Argentina En el Mundo

Argentina En el Mundo (309)

 

Las diferencias entre Fernández y Macri anticipan la estrategia regional del presidente electo.

La crisis en Bolivia se ha metido como una cuña en la conflictiva transición argentina. Las diferencias entre el presidente, Mauricio Macri, y su sucesor, Alberto Fernández, sobre lo ocurrido esta semana en La Paz han envenado aún más el traspaso de mando, previsto para el 10 de diciembre.

Macri ha evitado hasta ahora hablar de “golpe de Estado” para referirse a la situación en Bolivia y rechazó cualquier posibilidad de conceder asilo político al presidente depuesto, Evo Morales. Fernández ha hecho todo lo contrario: no dudó en hablar de golpe, pidió a Macri que acoja a Morales y disparó contra el papel de la OEA en la crisis.

Falta un mes para que Macri entregue la banda presidencial al peronista Fernández, pero nada es fácil en Argentina. Aún no está resuelto cómo será el acto en el Congreso, que se supone sólo protocolar. Macri recuerda aún que Cristina Fernández de Kirchner, hoy vicepresidenta electa, se negó a participar de la ceremonia de traspaso hace cuatro años y no quiere que la que viene la tenga como protagonista.

Los equipos nombrados para la transición, surgidos de un amigable encuentro cara a cara entre Macri y Fernández horas después de las elecciones del 27 de octubre, apenas se han reunido. La transición está demorada y las diferencias sobre Bolivia no han hecho más que agravar la situación.

Fernández ha asumido la crisis boliviana como su primer desafío en política exterior. Durante el pasado fin de semana, en la reunión del Grupo de Puebla, una conjunción de referentes progresistas que lo tiene como líder, el argentino había repudiado lo que consideró una intentona golpista en Bolivia. Depuesto Morales, no lo dudó. Denunció un golpe de Estado y llamó a Macri para unificar discursos. Macri, sin embargo, prefirió la moderación. “Estamos muy preocupados por la situación”, dijo durante un breve intercambio con periodistas en la Casa Rosada.

Cuando la violencia política en Bolivia se agravó, Fernández pidió a Macri que concediese asilo político al líder depuesto. El propio presidente electo se ocupó de ventilar los detalles de aquella conversación durante una entrevista en televisión. “Le dije [a Macri] que en verdad la vida de Evo corría peligro y que había que hacer algo. Él me habló de las dificultades de traerlo a la Argentina, yo le dije que no estaba de acuerdo. Me dijo que lo veía como una dificultad porque creía que estamos en una transición y que meternos en eso era complejo. Yo le dije que no compartía”, contó Fernández.

En medio de la tensión, la embajada argentina en La Paz acogió a dos altos funcionarios de Morales en calidad de “huéspedes”, sin que la cancillería haya decidido aún si les concederá o no asilo. El gobierno argentino, además, no ha reconocido aun a la senadora Jeanine Áñez como presidente legítima de Bolivia. Fernández pidió a Macri que no lo haga.

Morales terminó finalmente en México, tras aceptar una oferta del presidente Andrés Manuel López Obrador. El canciller mexicano, Marcelo Ebrard, contó entonces que Fernández colaboró con el traslado mediando ante Paraguay para que permitiese el aterrizaje en Asunción del avión que trasladaba a Morales, impedido de recargar combustible en Lima. Fernández se involucró en la crisis boliviana, en línea con lo que se podrá esperar de la estrategia de su Gobierno en relaciones exteriores.

A un alineamiento con las causas “progresistas” de la región y la búsqueda de un eje Argentina – México, opondrá sin duda una tensa relación con el Brasil de Jair Bolsonaro y los Estados Unidos de Donald Trump. En la misma entrevista, Fernández también cargó contra la OEA, a la que acusó de “turbia”. “Supongamos que la OEA dijo la verdad, la realidad es que Evo aceptó y llamó de nuevo a elecciones. El problema no eran las elecciones, sino que querían elecciones sin Evo Morales”, disparó.

En el gobierno de Macri, lo sucedido en La Paz dejó heridas. El presidente se refirió al tema una vez más este miércoles. No habló de golpe de Estado, pero repudió “la violencia de cualquier tipo y bajo cualquier circunstancia”. Sobre las salidas a la crisis boliviana, dijo que "las elecciones son la mejor manera de transparentar la voluntad del pueblo boliviano”.

En su alianza de Gobierno, sin embargo, fueron más duros. La Unión Cívica Radical (UCR), el partido centenario que integra el frente oficialista Juntos por el Cambio, denunció un golpe de Estado. Lo mismo hizo el Pro, el partido del presidente. En una declaración de consenso presentada este miércoles en el Congreso, todos sus diputados dijeron que “nunca más la región debe volver al camino de los golpes de Estado”. Son fisuras que Macri deberá, en el futuro, administrar desde el llano.

Federico Rivas Molina

 

El presidente electo, Alberto Fernández, califica de “mentira” un informe oficial que considera que el país está “listo para crecer”.

Un pequeño informe titulado Ocho puntos sobre la economía ha enturbiado la transición de Gobierno en Argentina. El texto de siete páginas, que no lleva firma ni membrete oficial, pero fue distribuido por los equipos de prensa de Presidencia, asegura que la situación económica que Mauricio Macri legará a su sucesor, el peronista Alberto Fernández, dejará al país sudamericano “listo para crecer” en 2019. Desde México, donde se encuentra de gira, Fernández pidió al macrismo que “pare con la mentira”.

La “herencia recibida” del kirchnerismo fue la muletilla de Macri en el arranque de su mandato, en 2015. Repetida como un mantra para justificar el ajuste de la economía, perdió fuerza con el avance de la gestión y la profundización de la crisis. Fernández no ha hablado aún de “herencia recibida”, pero sí ha advertido que el 10 de diciembre no será “un día mágico” que resolverá todos los problemas.

El próximo Gobierno recibirá un Banco Central con sus reservas internacionales cerca del cero, la inflación por encima del 55%, una deuda externa cercana al 100% del PIB, más pobreza y desempleo que hace cuatro años y restricciones a la compra y venta de dólares similares al cepo cambiario que Cristina Kirchner impuso al final de su mandato.

