Domingo, 26 Noviembre 2017 00:00

Otra tragedia, ¿otra lección? - Por Eduardo van der Kooy

Escrito por 
Valora este artículo
(4 votos)

Otra tragedia ha vuelto a dejar al desnudo a la Argentina. Con su raquitismo estructural que arrastra desde hace décadas.

 

La desaparición del submarino ARA San Juan en alta mar, a la altura de Puerto Madryn, obliga a reparar tardíamente sobre la política de defensa nacional y el prolongado abandono de las Fuerzas Armadas. Sin intención de establecer un parangón simétrico, también hizo falta la tragedia del 2012 en Once, con 51 muertos, para que la dirigencia dispensara cierta atención a la mejora del transporte ferroviario. Los ejemplos pueden extenderse. En todos los casos insumen elevadísimos costos sociales. Nunca termina de existir constancia firme, sin embargo, sobre la posibilidad de una lección definitivamente aprendida.

Aquel terrible accidente del submarino ha venido a modificar además la escena pos electoral. El teatro estaba ocupado por las negociaciones arduas del Gobierno con la oposición para la aprobación de reformas tributarias, previsionales y laborales. Pero fue invadida de repente por el dolor y la vigilia del duelo. Ese estado colectivo promete permanecer mucho tiempo e instalar debates que no estaban previstos. Mauricio Macri ha recibido el golpe anímico más duro de sus dos años de poder. Se refleja en público, en su rostro. Se multiplica en privado. Pasó momentos ingratos, con enardecidos reproches, cuando visitó en Mar del Plata a los familiares de las víctimas. Sigue dispuesto a estar presente hasta que esta terrible historia formalmente concluya.

El desastre podría analizarse en dos planos. Uno de coyuntura, que atañe al comportamiento y la pericia del Gobierno y de la Armada para enfrentar el episodio. El otro, con una mirada retrospectiva que puede estirarse, al menos, hasta el inicio de la recuperación democrática. En ese recorrido de tres décadas podrían recogerse argumentos que ayudarían a explicar siquiera en parte el presente.

Casi nada podría endilgarse a Raúl Alfonsín, que en sus seis años cortos de mandato vivió un repetido desafío de poder de parte de las FF.AA.. Por su decisión de impulsar el juicio a las juntas militares por violaciones a los derechos humanos durante la dictadura sufrió cuatro levantamientos. Durante su ciclo, precisamente, fue colocado en función el submarino ARA San Juan. Había sido encargado años antes a un astillero de Alemania por el almirante Eduardo Emilio Massera. Fue la última embarcación de importancia que incorporó la Armada. Con los años se añadieron una lancha de patrullaje israelí y dos remolcadores de origen ruso.

A Carlos Menem le tocó sofocar la última asonada militar. Ocurrió en el edificio Libertador, sede del Ejército en 1990. Pese a que el ex presidente había resuelto antes el indulto para jefes militares y guerrilleros. Debió sobrevenir otra tragedia, la muerte del soldado Omar Carrasco en 1994, provocada por abusos militares, para que el ex presidente decidiera abolir la conscripción. Fue una respuesta política de apuro frente a la demanda pública. Pero terminó significando, involuntariamente, uno de los pocos intentos de modernización de las FF.AA. en los últimos 34 años. Se apuntó a la profesionalización de las tropas. Una tendencia existente en el mundo y extendida desde entonces en la región. Aquí se hizo sólo a medias.

Después se abrió un enorme desierto. Caracterizado siempre por los ajustes presupuestarios. El gasto militar representa ahora un 0.80% del PBI.. De ese total, el 80% se destina al pago de salarios del personal. El margen para cualquier inversión resulta mínimo. Los costos en ese campo son fenomenales. Mirando la progresión regional de la última década, el equipamiento de las FF.AA. de nuestro país no sólo quedó, naturalmente, detrás de Brasil. También de Chile, Ecuador y hasta Venezuela.

