Lunes, 06 Marzo 2017 07:59

Recuerdos del Futuro

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 “Los insultos de los imbéciles son como las meadas de los perros: sólo salpican el pedestal".  -David Viñas

 

 

Un año después de lo que hubiera sido preferible, el Presidente se puso las botas el miércoles en la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso y enumeró algunos de los enormes problemas que dejó el kirchnerismo, que actuó con la suficiente pericia como para evitar que la crisis, mucho más grave que la del 2001 por donde se la mire, fuera percibida por la sociedad mientras conservó el poder. Durante el acto, los caraduras representantes de la oposición más cerril, además de gritar y mostrar sus habituales carteles, pretendieron que olvidáramos cuánto mal hicieron al país sus líderes.

 

Evidentemente, los argentinos no aprendemos más y, cual calesita de barrio, seguimos intentando las mismas recetas fracasadas y cometemos los mismos errores repetidos desde siempre. Me refiero, en este caso, a los reclamos que formula CAME y acompaña la CGT, contra una presunta invasión de productos importados, sosteniendo que atentan contra las Pyme’s y, consecuentemente, ponen en riesgo las fuentes de trabajo. Por supuesto, se traducen en pedidos de cierre de la economía para proteger a la industria nacional y, de ese modo, reflotar la eterna aspiración de los quejosos: cazar en el zoológico y pescar en la bañadera. Dicho en lenguaje llano, mantenernos a todos en cautivos de una pinza formada por un Estado macrocéfalo y exprimidor y por empresarios, reacios a invertir, que buscan eliminar la competencia por la vía de subsidios estatales y restricciones a la importación para vender sus productos, cualquiera sea la calidad o el precio, apoyados éstos por gremialistas enriquecidos y también prebendarios.

 

Esta misma historia, contada desde todos los ángulos políticos, es la que nos ha llevado a la decadencia como país; en la medida en que el actual gobierno no tome al toro por las astas, no hará más que prolongar esta agonía y consolidar el atraso, la brecha que nos separa del primer mundo y que no para de crecer. Las razones invocadas son siempre las mismas; desde el ángulo empresarial, la falta de previsibilidad en las políticas económicas (el latiguillo que dice que aquí te enteras si eres pobre o rico por el diario del día siguiente) y, desde el otro, un fisco que, para evitar que quienes se caen del sistema perezcan por inanición, ahoga a la actividad y registrada con impuestos cada vez más confiscatorios. Esa combinación de gravosas gabelas y costos industriales no competitivos hace que los argentinos que no pueden acceder a viajar para comprar lo que buscan, se vean obligados a pagar por los mismos –o peores- productos un precio enormemente mayor.

 

Lo primero que tenemos que hacer es pensar de qué hablamos cuando decimos “mercado interno”, tan exaltado por los populismos locales. Nuestra población puede estimarse en 42 millones, con un bajo crecimiento, y todos sabemos que más de 30% se encuentra por debajo de la línea de pobreza; eso significa que sólo 29 millones están en condiciones de consumir algo que exceda la alimentación básica. Pero, ¿cuántos pueden comprar más de un par de zapatos o un vestido o una heladera o algo de tecnología por año?; entonces, debemos coincidir en que ese ponderado, y teóricamente protegido, mercado interno es por demás reducido.

 

Lo que deberíamos hacer para solucionar esa notoria injusticia de precios más altos y calidades inferiores, es abrir nuestras fronteras para permitir que ingresen libremente todos esos productos, pero la contrapartida inmediata sería el cierre de industrias y la masiva pérdida de puestos de trabajo. La solución es otra: Argentina debe comenzar a fabricar productos de calidad, de excepcional calidad, sin importar el precio y prepararse, con el obvio apoyo del Estado, para competir en el mundo, pero con una fecha cierta de apertura de las importaciones; a partir de entonces deberán actuar en los mercados más sofisticados y más caros que, además, tienen dimensiones acordes con las pequeñas cantidades que podemos producir. No se trata de cerrar industrias o de discutir la distribución mundial del trabajo, sino de cambiar el perfil de nuestros productos. Los ‘de goma’ valen menos de US$ 50 y, en general, son más precisos que los de las grandes marcas; pero el mundo está lleno de personas que invierten enormes sumas para exhibir relojes ‘de marca’.

 

Cuando digo que se requiere ayuda estatal, me refiero a disminución de impuestos y extensión de la formalidad, reducción de las tasas de interés para los créditos de reconversión, liberación de la importación de máquinas y bienes de capital para incorporar tecnología, planificación de la educación para capacitar a los trabajadores, disminución de costos laborales, inversión en infraestructura para reducir los costos del transporte y los seguros. Naturalmente, debe ejercerse un férreo control para evitar que esas medidas beneficien sólo a empresarios inescrupulosos, que son muchos.

 

Esos pasos harán que las actividades elegidas crezcan y creen puestos de trabajo. Y, en la medida en que contamos con excelentes diseñadores, técnicos extraordinarios, profesionales de excepción y buenos publicitarios, las industrias se encontrarán en óptimas condiciones para salir a los mercados globales que privilegian el diseño y la calidad sobre el precio. La receta no puede ser aplicada en forma universal, y tampoco funcionar en todos los sectores industriales, aunque gradualmente pueda extenderse. Se podría comenzar, por ejemplo, con algunos rubros: textil, moda, calzado, alimentos orgánicos, línea blanca y vinos.

 

Para usar como botón de muestra a la industria calzado, todas las fábricas de Argentina (50.000 trabajadores), que tienen los cueros y pueden adquirir rápidamente la tecnología, se encontrarían en condiciones de competir en el exterior, con igual calidad y mejor diseño, a un precio menor que los mejores y más requeridos productos de marcas reconocidas. A la vez, se abriría por completo la importación de calzado que puede ofrecerse aquí a precios muy bajos (entre cuatro y diez dólares) debido a la masividad de su producción en China y Brasil, y ello permitiría a los compatriotas más excluidos dejar de andar descalzos; nadie recuerda una sola protesta de los fabricantes italianos de zapatos de lujo (€ 1000 el par) protestar contra sus competidores chinos o brasileños de productos baratísimos.

 

Lo mismo ocurre con la industria de la moda. A pesar de nuestros sucesivos des-gobiernos, Buenos Aires sigue siendo un modelo a imitar dentro de Latinoamérica. Su industria de diseño y la calidad de –algunos- de sus tejidos son reconocidos mundialmente y, sin embargo, no jugamos en uno de los mercados más interesantes por la relación costo-beneficio.

 

Los sectores ricos crecen y, sus miembros están dispuestos a pagar hasta un 30/40% más para consumir alimentos orgánicos (producidos sin agroquímicos) pero, lamentablemente, la Argentina no aprovecha esa circunstancia, con algunas contadas excepciones. Es más, las suicidas políticas “anti-campo” de Néstor, Cristina y Guillermo Moreno hicieron que el país dejara de cumplir con su cuota Hilton de carne de primera calidad, por la cual Europa paga US$ 15000 dólares la tonelada (tres veces la carne “común”), lo mismo que han comenzado a hacer los Emiratos Árabes.

 

Espero que Mauricio Macri siga con las botas puestas, dicte los decretos anticorrupción, exija a la Justicia cumplir su rol y consiga que su equipo económico adopte las medidas necesarias para que la economía se recupere, una de las condiciones esenciales para triunfar en octubre.  

 

Enrique Guillermo Avogadro 

Abogado 

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