El informe difundido por la Casa Rosada, ideado en la jefatura de Gabinete que lidera Marcos Peña, busca el lado positivo de los índices más duros. “Sobre la herencia económica que dejamos”, inicia el texto, decidido a ir directo a la cuestión. “A fin de 2019 el país está listo para crecer. Sin magia, sin mentira, sin ficción. Gracias al esfuerzo de los argentinos de todos estos años, hemos revertido la herencia de 2015 (…) El punto de partida para 2020 es mucho más sano”, continúa.

El Gobierno argentino enumera las razones de su optimismo: el déficit fiscal cayó a la mitad, se normalizaron las estadísticas oficiales, el costo de la energía se acomodó a los estándares internacionales, se mejoró la infraestructura y crecieron las exportaciones. En su último informe sobre Argentina, el Fondo Monetario Internacional estimó que la economía del país sudamericano caerá el año que viene un 1,7%, que se sumará al 3% que se espera para este año.

Sobre los problemas más evidentes, el Gobierno buscó argumentos al menos creativos. Asume que la deuda externa creció en 75.000 millones de dólares en tres años, pero asegura que no hubo alternativa por el déficit fiscal y las cuentas impagadas que dejó el kirchnerismo. Y si la inflación no bajó fue porque “lamentablemente, no se puede eliminar de un día para el otro”. “Pero en estos cuatro años hemos dado los pasos necesarios para empezar a ver una reducción sostenida y sostenible de la inflación: corregimos las tarifas y el tipo de cambio; y equilibramos las cuentas públicas”, dice el informe.

Admite, sin embargo, que las cosas se complicaron a partir de abril del año pasado, con la primera gran devaluación del peso, pero lo atribuyó al miedo que generó en los inversores el regreso del peronismo. “Al principio de nuestra gestión pudimos levantar los controles cambiarios porque la gente mira al futuro para decidir hoy. Ahora los tuvimos que reponer, contra nuestra voluntad, porque esa misma gente tiene miedo a qué pueda pasar en el futuro”.

Fernández respondió al informe desde México, en declaraciones que hizo a un canal de noticias de Argentina. “Aunque queden 10 minutos de Gobierno, les pido que paren con la mentira, porque hace dos años nadie pensaba que Argentina iba a tener la crisis que tiene y es producto de la gran inoperancia del Gobierno”, dijo el presidente electo, visiblemente molesto.

Acusó a Macri de demorar el cepo cambiario por cuestiones electorales y provocar así la salida de 22.000 millones de dólares del Banco Central desde su derrota en las primarias del 11 de agosto. Sobre el problema de la deuda externa, dijo que “hace cuatro años, no existía”. La “herencia recibida” fue muletilla de Macri. Todo indica que también lo será de Fernández.

Federico Rivas Molina

 

La organización Greenpeace irrumpe en el puerto de Montevideo, una puerta de acceso a los buques extranjeros que operan en la zona.

Una noticia se repite cada verano en el Atlántico Sur, aunque casi nadie repara en ella. Pesqueros que cruzan el límite de las 200 millas e ingresan a la zona exclusiva de pesca de Argentina se baten a duelo con los agentes de la Prefectura Naval.

Cargan en sus bodegas calamares, la estrella de cada temporada, pero también merluza y merluza negra, y desechan toneladas de ecosistema marino, desde algas hasta delfines y ballenas. A estos buques de actividad ilegal se le suman otros cientos con permiso de trabajo. Son tantas, que las tripulaciones de las aerolíneas que unen Ushuaia [sur del país] con Buenos Aires describen la escena nocturna que se ve desde el aire como “ciudades marinas”.

Muchos de los barcos que operan en el mar del sur encuentran una puerta de acceso algo enclenque: el puerto de Montevideo, que a veces hace la vista gorda cuando las embarcaciones tienen que declarar lo pescado.

Es por eso que la organización ambiental Greenpeace irrumpió el jueves de la semana pasada en aguas uruguayas para señalar a siete embarcaciones surcoreanas con una flecha de 25 metros sobre el agua con el mensaje "Saqueadores de los Océanos". Junto a esta denuncia, la organización ha presentado el informe Protejamos al Mar Argentino de la pesca destructiva, que revela los impactos de la industria pesquera en la región, y el modo en que afecta a especies icónicas como la ballena franca austral.

“El Atlántico sur está completamente desprotegido y desregulado y eso habilita a pesqueras de potencias mundiales y con equipamiento industrial a venir a pescar indiscriminadamente y muy intensamente durante todo el año”, plantea Luisina Vueso, coordinadora de la campaña de océanos de Greenpeace Andino, con quien navegó EL PAÍS para registrar la denuncia.

Según Vueso, los buques, al igual que las excavadores en los bosques, arrasan con todo lo que hay en el fondo marino con la técnica del arrastre, que consiste en rastrillar el fondo marino con un saco de red con la intención de capturar peces, crustáceos y moluscos. Muchas veces, las embarcaciones se alejan de la zona para descargar en buques frigoríficos llamados reefer y vuelven a su lugar, donde permanecen varios meses.

Pérdidas millonarias

Según cifras oficiales, unos 400 buques pesqueros entran de forma legal en el mar argentino y dejan anualmente unos 2.000 millones de dólares en exportaciones de pescado de todo tipo, pero Argentina también pierde otros 2.500 millones de dólares en mercadería no declarada.

En 2018, las autoridades decomisaron unas 327 toneladas de pescado, en su mayoría merluza no declarada, aunque la sangría es todavía más grande. Es por eso que los Ministerios de Defensa y Seguridad idearon un nuevo plan de control de pesca ilegal en el Atlántico Sur que cuenta con el apoyo de las Fuerzas Armadas y las fuerzas de seguridad.

Pero, ¿cuenta Argentina con recursos suficientes para vigilar una zona que tiene 5.000 kilómetros de largo? La respuesta es negativa y por eso hace algunos meses se reunieron en Lima 12 países latinoamericanos, más Estados Unidos y España para enfrentar el problema de la pesca ilegal, aunque de momento sin resultados.

“La falta de control y regulación de las aguas internacionales le permite a las pesqueras saquear y vulnerar el Atlántico Sur; es por esto que desde Greenpeace exponemos esta problemática, invisible para muchos (...) Queremos generar toda la presión pública posible para que los Gobiernos del mundo acuerden en la ONU un tratado global por los océanos para proteger a la vida marina a través de la creación de una red de santuarios”, finaliza Vueso.

