Domingo, 30 Abril 2017 00:00

Del siglo XX al XXI, de Perón a Macri, del peronismo a Cambiemos - Por Silvia Mercado

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Macri cosecha elogios y el mundo se pregunta: ¿será la primera experiencia exitosa de salida del populismo por la vía democrática o pronto todo volverá a ser igual?

 

De paseo por París, un lúcido octogenario se emocionó al ver -muy destacado en los escaparates de una importante librería- el último libro de Alain Rouquié, Le siècle de Perón. Essai sur les democratices hégémoniques (El siglo de Perón. Ensayos sobre las democracias hegemónicas), que hace pocas semanas publicó editorial Seuil. Sacó un billete de 100 euros y se compró cuatro ejemplares. Sabe que en Buenos Aires es un libro que sus compañeros de ruta, en la oposición desde diciembre de 2015, se lo sacarán de las manos.

El peronismo es un caso notable de vigencia en el imaginario social, con más de 70 en el centro del debate político. Desde que Perón ganó las elecciones en febrero de 1946 en el mundo pasó de todo: la guerra fría, el asesinato de John Kennedy, la consolidación del régimen cubano, la llegada del hombre a la luna, la caída del muro, la desintegración de la URSS, la progresiva inestabilidad de Medio Oriente, las sucesivas crisis financieras, el triunfo del primer candidato negro en las elecciones norteamericanas…

Mientras el mundo se fue transformando, el peronismo se mantuvo incólume, sólidamente colocado en el lugar de lo inevitable, y no tanto porque hayan sido muy buenos gobernando, sino porque los demás son peores, como le gustaba decir al propio Perón. Con esa comodidad que con los años fue ganando terreno -la idea de que este país solo puede ser gobernado por peronistas-, el peronismo fue ocupando todos los espacios posibles, hasta el punto de que ser peronista se transformó en un sinónimo de ser argentino, aunque no todos los nacidos y criados en estas tierras salvajes se sientan igualmente cómodos con esa definición identitaria.

Lejos de ganar credibilidad, mientras el peronismo se confundía con el ser nacional, Argentina fue perdiendo relevancia en el mundo, y la redistribución equitativa de la riqueza, bandera del peronismo original, sólo pudo ser una pálida muestra del sueño del "fifty-fifty", y a costa de la creciente caída de la competitividad de sus industrias y la mayor inconsistencia de sus variables económicas. Un país cada vez más pobre y aislado, con instituciones cada vez más débiles, parecía ir cómodamente rumbo a la insignificancia.

Rouquié, uno de los intelectuales extranjeros que más conoce a la Argentina, es la primera vez que se le anima al peronismo. Su especialidad a la hora de analizar nuestro país estuvo centrada en la estructura militar y la recuperación de la democracia, pero la emergencia de los populismos europeos lo llevó a buscar paralelismos entre aquel autoritarismo carismático nacido bajo el sufragio universal y otros procesos similares más cercanos, en la Rusia de Putin, la Turquía de Erdogan, la Venezuela de Chávez y la Tailandia de Thaksin. Su preocupación, como la de tantos europeos, es si seguirán las firmas en los países del primer mundo.

Para cualquier peronista que se precie de tal, el último libro de Rouquié es la demostración palmaria de que "el peronismo no murió". Que expresiones políticas nacionalistas y aislacionistas proliferen allende los mares es la prueba de lo que Perón vio antes que nadie, la necesidad de una comunidad organizada para curar los males de la modernidad. Lo dijo Guillermo Moreno cuando ganó el candidato republicano: "Trump es peronista".  Ahora, según esas mentes afiebradas, lo dice el presidente de la Maison de l'Amerique Latine en Francia. Tienen un problema. Hasta el presidente norteamericano se le dio por elogiar a Mauricio Macri.

Cualquiera que se haya cruzado con algún peronista en la última semana pudo constatar la nula referencia, en sus conversaciones, al viaje del Presidente a los Estados Unidos, asunto que dominó las coberturas mediáticas. Macri viajó el martes a la noche, tuvo el miércoles una nutrida agenda de negocios y el jueves una destacada agenda política, con notables picos al mediodía, cuando almorzó con Trump en la Casa Blanca.

