Domingo, 08 Enero 2017 14:46

El piquete gana cuando hace sufrir a los demás - Por Pablo Sirvén

Escrito por  Pablo Sirvén
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Los fastidiosos piquetes recuperaron protagonismo y todos los focos apuntan ahora hacia Horacio Rodríguez Larreta. Al tener bajo su control unificado las fuerzas de seguridad, con la entrada en funciones de la nueva Policía de la Ciudad, se acabaron las excusas de esperar que lluevan soluciones del gobierno nacional.

 

 

Aunque el peor año de los piquetes fue 2014 (época de Cristina Kirchner, con 6805 cortes, según la consultora Diagnóstico Político), el mes pasado recrudecieron distintos episodios que dislocaron la ciudad y las alarmas empezaron a sonar muy cerca del jefe capitalino. Así, el sueño de la "ciudad Disney", sin graves conflictos, llegó a su fin.

 

Los principales articulistas políticos parecieron ponerse de acuerdo al llamarle la atención desde sus columnas a Rodríguez Larreta casi en coincidencia con lo que pareció un tirón de orejas presidencial. Es que el recorte periodístico subrayó algo que el primer mandatario respondió sólo al pasar en el contexto de una entrevista radial de 45 minutos: que el jefe porteño debía ocuparse desde ahora del tema. Macri y Larreta no necesitan mandarse mensajes por los medios ya que los dos forman parte de la mesa chica del poder y su contacto es más que fluido. Pero en la semana que pasó el principal funcionario de la Capital no paró de estar en las primeras planas: un inquietante petardo en una comisaría contra la foto del ministro de Seguridad porteño evidenció que el nuevo esquema no era bien recibido. También pagó un costo por la marcha atrás en el aumento de la tarifa del subte y debió lidiar con otro insólito paro de los metrodelegados en la línea C.

 

Sin perder la calma, Rodríguez Larreta prefiere tratar el tema de los piquetes en el contexto de una problemática callejera más amplia que incluye seguir corriendo a los manteros de la vía pública, desalojar inmuebles tomados (como acaba de suceder con el ex Padelai), resolver la situación de los "trapitos", brindar lugares más adecuados de recolección a los cartoneros, aumentar las zonas peatonales del centro -que es donde se concentran los cortes- y continuar mudando las oficinas públicas hacia las periferias. Todas anomalías que nacieron y se acrecentaron merced a la impericia premeditada y timorata de las autoridades federales desde hace ya más de veinte años. Ahora habrá que ver cuánto le lleva a la Ciudad por sí sola, y con qué costos, reponer un marco elemental de convivencia.

 

Desaprensivo en su abusiva recurrencia, el piquete ha terminado por mostrar su real y más nefasta cara: ser un artefacto mediático perverso que toma de rehenes a personas con los mismos o más graves problemas que los que sus organizadores supuestamente alegan defender. Los responsables saben cómo manufacturar esa tortura cotidiana de imponer un infierno de tránsito que estresa a todos, para ofrecérsela en bandeja paradójicamente a quienes tanto desprecian y gustan demonizar: los medios de comunicación, en particular a los canales de noticias que retroalimentan el fenómeno con una difusión que si fuese posible minimizar lo heriría de muerte ya que su exclusiva razón de ser es repercutir multiplicando sus insufribles actings.

 

Con más señales informativas de TV que en los Estados Unidos, que aquí nacieron casi en la misma época que los piquetes, estos sorpresivos cortes y sus consecuencias llenan horas y títulos, también en las radios y es fuente de agitación y controversias en las redes sociales. A veces un grupito es suficiente para armar tremendo lío. Y si además son creativos e histriónicos hasta logran ganarse la portada de los diarios importantes.

 

Es algo que no sucede ni en los países más cercanos. El polémico jefe policial de Maldonado, a propósito del turista argentino que en Manantiales colgó una pancarta en el frente de la casa que alquiló luego de ser robado, subrayó esa condición tan desgraciadamente nuestra: "Los argentinos vienen a Punta del Este con la costumbre de que allá pasa cualquier cosa y que lo único que se puede hacer es salir a protestar".

 

Son años de sordera oficial que encontraron una vía de escape válida tal vez en períodos de excepción, pero del todo inaceptable para su extensión definitiva en el tiempo.

 

Una cosa es dar espacio a reclamos, que pueden ser muy legítimos, y otra muy distinta es visibilizar protestas extorsivas cuya importancia informativa radica en promocionar masivamente los constantes padecimientos que se le inflige a la ciudadanía, trabando su libre circulación e impidiéndole llegar a tiempo a sus compromisos laborales o de cualquier otro tipo (urgencias de salud, sin ir más lejos). Digámoslo con todas las letras: el piquete se ha convertido en un dispositivo perverso que busca llamar la atención sobre la base de imponer sufrimientos a los demás. Que esto se haya naturalizado, con la anuencia social y de las autoridades de turno, y tienda a agravarse desde hace más de dos décadas, no quiere decir que deba continuar.

 

Prioridades inmediatas: preservar el funcionamiento permanente del Metrobus, trabar la logística de los revoltosos y actuar con firme persuasión (mucho diálogo y cero represión) para dejar liberados carriles de circulación. Si supimos vivir la mayor parte de nuestra historia sin padecer este flagelo, tampoco debería costar tanto erradicarlo.

 

Pablo Sirvén

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Twitter: @psirven

 

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