Ramiro Barreiro

 

Hablaron sobre la crisis del neoliberalismo, pero AMLO se negó a asumir un liderazgo de bloque regional. Que postula la histórica doctrina mexicana que sigue López Obrador.

Andrés Manuel López Obrador finalmente recibió a Alberto Fernández en el Palacio Nacional de la Ciudad de México. El mexicano es un riguroso seguidor de la Doctrina Estrada, una vieja tradición diplomática de México: por eso decidió no darle carácter de estado a la visita del argentino, el cual salió solo a la conferencia de prensa.

"Pudimos disfrutar en estas horas no sólo de este hermoso Palacio, sino también hablar mucho", fueron las primeras palabras de Fernández, que venía con una clara de intención de fortalecer lazos con México, ahora que la histórica sociedad con Brasil está en jaque.

El presidente mexicano recibió a Fernández con una recorrida por la sede del Poder Ejecutivo de México y le mostró -entre otras cosas- los murales de Diego Rivera, el artista que le dedicó 22 años para retratar en los muros del edificio cada uno de los diferentes pasajes de la historia nacional. Durante la caminata, el mexicano le regaló una artesanía de Michoacán. Alberto eligió darle un libro sobre Eva Perón.

Alberto admite que no habrá un bloque regional con AMLO: "La ideología no puede gobernar la diplomacia"

La reunión tenía una duración pactada de 40 minutos, pero se extendió casi una hora y diez minutos. Luego se fueron a comer enchiladas con un huevo fritos, acompañados de café. Una comida típica de México, de la que además es fanático López Obrador.

Pero más allá de los detalles de color de la visita, Fernández llegó a México con dos grandes objetivos. El primero, reabrir las negociaciones comerciales con uno de los mercados más robustos del continente. La idea del futuro gobierno argentino es recuperar exportaciones de carnes y granos, sobre todo del poroto negro, el tradicional frijol mexicano.

LPO adelantó lo previsible: a cambio, México exige la liberación del comercio en el rubro automotriz. Según pudo confirmar este medio, es exactamente la solicitud que hizo Enrique Acevedo, el Subsecretario de Industria y Comercio, en la cita matutina que mantuvo con Felipe Solá, Matías Kulfas y Cecilia Todesca.

"Queremos volver a poner en valor esa relación en materia automotriz, de autopartes, pero fundamentalmente de carnes y producciones locales de Argentina, como la producción de porotos negros, que México es un gran demandante", confirmó Fernández.

El otro objetivo que buscaba Alberto quedó prácticamente enterrado: la idea de empezar a conformar un bloque progresista -que se imaginaba bajo el paraguas del Grupo de Puebla- quedó descartado, después de comprender que López Obrador no es afín a esa estrategia en materia diplomática.

AMLO fue claro en su habitual conferencia de prensa de todas las mañanas: México debe cuidar su relación con Latinoamérica, pero también sus enormes vínculos políticos y comerciales con Estados Unidos. "Cada país debe enfrentar sus coyunturas", dijo el presidente mexicano, cuando le preguntaron por el "frente progresista" que propuso Nicolás Maduro.

AMLO fue claro en su habitual conferencia de prensa de todas las mañanas: México debe cuidar su relación con Latinoamérica, pero también sus enormes vínculos políticos y comerciales con Estados Unidos. "Cada país debe enfrentar sus coyunturas", dijo el presidente mexicano, cuando le preguntaron por el "frente progresista" que propuso Nicolás Maduro.

En otras palabras, la neutralidad mexicana que lleva el nombre de un célebre secretario de Relaciones Exteriores (Genaro Estrada) es irrenunciable, y responde a la posición geopolítica de México como integrante de Norteamérica (Estados Unidos y Canadá), pese a su íntima relación con Centroamérica y América del Sur.

Aunque nació en la década de los 30, tuvo su esplendor durante la Guerra Fría, cuando Estados Unidos impuso un bloqueo económico a Cuba y otros países socialistas exigiendo que sus aliados se manifestaran en los mismos términos. México no lo hizo y en cambio insistió en ofrecer ayuda humanitaria a quienes lo solicitaran. Una postura similar tomó cuando brotaban las dictaduras en Sudamérica.

Posicionarse o liderar un bloque hoy contradeciría tal doctrina, una renuncia que el propio AMLO reprochó a su antecesor cuando Enrique Peña Nieto invitó al entonces candidato Donald Trump a Los Pinos y, más tarde, México se unió al Grupo de Lima para firmar una condena internacional contra el régimen chavista de Venezuela.

"El Grupo de Puebla yo mismo lo impulsé mucho antes de mi candidatura presidencial, junto con Ominami desde Chile. Nosotros vemos con mucha atención lo que pasa en el continente, pero los vínculos internacionales no pueden estar gobernados por la ideología, porque cada pueblo determina sus gobiernos", señaló Alberto, en una impactante marcha a atrás después de meses de instalar la idea de un incipiente bloque regional.

Fernández aseguró, en cambio, que AMLO le había ofrecido toda su ayuda para que Argentina supere la crisis económica. Reconoció incluso que el mexicano está "al día" sobre lo que ocurre en las entrañas de su país. Una afirmación interesante, que aún no fue confirmada públicamente por López Obrador. La prensa mexicana consultó entonces cómo podría colaborar con la difícil negociación que deberá enfrentar con el FMI.

La neutralidad mexicana que lleva el nombre de un célebre secretario de Relaciones Exteriores (Genaro Estrada) es irrenunciable, y responde a la posición geopolítica de México como integrante de Norteamérica (Estados Unidos y Canadá), pese a su íntima relación con Centroamérica y América del Sur.

"México tiene representación en el directorio del Fondo. La opinión de México es muy importante. El apoyo que puedan darnos es mucho", fue la escueta respuesta del argentino, quien más adelante insistió en que los inversionistas mexicanos en Argentina entienden la importancia de tal ofrecimiento de ayuda.

Finalmente, Fernández contó que había preguntado a López Obrador por su programa "Jóvenes Construyendo Futuro", un plan de capacitación para los menores de 30 años, que no estudian ni trabajan. "Queremos estudiar si podemos llevarlo a Argentina", admitió. Una beca que ofrecería al mercado laboral una generación que de otro modo difícilmente accedería a un trabajo remunerado.

