderes extraordinarios para anular el Congreso (No me gusta). Dirigentes sindicales reclaman emitir para “ponerle plata en el bolsillo a la gente” (No me gusta).

 

 

No deja de ser una paradoja que un político como Alberto Fernández, que se esfuerza por presentarse como el paradigma del realismo, sea al mismo tiempo el presidente que despierte más dudas acerca de su relación con el poder y de las orientaciones prácticas de su gobierno.

 

 

Tal vez la expresión más sincera o la manifestación más espontánea del peronismo a la hora de evaluar las recientes elecciones la expresaron Pablo Echarri y Dady Brieva, demostrando una vez más que los actores cuyo oficio es la ficción suelen ser los que expresan con más nitidez aquello que se llama “las verdades del corazón”.

 

 

“Seamos serios”, es un giro verbal que Alberto Fernández suele usar con frecuencia y estimo que por esta vez este llamado nos debe incluir a todos porque en el juego democrático las reglas de juego se respetan y, por lo tanto, más allá de disidencias, prejuicios y temores hay que reconocer, en primer lugar, la legitimidad del proceso electoral y la legitimidad institucional del nuevo presidente de los argentinos.

 

 

Siempre sospeché que las efusivas ponderaciones de economistas y políticos acerca del milagro económico chileno eran algo exageradas y, en más de un caso, más motivadas por simpatías ideológicas que por una mirada preocupada por entender las posibilidades, límites y alcances de un modelo de crecimiento que, como todo modelo capitalista, nunca es perfecto y jamás está liberado de impugnaciones sociales.

 

 

La ausencia de Cristina de Kirchner es tal vez el dato más significativo de este proceso electoral, una ausencia que adquiere el relieve de una presencia o, para no ser tan terminante, de una incógnita.

 

 

Con todas las precauciones históricas del caso, se podría postular que en los comicios se elige, entre otras posibilidades, la calidad del liderazgo que desean los votantes, una decisión que conjuga consideraciones emocionales y racionales, pero que desde el punto de vista de un realismo descarnado coloca en un nivel importante las virtudes exclusivas del candidato.

 

 

Es probable que Victoria Donda se inspire en la campaña electoral que en su momento alentara Macedonio Fernández. Según recuerda Borges, Macedonio consideraba que lo importante era llamar la atención a través de mensajes en las mesas de los bares, en algún libro, en alguna pared, todas iniciativas orientadas a ir acostumbrando a los desprevenidos ciudadanos con su nombre.

 

 

La incertidumbre, no sobre el futuro en general sino sobre el futuro inmediato, parece ser la constante de esta coyuntura política, con un candidato con muchas posibilidades de ser presidente impuesto por una vicepresidente que no sabemos qué rol va a desempeñar, y un presidente en el ejercicio del poder que insiste en su reelección.

 

 

No todos los que van a votar por Alberto Fernández piensan lo mismo, y algo parecido podría decirse de los que votarán a Mauricio Macri, porque me gustaría pensar que ambos candidatos convocan a multitudes y las multitudes, a diferencia de la “masa”, se resisten a practicar el peligroso ejercicio de la unanimidad.

 

 

La tensión entre Alberto y Cristina expresa una incongruencia del movimiento que quiere presentarse como garante del orden a la vez que es promotor del caos

 

 

Una de las ocupaciones prácticas de Alberto Fernández es relativizar la responsabilidad de algunos de los kirchneristas imputados por corrupción.

 

 

Me sorprenden, y de alguna manera me confunden, algunas circunstancias de los procesos electorales, ciertos comportamientos de las denominadas clases populares y los vínculos de lealtad que estas clases sostienen con sus jefes o con sus propios prejuicios.

 

 

Un esquema sencillo nos diría que toda realidad política se constituye con sus apariencias y sus profundidades. A veces coinciden, a veces no.

 

 

En un país normal no debería haber PASO, en un país normal la victoria de la oposición no debería provocar estampidas económicas y financieras. La economía argentina estaba atada con alambre. Lentamente se venía recuperando, pero el paciente estaba muy lejos de haber sido dado de alta.

 

 

Los resultados electorales del 11 de agosto son elocuentes: hay ganadores y hay perdedores. Con los números se pueden hacer todas las especulaciones del caso y adelantar todos los pronósticos que nos gusten o nos disgusten.

 

 

El viernes pasado, y con motivo de las PASO, escribí en La Nación: "Si uno de los candidatos obtiene una diferencia de más de diez puntos, la primera vuelta prevista para octubre corre el riesgo de transformarse apenas en un trámite". Para bien o para mal, es lo que ocurrió. O lo que está a punto de ocurrir.

 

 

Hemos "inventado" un sistema electoral que puede llegar a hacer posible que en las elecciones PASO convocadas para este domingo se elija el presidente que nos habrá de gobernar hasta 2023. No deja de ser una ironía de nuestra política criolla que lo que debería ser un proceso de selección interna de candidatos partidarios se haya transformado en algo así como una primera vuelta de un singularísimo ballottage de dos o tres tiempos.

 

 

A diez días de las elecciones PASO, crece la obvia certeza de que el resultado de las elecciones se conocerá el domingo 11 de agosto sobre el filo de la medianoche, porque en el único punto en el que parecen coincidir la mayoría de las encuestas es que la elección será reñida en el marco de una creciente polarización entre la fórmula kirchnerista y la de Cambiemos.

 

 

No me preocupa tanto que Alberto Fernández haya empujado a un borracho que lo insultaba. Me preocupan otras cosas del candidato kirchnerista, me preocupan, por ejemplo, sus relaciones con el periodismo o, para ser más preciso, su fobia indisimulable a los periodistas, y muy en particular, a los periodistas que le hacen preguntas que no le gustan.

 

 

Durante 8 años Dick Cheney transformó a la vicepresidencia de los EE.UU. en un eficaz espacio de poder. El caso de Alberto Fernández y Cristina Kirchner.

 

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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