Domingo, 02 Julio 2017 00:00

La verdad del paraíso peronista - Por Jorge Fernández Díaz

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Perón anunció alguna vez la larga marcha hacia la Argentina Potencia, pero el peronismo postmortem se desvió en una esquina y nos estacionó en La Salada.

 

Ese chasco histórico, este penoso periplo hacia la decadencia tuvo muchos hitos y estaciones dentro de la cronología bonaerense, bastión parcialmente perdido que se ha transformado en una muestra del evidente éxito justicialista para afianzar la pobreza y de su terrible derrota como fuerza del progreso, en un estremecedor mapa de sus humillaciones y fracasos, y significativamente en el campo de honor donde se llevará a cabo el próximo duelo político a suerte y verdad.

Borges, a propósito, no hubiera desdeñado las peripecias orilleras de Pantera, que el historiador Jorge Ossona describe como el precursor de una cruda metodología luego profusamente copiada en los arrabales peronistas. Pantera fue, desde la década del ochenta, militante nacional y popular, puntero violento y ocupante serial de terrenos. "La lealtad respecto de su jefe político le resultaba tácticamente indispensable para arrancarles a las autoridades municipales el visto bueno de cada toma y el compromiso de apoyarlo mediante leyes de expropiación por tratarse de tierras privadas", revela el especialista. Los soldados de Pantera brindaban diversos servicios a los dirigentes y él mismo lideró, cuando nadie lo hacía, cuatro tomas de Sur a Norte. Jamás improvisaba sus incursiones: las planificaba junto con funcionarios, policías y jueces, y las resolvía en tiempo récord; a los pocos días, las máquinas de la comuna ya estaban rellenando y abriendo calles y veredas. Luego el cacique disponía los códigos internos y cobraba "peajes" y "protección" con un ejército de matones. "Era su dominio -cuenta un testigo del barrio-. Ahí se hacía lo que él quería: te indultaba, te perdonaba (casi siempre a cambio de alguna parienta «fuerte»), te condenaba, te mandaba ejecutar". La tenebrosa originalidad de Pantera fundó toda una escuela y de hecho sirvió de inspiración para la operatividad secreta de La Salada.

En esa misma pesquisa, el historiador narra por dentro la vida de los talleres clandestinos que proveen indumentaria al mayor shopping ilegal y también a empresas prestigiosas. Mujeres y niños convertidos en costureros y reducidos a servidumbre. Jóvenes inmigrantes escondidos en una red de sótanos y corredores subterráneos o en galpones sin ventanas, donde ahora además funcionan las cocinas de la droga: trabajan dieciocho horas diarias sin francos y casi sin descanso, bajo disciplina carcelaria, y cuando alguno se da a la fuga y es recapturado, le infringen salvajes castigos físicos. "A la noche me desataron, pero entró en el sótano un tipo con un largo rebenque de cuero de esos que se usan para arrear ganado -relata una víctima-. Nos hizo desnudar y tirarnos de espaldas en el piso, surtiéndonos interminables latigazos".

Razona el sociólogo Matías Dewey que el fenómeno comercial no podría consumarse sin los diversos sobornos que cobraban la Bonaerense, los inspectores municipales y el gran poder político, pero que a la vez la expansión de La Salada viene a reparar una grave falencia del sistema: paradójicamente, gracias a esta irregularidad siniestra miles y miles de personas humildes pueden fabricar, vender y comprar ropa. Tiene razón: los principios de la mafia siempre han sido los mismos; allí donde la economía desampara, los gánsteres detectan un negocio y generan un universo paralelo. Para este sociólogo, el caso confirma también el comportamiento del gobierno provincial, que en distintos niveles amparaba y a la vez explotaba financieramente ciertos ramos: desde autopartes robadas hasta estupefacientes. Y habla de un "Estado bifronte", que opera tanto en el plano formal como en el andarivel de la ilegalidad. La idea resulta interesante, pero necesita ser completada con algunos apuntes propios: el peronismo es el movimiento que más ha intervenido en el diseño de la macroeconomía nacional y, de hecho, ha manejado de manera ininterrumpida durante casi treinta años la provincia de Buenos Aires. Por lo tanto, es el máximo responsable de las fallas del sistema económico, y al mismo tiempo, del boom de las mafias que zurcieron sus remiendos bonaerenses. No curó la enfermedad, y en compensación, creó una nueva. De la que se sirve. Incentivó entre las clases postergadas el consumo de marcas de ropa carísima, pero fue incapaz de garantizarles los medios genuinos para alcanzarla. Permitió entonces que se fabricaran marcas truchas al alcance de todos, y les cobró solapadamente coimas a los falsificadores para no sancionarlos. Es cierto que no hubo en todo esto premeditación, pero hubo alevosía: los hechos son como son y la provincia es una inmensa zona liberada.

Ossona y Dewey resultan inocentes de mis razonamientos, pero sus estudios forman parte de Conurbano infinito, un libro objetivo, riguroso e imprescindible acerca de todas estas realidades escondidas. Esa obra mayor nos recuerda que el tradicional bastión peronista concentra el 40% de los pobres de todo el país y que casi la mitad de su población trabaja en negro. Mientras leía esas páginas, pensaba que esta gigantesca informalidad resulta otra gran contradicción del peronismo. Que llegó para establecer los derechos laborales y que durante las últimas décadas propició un ejército de empleados fuera de la ley. Esto constituye la mismísima negación de aquellos avances históricos: no tienen cobertura ni protección social, nadie los defiende, y padecen múltiples injusticias. El salario de los trabajadores no registrados suele ser un 40% menor que el sueldo de aquellos que tienen la suerte de estar en blanco. La connivencia de la política con este mercado desigual y precapitalista es absoluta.

El paraíso creado por el peronismo bonaerense se recorta como desolador. Lo describe someramente el sacerdote jesuita Rodrigo Zarazaga: "Discapacitados intentando avanzar en el barro con sus sillas de ruedas, niños y niñas terminando el primario con notables dificultades de lectoescritura, aguas servidas corriendo a cielo abierto entre casillas de chapa y arroyos y zanjones contaminados que se desbordan en inundaciones que cobran vidas (...) redes ilegales que emergen cuando la población tiene muy bajos ingresos y la inversión en servicios públicos es deficiente, narcotráfico, trata de personas, trabajo esclavo y crimen". Aquí también me permito una anotación personal: los apologistas del rol del Estado engendraron un Estado ausente que dejó en la intemperie a los trabajadores fantasma, sin cloacas al 60% de los hogares, sin prestaciones eficientes a las escuelas y los hospitales públicos, y sin seguridad a millones de "descamisados", que son las presas más fáciles de la delincuencia y que padecen como nadie la complicidad de la policía corrupta.

Zarazaga observa sin prejuicios a los punteros, que son agentes de contención social y gobernabilidad, y auxiliares de una administración pública colapsada. Pero también capangas paraestatales del clientelismo, la infracción y los comercios más turbios. Los testimonios desnudan la mercantilización de todo: "Antes cantábamos «combatiendo al capital», ahora sólo hacemos política por el capital". Movilizar a la gente con la ideología ya es imposible: "Te preguntan de una: ¿para mí qué hay? La doctrina ya no le importa a nadie". También esta mutación es reflejo del giro mercenario y vacuo de quienes nos prometían la gloria y nos estacionaron en la Argentina Impotencia. 

Jorge Fernández Díaz

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