Jesús Pérez Gaona

 

Fernández se reunirá este lunes con López Obrador, a quien ve como un aliado para fortalecer en la región a las fuerzas de izquierda.

Argentina quiere impulsar de la mano de México un eje progresista para América Latina. Convencer a Andrés Manuel López Obrador de que se una activamente a esta empresa es el principal motivo del primer viaje de Alberto Fernández como presidente electo del país sudamericano.

Fernández se reunirá este lunes con el mandatario mexicano, a quien ve como un aliado para fortalecer en la región a las fuerzas de izquierda, desnortadas tras años de reveses y la deriva autoritaria de Venezuela y que, tras las protestas en diversos países y el triunfo de ambos, han logrado algo de oxígeno. Fernández confía en que López Obrador se sume también al Grupo de Puebla, un centro de reciente creación en el que participan una treintena de políticos y que el presidente electo argentino ha contribuido a dar forma.

Que el primer viaje al exterior del líder peronista sea a México y no a Brasil permite atisbar cuáles serán las prioridades del nuevo Gobierno en política exterior. La relación que Fernández mantiene con Jair Bolsonaro es pésima, al punto de que el mandatario brasileño dijo que los argentinos habían “elegido mal” y que no estaba dispuesto a saludar al nuevo presidente. Argentina y Brasil son socios en el Mercosur y su dependencia económica los obliga a entenderse.

Fernández siente que todo será más fácil con López Obrador. Por un lado, logrará un aliado ideológico para aliviar la tensión con Bolsonaro. Además, en Buenos Aires atribuyen a López Obrador una buena relación con Donald Trump y confían en que el presidente mexicano pueda ser una suerte de mediador entre Argentina y el Fondo Monetario Internacional en las negociaciones entre ambos.

De no llegar a buen puerto, México también resultaría un aliado, más aún si la economía del país norteamericano sigue cayendo. López Obrador ha dedicado buena parte de su primer año de mandato a dar por muerto el modelo neoliberal en el país y en más de una ocasión, al más puro estilo kirchnerista, ha culpado a los mercados de la deriva decreciente de la economía de su país.

La apuesta de Fernández, no obstante, se encuentra de antemano con un obstáculo: la política exterior no es una prioridad para López Obrador, que no sale del país desde hace dos años y, ya como mandatario, ha rechazado acudir a la cumbre del G-20 o a la Asamblea General de la ONU. El presidente electo de Argentina contará con el apoyo del canciller mexicano, Marcelo Ebrard, quien se ha erigido en una suerte de jefe de Estado en el exterior, pues es quien acude a todos los actos en representación de López Obrador.

El trasfondo de la visita de Fernández a México es también impulsar el Grupo de Puebla, un centro de pensamiento creado el pasado mes de julio e integrado por una treintena de personas, entre expresidentes, ex cancilleres y políticos latinoamericanos.

El artífice es el excandidato presidencial chileno Marco Enríquez-Ominami, muy cercano a Fernández, quien ha seguido muy de cerca la concepción del grupo, que lleva el nombre de la ciudad mexicana porque ahí se celebró su primera reunión. No obstante, el papel del Gobierno de López Obrador en aquella cita fue testimonial, de ahí que Fernández abogará esta semana por unirlo de forma más activa.

Fuentes del Ejecutivo mexicano señalan que, si bien no está dentro de las prioridades de su política exterior, califican de “interesante” la iniciativa, en la que ya participan los expresidentes brasileños Lula da Silva y Dilma Rousseff; el ecuatoriano Rafael Correa o el colombiano Ernesto Samper. El único participante no latinoamericano es el expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero.

“Pretendemos pensar y articular políticamente para lograr consensos progresistas regionales. Consensos que permitan la prosperidad social, que permitan avanzar hacia sociedades con mercado, el mercado es un instrumento, no es el fin”, asegura Enríquez-Ominami, quien no oculta la alegría por el hecho de que hayan coincidido en el tiempo dos circunstancias tan favorables para su iniciativa como el triunfo de Fernández y las protestas sociales en varios países de América Latina.

“Los Gobiernos conservadores han dejado más pobres, una inequidad social y económica, y sociedades más estresadas ante la indolencia de estos Gobiernos frente a las injusticias. Por ello, sentimos que es momento de unirnos ante estos desafíos. La paciencia se convierte en desprecio frente a la injusticia”, añade el político chileno.

Los problemas de Venezuela

La idea que circula entre los socios argentinos del Grupo de Puebla es la de crear un eje latinoamericano que una Buenos Aires con Ciudad de México, que sirva a la vez de cortafuego a los excesos de Brasilia y como alternativa “progresista” al eje del Pacífico alineado con Estados Unidos. “Una parte de la solución es la integración regional y por eso es importante el vínculo con México, que México mire a la región y no solo a sus socios del norte. Debemos buscar un mayor acercamiento. Hay predisposición y hay posibilidades de avanzar en la integración”, dice Jorge Taiana, excanciller de Cristina Fernández de Kirchner e integrante del grupo. El ruido de fondo es siempre el mismo: Venezuela.

Los argentinos del Grupo de Puebla consideran que el Grupo de Lima sigue a Estados Unidos en su política de aislamiento de Venezuela, “una política que el peronismo no considera exitosa”. “Somos muchos en la región los que creemos que no soluciona los problemas y deja abierta la puerta a una intervención. Todos los que estamos en el grupo tenemos una visión de respeto a la soberanía y pensamos que los problemas de Venezuela deben ser resueltos democráticamente por los venezolanos”, dice Taiana. “Aspiro a la unión de toda la región para que, de esa forma, se encuentre la paz. Quedó claro que un Gobierno paralelo no llegó a ningún puerto. Ayudar o asistir no es lo mismo que intervenir. Y por ello, esperamos que los diálogos de la oposición y el Gobierno, fructifiquen. Nadie puede restarse a una salida dialogada”, completa Enríquez-Ominami.

De esta forma, México entra otra vez en el mapa peronista. Fernández pretende emular la posición de López Obrador en Venezuela, es decir, defender la no injerencia externa en Venezuela —al menos en la retórica—, pero tampoco descarta convertirse en un actor decisivo en la búsqueda de una salida.