La última vez que un presidente norteamericano recibió en la sede de gobierno a su par argentino fue en julio de 2003, hace 14 años. Néstor Kirchner viajó a Washington con su esposa, la senadora Cristina Elisabet Kirchner; el ministro de Economía Roberto Lavagna; el jefe de Gabinete Alberto Fernández; el presidente de la Cámara de Diputados Eduardo Camaño y su vocero presidencial Miguel Núñez. Por todo concepto, George W. Bush mantuvo con él una reunión muy cálida, de 30 minutos.

En este caso se trató de un almuerzo que compartieron con sus equipos, que fue antecedido por un encuentro de los dos presidentes a solas, de 15 minutos. Los elogios que Trump le dirigió a Macri fueron de tal efusividad que hasta el propio argentino comentó a los periodistas que en el momento pensó "bueno, ya está".

Los peronistas, sin embargo, no registran la fascinación que genera Macri en las capitales del mundo. Están demasiado ocupados en regresar al poder. "Son los incomprendidos de la historia, como se sienten negados, niegan lo que está pasando con Macri en el exterior, no se toman un minuto para analizarlo", comentó un funcionario que viene del movimiento del subsuelo de la Patria sublevada, para quien la mayoría de los peronistas "son negacionistas, resisten cualquier dato de la realidad que los distraiga de lo único que les interesa, o sea, cómo volver a ganar".

Sin embargo, el futuro del peronismo sigue siendo la pregunta más frecuente de los diplomáticos extranjeros en la Argentina, sobre todo de los llegados tras el triunfo de Macri, normalmente profesionales de mayor prestigio en sus cancillerías. "Antes venían funcionarios de baja categoría, porque se daba por perdido al país del curso de la civilización", explicó a Infobae un diplomático recién llegado y agregó: "ahora en casi todos los países envían expertos mejor rankeados, porque hay enorme interés en conocer de cerca la primera experiencia de salida del populismo por la vía democrática, saber si de verdad es posible o, pronto, todo volverá a lo de siempre".

"Lo de siempre", en la Argentina, es el peronismo. El eterno retorno de lo mismo. El monstruo que, todavía sin cabeza, busca deglutir el intento por instaurar la racionalidad por sobre el relato, una empresa que arrastró varios fracasos en el siglo XX local.

Macri parece no inmutarse con la memoria de Perón. De otro modo, no se animaría a ser el primer dirigente no peronista que hablará en un acto del 1º de mayo, Día del Trabajador, que realizará el Partido Fe, miembro de la coalición Cambiemos, en el microestadio de Ferro para celebrar su asamblea nacional.

Su osadía no termina ahí. El Presidente llegará y se irá en helicóptero, que aterrizará en la cancha de césped del club de Caballito, sin que le importe las asociaciones que el kirchnerismo suele utilizar en relación a ese transporte, símbolo de la debilidad delarruista.

Los organizadores del evento aseguran que nadie del oficialismo preguntó si se cantará la marcha peronista. Por cierto, nadie llevará esa grabación, ni se impulsará desde el escenario entonar esas estrofas. Pero no se descarta que desde el público, dominado por gremios pertenecientes a las 62 Organizaciones Gremiales, se disparen los versos que identifican una cultura que está lejos de ser mayoritaria entre el electorado de Cambiemos.

"A Macri le molestan los chorros, no la marcha ni mucho menos los peronistas", aseguró un hombre allegado a Gerónimo "Momo" Venegas, el titular de FE, que agregó: "si Perón fue el líder del siglo XX, Macri será el líder del siglo XXI".

Mañana se verá hasta dónde llega la empatía del Presidente con el mundo de lo nacional y popular. Anoche, en ámbitos de las "seis-dos" se hacían apuestas. ¿Macri terminará su discurso levantando los dedos en "V"? 

Silvia Mercado
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