Pablo Sirvén

Pablo Sirvén

Como Fidel Castro con Dorticós, Putin con Medvedev o el propio Perón con Cámpora, para los líderes absolutistas los cargos formales son relativos. Ellos son el poder, estén en el medio del escenario o al costado.

 

A la pregunta de por qué termina tan tranquilo el peor año desde la hecatombe 2001/02 no hay una sola respuesta, sino varias.

 

Patricia Bullrich no perdió ni un segundo para capitalizar el categórico respaldo presidencial durante y después del G-20, por lo bien que le salió el operativo de seguridad de la cumbre. Prefirió convertirlo de inmediato en combustible para dar su paso más polémico sin más trámite: un guiño a las fuerzas de seguridad federales para que combatan a la delincuencia sin los riesgos procesales que aún enfrenta el policía Luis Chocobar por haber matado a un ladrón que apuñaló a un turista en La Boca.

 

Un importante banquero ya lo había puesto sobre aviso al mismísimo presidente Mauricio Macri: "Desde abril, no entra un solo dólar de inversión en América Latina".

 

El espaldarazo multitudinario al Gobierno frente al Congreso, el "flan Casero" como nuevo estandarte oficialista y las últimas escenas de derrumbe explícito de Cristina Kirchner plantearían un mundo ideal para Mauricio Macri si no tuviesen que convivir al mismo tiempo con nuevos brincos del dólar y la depresión económica, hoy por hoy lo que más preocupa.

 

Como esos dos octogenarios soldados del ejército imperial japonés encontrados en 2005 en medio de la selva filipina, que ignoraban que la Segunda Guerra Mundial había terminado exactamente 60 años antes, el locutor Víctor Hugo Morales brindó una entrevista al matutino Página 12 con respuestas que hace ocho años, en pleno apogeo kirchnerista, hubiesen parecido políticamente más que correctas, pero que en estos días suenan bastante desfasadas.

 

Varios episodios trascendentales, que tuvieron lugar la semana pasada, difícilmente se habrían producido si hubiese ganado las elecciones Daniel Scioli, en lugar de Mauricio Macri.

 

Alemania, Italia y España pudieron exorcizar sus horripilantes fantasmas militares del pasado, inigualablemente mortíferos, sin que sus actuales Fuerzas Armadas tengan que cargar esos pavorosos crímenes en sus espaldas para siempre.

 

De "lo peor ya pasó" -argumento presidencial predilecto hasta hace unos pocos meses- y el clásico "nopasanadismo" de Marcos Peña -algo atemperado últimamente-, se pasó ahora a hablar de "tormenta" y de los "meses duros" que vienen por delante, al menos hasta fin de año.

 

Inevitable déjà vu experimentó el ministro del Interior, Rogelio Frigerio, cuando el martes por la mañana participó de la primera reunión entre Nicolás Dujovne, como primus interpares, y sus colegas de nueve ministerios ligados a diversas áreas económicas.

 

Cuando vuelo y las turbulencias van más allá de lo común, y en el avión todos los pasajeros se quedan repentinamente petrificados y calladitos, miro detenidamente a las azafatas. Si las veo sonrientes y que siguen conversando animadamente entre ellas, sé que no hay nada que temer. Si sucede lo contrario, empiezo a rezar.

 

El pensamiento mágico, uno de los problemas más profundos y persistentes de la Argentina, devuelve al país cíclicamente a sus peores pesadillas.

 

El principal órgano institucional del peronismo es el dedo pulgar del líder del momento. Y si hay "sede vacante" -como se llama a la transición entre un papa muerto y la elección del siguiente, en el Vaticano-, nunca falta un dedazo judicial bien dispuesto a facilitarles las cosas a unos por sobre otros.

 

La foto está tomada desde dentro del Congreso. Se observa al Presidente de espalda saludando con su brazo derecho en alto. Mauricio Macri ha llegado al Parlamento para dar su mensaje anual frente a la Asamblea Legislativa.

 

Resulta inevitable experimentar cierto degradado déj à vu al observar la escena: una fila de caras sufrientes y humildes, que vienen de una estoica espera, ansía el momento mágico en que tomarán sus datos antes de extenderles un rudimentario salvoconducto que les garantizará tan solo un momento de efímera felicidad.

 

Cambiemos cuenta con un botón antipánico incorporado que se acciona solo: se llama Elisa Carrió. Tiene un efecto altamente beneficioso porque empieza a sonar fuerte mucho antes de que los principales integrantes del Gobierno se den cuenta de que hay un peligro que los amenaza.

 

Fundado el 4 de agosto de 2003

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