En cualquier caso, contar con un representante que ha sido elegido presidente refuerza el papel de Argentina en el grupo. El fin de semana que viene, Buenos Aires recibirá en un hotel del centro de la ciudad el segundo encuentro desde aquel fundacional de julio, que estará presidido por Alberto Fernández y el vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera.

Todo parece indicar que de allí saldrá un documento con ideas generales acerca de la necesidad de contener el avance del neoliberalismo, pero toda la atención estará puesta en el debut de Fernández como articulador del espacio. “Hay una realidad que necesita una redefinición. Si el sistema no da respuestas tenemos conflictividad social y es nuestra obligación encontrar una salida política. Las elecciones en Argentina fueron un ejemplo de salida, porque la crisis encontró cierta canalización en la idea de un cambio de política”, dice Taiana.

Federico Rivas Molina

 

El presidente de EE UU felicita por teléfono al peronista por su victoria en las elecciones generales del domingo pasado.

Donald Trump rompió el hielo con Argentina. Este viernes por la tarde, el presidente de Estados Unidos tomó el teléfono y llamó a Alberto Fernández, el peronista que hace cinco días venció en primera vuelta a Mauricio Macri y se convirtió en presidente electo.

“Felicitaciones por la gran victoria. La vimos por televisión (…) He instruido al FMI para trabajar con usted”, dijo Trump al otro lado de la línea, según una transcripción distribuida por el equipo de Alberto Fernández. Que Trump haya mencionado al FMI traerá alivio al nuevo presidente argentino. El apoyo de Trump fue clave para que el Fondo Monetario otorgase el año pasado un rescate financiero de 57.000 millones de dólares a Macri, una deuda cuyo pago deberá renegociar el Gobierno que asuma el 10 de diciembre.

El tono de la relación entre Trump y Fernández era hasta ahora pura especulación. El estadounidense se ha considerado siempre un amigo personal de Mauricio Macri, con quien había hecho negocios inmobiliarios en su juventud. Macri correspondió a las expectativas de la Casa Blanca con una política exterior en línea con las directrices de Washington en asuntos como la condena al régimen de Venezuela, la lucha contra el narcotráfico y la apertura comercial.

El nuevo Gobierno peronista dará un viraje a esos lineamientos, sobre todo respecto a Venezuela. Promoverá además un nuevo esquema de integración regional que sirva de contrapeso a Estados Unidos.

Trump, por el momento, optó por un apoyo entusiasta a Fernández. “Usted va a hacer un trabajo fantástico. Espero poder conocerlo inmediatamente. Su victoria ha sido comentada en todo el mundo”, le dijo por teléfono. Fernández escuchó luego la promesa de que el FMI ya tiene el mandato de la Casa Blanca para trabajar con Argentina, el dato político más relevante del diálogo telefónico.

Las negociaciones con el FMI marcarán la agenda del próximo Gobierno argentino. Macri había admitido tras su derrota en las primarias de agosto y antes de perder las elecciones generales que la deuda contraída con el FMI era impagable en los tiempos acordados.

A finales de agosto pidió al FMI negociar nuevos plazos, pero el organismo prefirió esperar al resultado de las elecciones generales y conocer los planes del nuevo Ejecutivo. El apoyo prometido por Trump será imprescindible si Argentina pretende quebrar la desconfianza de los miembros más duros del directorio, que preferirían no tener nada que ver con un Gobierno peronista.

Fernández atendió la llamada de Trump desde sus oficinas en el barrio de San Telmo, en Buenos Aires, convertidas hasta el 10 de diciembre en el centro de la transición de Gobierno. El argentino le pidió “hacer cosas juntos” y le anticipó que su intención es mantener con Estados Unidos “una relación madura y cordial” alrededor de “muchos temas comunes en el marco de una situación compleja en la que Argentina necesita ayuda”.

Ha sido un buen comienzo para Fernández, pero dependerá ahora de la política que la buena sintonía se mantenga en el tiempo. Fernández volará este viernes por la noche hacia México y el lunes mantendrá un encuentro informal con el presidente López Obrador. El próximo Gobierno argentino pretende sumar a México a un nuevo eje regional “progresista” que, imagina, será la alternativa natural a lo que considera una crisis de las políticas liberales que hoy dominan la región.

Federico Rivas Molina

 

Fernández y su equipo han repetido como un mantra durante la campaña que gobernará el presidente.

¿Cristina o Alberto? ¿Quién mandará ¿El presidente o la vicepresidenta? Es la incógnita más difícil de resolver de la política Argentina desde que Cristina Fernández de Kirchner decidió renunciar a postularse a la presidencia en pos de la unidad del peronismo y ungió a Alberto Fernández como número uno, relegándose a la vicepresidencia. Las dudas empezarán a aclararse después su toma de posesión el 10 de diciembre, aunque desde ahora se podrá auscultar qué influencia tendrá cada uno en la designación de ministerios y otros cargos.

Fernández y su equipo han repetido como un mantra durante la campaña que gobernará el presidente. Quienes lo conocen bien remarcan que nunca se hubiera prestado a ser un títere de la líder kirchnerista y recuerdan que no tuvo problema en enfrentarse a la entonces presidenta cuando fue su jefe de gabinete (primer ministro), cargo del que finalmente dimitió en el 2008 después de que el gobierno perdiera en el Senado el conflicto por el polémico impuesto a las exportaciones agrarias, el llamado “conflicto del campo”.

Luego mantuvo un segundo plano político pero no tuvo empacho en criticar duramente a Cristina en cada entrevista que ofreció, contraponiendo su mala gestión a la de su marido, Néstor Kirchner, al cual Fernández ayudó a llegar al poder convirtiéndose en su mano derecha también como jefe de gabinete.

En Argentina el peronismo no es considerado izquierda

La reunificación del peronismo en el triunfante Frente de Todos sirvió para recuperar el poder en las elecciones del domingo. Pero es importante entender la configuración de esta coalición para saber que la vicepresidenta lo tendrá muy difícil para imponer sus tesis a las del presidente. A excepción del sector moderado de Roberto Lavagna, tercero en los comicios, cuyos miembros no tardarán en acercarse al nuevo gobierno, la alianza engloba a todos los sectores peronistas, desde la extrema izquierda a la extrema derecha.

Desde los intervencionistas a los liberales. Nada nuevo en el populista Partido Justicialista fundado por Perón. Kirchner es identificada con el ala más intervencionista y cuenta con su leal agrupación La Cámpora, que nació liderada por su hijo Máximo como una suerte de juventudes kirchneristas, pero cuyos referentes superan ya los cuarenta años.

Fernández, que inició su andadura en el peronismo militando en una agrupación ultraliberal, se sitúa ahora en el centro, tiene buenas relaciones con la prensa crítica y parte del empresariado, y se identifica con el progresismo moderado de Lula en Brasil o del PSOE de Pedro Sánchez, con quien se reunió en Madrid. Uno de los invitados especiales el domingo a la celebración de la victoria fue el expresidente socialista español, José Luis Rodríguez Zapatero. Además, lo primero que hizo el mandatario electo al iniciar su campaña fue obtener el apoyo de todos los gobernadores peronistas, que tienen influencia territorial y legislativa y, tradicionalmente, son conservadores moderados.

Y para acabar de completar la heterogeneidad, no solo hay justicialistas, sino también izquierdistas independientes, como el flamante gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof -que ya suena como el delfín de Cristina- o la diputada Victoria Donda, quien no duda en comparar las diversas tendencias del Frente de Todos con las diferentes familias que conviven en el PSOE español.

“Tiene que ver con cortes más anchos del tipo de política que hoy exige un mundo con un sujeto político cada vez más diverso, más plural, más expandido; necesitamos herramientas electorales amplias, expandidas y plurales, no me imagino un mundo con un partido único”, explica Donda a La Vanguardia.

No obstante, en Argentina el peronismo no es considerado izquierda, una terminología que aquí se reserva a partidos con muy poca representación -el candidato presidencial del Frente de Izquierda, Nicolás del Caño, obtuvo el 2% de los votos- porque con su movimiento Perón consiguió fagocitar a socialistas y comunistas. Lo que aquí se entiende por izquierda, en España sería Izquierda Unida o Podemos, que paradójicamente son cercanos al kirchnerismo y también apoyan a Fernández.

“Es una duda razonable que tenemos que dirimir diciendo que Cristina tuvo un acto de grandeza importante: dejar de ser la figura en estas elecciones”, comenta sobre la famosa incógnita el gobernador de San Juan, Sergio Uñac, un peronista moderado que se distanció de la expresidenta durante su mandato.

“Sin duda va a gobernar Alberto Fernández, porque además tiene mucho carácter, lo demostró en 2008 cuando dijo ‘hasta acá llego’ y tiene una profunda convicción de que al país le hace falta un profundo cambio, y que ese cambio viene del respeto a las instituciones, de la transparencia del estado, de poner un estado al servicio de los argentinos, de visibilizar que los privilegios atentan contra la construcción de un país igualitario y, en definitiva, de un país que genere espacios para todos”, agrega.

Por su parte, el concejal porteño Mariano Recalde, uno de los líderes de La Cámpora, afirma que “no hay duda de que va a gobernar Alberto Fernández” y dice que este cuestionamiento se repite cada vez que gobierna el peronismo. “La escuché muchas veces esa afirmación: cuando Néstor Kirchner ganó, que iba a gobernar Duhalde; cuando Cristina ganó, que iba a gobernar Néstor. Siempre se busca restarle autoridad al presidente elegido por el pueblo, me parece que no hay ninguna duda de que va a gobernar Alberto Fernández”, zanja.

Robert Mur

 

Un endurecimiento del 'cepo' cambiario impide a los ciudadanos comprar más de 200 dólares mensuales.

Fue algo normal. También fue algo histórico. La reunión de una hora en la Casa Rosada entre el presidente saliente, Mauricio Macri, y el presidente electo, Alberto Fernández, rompió dos viejas maldiciones de la política argentina. Por primera vez se afrontaba una transición de forma cooperativa y por primera vez un presidente no peronista se disponía a agotar su mandato. La primera medida más o menos consensuada fue un drástico endurecimiento de los controles cambiarios: los ciudadanos no podrán comprar más de 200 dólares mensuales.

Ambos se detestan. El todavía presidente ha llegado a decir que prefiere hablar con Cristina Fernández de Kirchner a hacerlo con Alberto Fernández, “porque ella, al menos, es sincera”. Pero la crítica situación económica les obliga a trabajar juntos. También ayuda a mantener las buenas maneras el hecho de que ambos tengan motivos para sentirse satisfechos. Fernández ha logrado la presidencia en primera vuelta y ha devuelto el peronismo al poder. Macri ha evitado un desastre como el de las primarias, ha conectado como nunca con su electorado durante el tramo final de la campaña y mantiene un grupo fuerte en el Congreso para ejercer la oposición.

Un portavoz peronista dijo que la reunión en la Casa Rosada había sido “cordial” y que el objetivo consistía en “hacer lo mejor para el país”, pero matizó que no existía “ningún cogobierno” y que Macri sería responsable de lo que ocurriera hasta el relevo en la presidencia.

Mercados en baja

La Bolsa de Buenos Aires abrió el lunes poselectoral con una subida de hasta 5%, pero luego comenzó a caer y a media rueda el rojo superaba el 3%. Los operadores atribuyeron el sube y baja de las acciones al ruido político que acompaña la estrategia del presidente electo, el peronista Alberto Fernández, para resolver el problema de deuda externa que heredará de Mauricio Macri. Los inversores dan por hecho una extensión de plazos en los pagos de los bonos, pero temen ahora que haya también una quita de capital.

Los números del índice Merval terminaron en rojo, pero no se pudo hablar de pánico. Argentina sabe mucho sobre eso. El lunes que siguió a la derrota de Macri en las primarias del 11 de agosto, las acciones argentinas cayeron 48% en dólares, en la que fue la segunda mayor caída de la historia en los mercados bursátiles. Sólo superó semejante derrumbe la Bolsa de Sri Lanka, que en 1989 bajó 61,7%.

El equipo de coordinación del presidente electo estará encabezado por Santiago Cafiero, de 40 años, antiguo viceministro de Desarrollo Social de la provincia de Buenos Aires. Cafiero tiene muchas posibilidades de convertirse en jefe de gabinete (primer ministro) en diciembre.

Los equipos económicos de Macri y Fernández llevan tiempo en contacto para coordinarse en dos cuestiones esenciales: por un lado, la preservación del valor del peso y de las reservas en divisas del Banco Central y, por otro, las relaciones con el Fondo Monetario Internacional (FMI). La nueva directora del FMI, Kristalina Georgieva, envió un mensaje de felicitación a Fernández y dijo que esperaba “colaborar con su Administración”. Una de las primeras tareas del Gobierno peronista será renegociar la deuda externa, en práctico default.

Una medida de urgencia consensuada por ambas partes fue el endurecimiento de los controles cambiarios desde primera hora del lunes. Las restricciones adicionales limitan la compra de dólares a 200 dólares mensuales por persona, o solo 100 si se realiza en efectivo, y constituyen una metáfora de la evolución de la gestión macrista.

Hace cuatro años, cuando llegó a la Casa Rosada, Mauricio Macri exhibió como un triunfo el levantamiento del cepo cambiario impuesto por Cristina Fernández de Kirchner. El dólar oficial, que rondaba los ocho pesos, se acomodó enseguida a la cotización del mercado negro y saltó hasta los 15 pesos. Ahora el dólar oficial ronda los 60 pesos, en el mercado negro o blue se paga a más de 70 y el cepo es más severo que el de 2015.

Tras la derrota electoral oficialista en las primarias del 11 de agosto, el Banco Central limitó a 10.000 dólares las compras. No lo llamó cepo, para evitar malos recuerdos, pero allí estaban de nuevo las restricciones. El consenso general fue que la suma era excesiva. Desde entonces, el Banco Central tuvo que intervenir cada día en el mercado de cambios para sostener al peso. Perdió 6.000 millones de dólares en esas operaciones, y la cifra creció hasta los 22.000 millones por el retiro de los depósitos en dólares de los ahorradores y el pago de deudas.

Macri resistió con el cepo moderado hasta las elecciones de este domingo. Y el lunes aplicó, finalmente, lo que el mercado pedía a gritos. El máximo para compras minoristas pasó de 10.000 dólares mensuales a 200, un torniquete que linda con la prohibición: el mercado cambiario oficial queda en la práctica anulado para los ciudadanos, aunque no para las empresas exportadoras. El presidente del Banco Central, Guido Sandleris, anunció que el objetivo era “preservar las reservas”, que hoy suman 43.500 millones (de los que 30.000 están ya comprometidos para el pago de deudas de vencimiento inminente), y facilitar la transición al gobierno de Fernández.

“Tenemos claro que este tipo de medidas no son gratuitas para la economía, dificultan el funcionamiento. Por eso uno tiene que ser muy cuidadoso. Lo que subyace es que, lamentablemente, los argentinos no hemos sabido construir consensos básicos en cuanto al funcionamiento de la economía”, dijo Sandleris.

El resultado del cepo fue inmediato y previsible. La cotización oficial del dólar, que toma como referencia la pizarra del Banco Nación, bajó de 65 pesos a 64. El dólar “blue” trepó hasta los 85 pesos, pero ante la falta de operaciones se estabilizó en torno a los 73 pesos para las pocas operaciones registradas. Sin dólares en el mercado informal y sin un valor claro de referencia, las casas de cambio del microcentro de Buenos Aires amanecieron con sus pantallas apagadas y con poco público.

Federico Rivas Molina

 

El líder peronista se reúne este lunes con su rival para pactar una transición ordenada.

Alberto Fernández es el nuevo presidente de Argentina. Mauricio Macri admitió su derrota, amplia (48% frente a 40,5%) pero no tan severa como pronosticaban los sondeos, e invitó a su sucesor a un desayuno este lunes para organizar las seis semanas de transición que restan hasta el 10 de diciembre. Fernández previno a la multitud peronista que celebraba la victoria sobre la dureza de la tarea a la que deberá enfrentarse. “Vienen tiempos difíciles”, dijo, después de prometer que gobernaría “para la gente, para todos”. Macri, a su vez, felicitó al ganador y ofreció cooperación.

El resultado electoral fue todo lo balsámico que podía ser. Venció Alberto Fernández, pero no arrasó, lo que permitía al macrismo erigirse en una oposición fuerte. También el comportamiento de Macri y Fernández fue balsámico. A diferencia del áspero relevo de hace cuatro años, en el que Cristina Fernández de Kirchner se negó a ceder personalmente los símbolos presidenciales a Mauricio Macri, en esta ocasión los dos rivales dejaron de lado su antipatía mutua y se declararon dispuestos a trabajar juntos.

Ambos eran conscientes de que la situación económica argentina está en un punto crítico. Y de que en las próximas jornadas podrían reproducirse las turbulencias financieras que siguieron a la victoria peronista en las primarias de agosto.

“Estamos preparados para cualquier escenario”, dijo Hernán Lacunza, el ministro de Hacienda que asumió el cargo en agosto, después de que la reacción de los mercados financieros al resultado de las primarias convirtiera una crisis grave en una crisis gravísima. Lacunza fue el hombre que acabó con el dogmatismo económico que hasta entonces habían preconizado Mauricio Macri y su jefe de gabinete, Marcos Peña, y guardó en un cajón el manual de liberalismo para adoptar medidas muy parecidas a las utilizadas por Cristina Fernández de Kirchner durante su segundo mandato, cuando la caída de los precios en las materias primas agotó la inercia de prosperidad de la que se disfrutaba desde 2003.

Lacunza tenía listo un endurecimiento de los controles cambiarios, para frenar un ulterior desplome del peso. La cúpula del Banco Central se reunió a las nueve de la noche y estudió un paquete de medidas de emergencia. Desde agosto, el Banco Central ha perdido 22.000 millones en reservas y le restan solamente 11.000 millones. La expresidenta Cristina Fernández de Kirchner, nueva vicepresidenta, exigió al Gobierno saliente que fuera cuidadoso en las próximas semanas.

Mauricio Macri mantuvo el optimismo hasta el último momento. Tenía motivos: protagonizó una campaña electrizante y redujo de forma sustancial la diferencia de 17 puntos que le había sacado Fernández en las primarias. Macri necesitaba una participación altísima, cercana al 85% que en 1983 dio la victoria al radical Raúl Alfonsín y puso fin a la dictadura. Aquella fue la primera vez que el peronismo salió derrotado de unas elecciones libres. En esta ocasión votó el 82% del electorado.

El dato cuadraba con las expectativas del macrismo: una gran cantidad de voto era imprescindible para diluir el 49,4% alcanzado por Fernández en las primarias. Pero era también imprescindible que los votantes adicionales se volcaran en favor de Macri, y eso no ocurrió. Aunque fue derrotado y perdió la presidencia, Macri quedó políticamente en pie.

“Todos entendemos que es una elección histórica entre dos modelos de país”, había declarado el presidente a mediodía. “Ahora hay que mantener la tranquilidad”.

Alberto Fernández ya se mostraba confiado a la hora de votar: “Tenemos que tomar esto como una jornada histórica e iniciar el tiempo que se viene con tranquilidad, se terminó el nosotros y ellos”, manifestó. “Cuando pase la elección hablaremos más tranquilos”, añadió.

Quizá el “nosotros” y el “ellos”, la grieta que divide la sociedad argentina en dos mitades, la peronista y la antiperonista, termine más adelante. De momento se mantiene. En el colegio de la Universidad Católica donde votó Fernández se formaron dos pequeños grupos de manifestantes, uno gritándole “corrupto” al candidato, otro cantando el “vamos a volver” que entonan los peronistas desde que en 2015 perdieron el poder.

Una vez iniciado el recuento, las redes sociales se inundaron de mensajes que denunciaban, en abstracto, un fraude electoral del peronismo. La rabia de los perdedores presagiaba turbulencias. Igual que la euforia peronista: el público que abarrotaba el cuartel general del Frente de Todos silbó y abucheó a Macri cuando se retransmitió su discurso de aceptación de la derrota.

La vicepresidenta electa Cristina Fernández de Kirchner, figura esencial para comprender la polarización del país, votó en su feudo patagónico de Río Gallegos y voló luego hacia Buenos Aires. La jornada electoral coincidía con el noveno aniversario de la muerte de su marido, Néstor Kirchner, el presidente que a partir de 2003 logró sacar Argentina del marasmo en que había caído el país tras el colapso económico de 2001 y 2002. La expresidenta, encausada en múltiples sumarios por corrupción, no habló del aniversario. Sí lo hizo, emocionado, Alberto Fernández, que fue jefe de Gabinete de Néstor Kirchner: “Le quiero mucho y siempre está”, dijo.

Después, mientras celebraba el triunfo, el presidente electo felicitó a Evo Morales por su cuarto mandato y, en el día de su cumpleaños, pidió la liberación del expresidente brasileño Lula de Silva. Ese mensaje no contribuyó, probablemente, a mejorar la agria relación que el nuevo presidente argentino mantiene con el actual presidente brasileño, el ultraderechista Jair Bolsonaro.

En la capital del país, el macrista Horacio Rodríguez Larreta venció al peronista Matías Lammens ya en primera vuelta. En la provincia bonaerense, la más rica y poblada del país, la situación fue la contraria: el peronista Axel Kicillof, exministro de Economía con Cristina Fernández de Kirchner, se impuso holgadamente a la actual gobernadora macrista, María Eugenia Vidal.

Enric González

 

Mantienen su preocupación por el rol de la vicepresidenta y un posible control al giro de utilidades.

Los directivos de las principales empresas españolas esperaban una victoria del peronismo en las elecciones presidenciales de Argentina y este lunes aceptaban con resignación el triunfo de Alberto Fernández sobre Mauricio Macri. "Esto no cambia nada. Ya todo ha cambiado tras las primarias", afirmó a LPO un representante de una empresa española con inversiones en Argentina y Uruguay durante un evento en el Palacio de la Bolsa de Madrid.

La contundente victoria de Fernández en las primarias del 11 de agosto ya había provocado un temblor en los mercados con una brusca devaluación del peso y una aceleración de la fuga capitales, por lo que el resultado de este domingo estaba descontado y no modifica significativamente el panorama de los inversores. Las principales empresas españolas con intereses en Argentina, como Telefónica, Santander, BBVA, Codere o Día, no registraban importantes caídas en la apertura bursátil. De momento, reina la cautela.

Ajustan el cepo al límite: Sólo se podrán comprar 200 dólares por mes

"Macri se lo tenía merecido", señaló otro representante de una importante empresa española a LPO. "Esto era previsible. El problema es Cristina", dijo el directivo, dejando en claro que lo que más preocupa al Ibex 35 no es Alberto Fernández, sino su vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner. El recuerdo de la expropiación de Repsol y la estatización de Aerolíneas Argentinas al Grupo Marsans durante el Gobierno kirchnerista sigue fresco entre los empresarios españoles.

Sin embargo, las compañías también estaban sufriendo las consecuencias de la grave crisis económica en la que cayó Argentina bajo el Gobierno de Macri. En especial, los bancos y Telefónica se encuentran entre las firmas más expuestas. Por ello, este lunes por la mañana se seguía con atención en el Palacio de la Bolsa las noticias sobre el desayuno previsto entre Macri y Alberto Fernández y el endurecimiento de los controles cambiarios ordenados de urgencia por el Banco Central de Argentina. "La verdad de la situación se conocerá mejor a lo largo de esta semana", dijo prudente una tercera directiva consultada por LPO.

Botín le dijo a Alberto Fernández que en España preocupan los controles de capitales

Las medidas de control cambiario habían sido una de las principales preocupaciones que Ana Botín, la presidenta del Banco Santander, transmitió a Alberto Fernández durante el encuentro que mantuvieron en Madrid a principios de septiembre. Durante aquella reunión, Botín ratificó que el Santander mantendrá sus inversiones en Argentina, donde es el banco privado más importante con 9.000 empleados y cerca de cuatro millones de clientes. Sin embargo, también pidió que el peronismo no vuelva con los controles a los giros de utilidades de las multinacionales.

La restricción a la adquisición de divisas anunciada por el Banco Central "se enfoca exclusivamente en la compra de dólares para atesoramiento y especulación financiera", señaló el presidente de la entidad, Guido Sandleris, en la madrugada argentina.

Tomás Rudich

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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