La década kirchnerista ayudó a profundizar el descalabro. Hubo razones políticas y económicas. Los juicios por las violaciones a los derechos humanos de la dictadura, espoleados 20 años más tarde, volvieron a colocar sin matices a las FF.AA. en el sitial demonizado del imaginario popular. Esa fue una de las vigas con las que Néstor Kirchner apuntaló su poder. Sumó la solidaridad de las organizaciones de derechos humanos y movimientos sociales, mientras enderezó la economía. Cristina Fernández siguió la misma línea.

Nilda Garré, como ministro de Defensa, produjo el ajuste de presupuesto más drástico de épocas democráticas. Coincidió con la crisis del 2009 y la derrota en las legislativas de ese año. Pero existieron otras decisiones que evidenciaron la carencia de una política de defensa. En 2011 efectivos del Ejército fueron convocados para la lucha contra el narcotráfico en una de las fronteras más vulnerables del país: la del norte. El aumento de la inseguridad en los grandes centros urbanos (Buenos Aires y Rosario) indujo a un desplazamiento de los gendarmes para hacerse cargo de combatir al delito. La Policía, cuya misión natural sería esa, quedó en una zona insípida. Un desorden manifiesto.

Con la salida del kirchnerismo del poder se develaron otros asuntos sorprendentes. Primero: una auditoria en Fabricaciones Militares que arrojó una escandalosa falta de armas y municiones. Lo mismo pudo corroborarse en batallones del interior. Segundo: cuando el ex ministro de Defensa, Julio Martínez, cesanteó a un centenar de empleados de Fabricaciones Militares descubrió que el ex interventor, Santiago Rodríguez, vinculado a La Cámpora, administraba el organismo con fines políticos. Allí se editaban un diario y tres revistas kirchneristas. También funcionaban una red de tuiteros y un estudio de radio y televisión. La encargada de esa maquinaria era Bárbara Grane, pareja de Rodríguez.

La tragedia del submarino ARA San Juan repone todas aquellas calamidades. Sus características, incluso emocionales, dejan rezagadas otras catástrofes que por ineficacia, falta de inversión o corrupción jalonaron el pasado. Días después de la asunción de Macri, en diciembre del 2015, en medio de rumores sobre posibles disturbios y saqueos, un micro repleto de gendarmes se desbarrancó en la ruta entre Santiago del Estero y Jujuy. Habían sido pedidos por Gerardo Morales, el gobernador que preparaba la detención de la dirigente piquetera Milagro Sala. Murieron 42 agentes. Los peritajes revelaron el reventón de una cubierta como causa del desastre. El vehículo había sido remozado, pero con neumáticos recauchutados.

El Gobierno no ha exhibido hasta ahora un enfoque distinto respecto a sus antecesores sobre las Fuerzas Armadas. Según portavoces militares la prioridad seguiría siendo el ajuste presupuestario. Ahora cerca del 20% y varios puntos por encima de las dependencias públicas. Se eliminaron proveedores del Estado y se redujeron programas de modernización.

Tampoco se intentó aún desde Cambiemos proponer un debate sobre la necesidad y utilidad de las FF.AA. en este tiempo errático de la historia mundial. Sólo Elisa Carrió, en los primeros días de la desaparición del submarino, denunció el estado de desarticulación de las fuerzas militares. No se trata de agitar ninguna hipótesis de conflicto que no asoma en el horizonte. Esas teorías murieron con el fracaso militar en las islas Malvinas. Aquella discusión pendiente obedece al resguardo del interés nacional en amplias zonas codiciadas. El extenso y valioso Mar Argentino, con su plataforma. También la Antártida, entre varios.

Una vez que se devele el desastre del submarino, Macri estaría obligado a revisar el funcionamiento de áreas específicas en las instancias críticas. Aunque aclaró, tocado por el manto de dolor, que no es éste el momento indicado. La cúpula de la Armada será removida. Estaba previsto antes de que estallara la tragedia como parte del proceso de cambio habitual de todos los mandos de las FF.AA.

Pero algunas cosas adicionales ocurrieron aunque el Gobierno se esfuerce en esta coyuntura por minimizarlas. Desde la institución se filtró el incidente inicial y la desaparición del submarino antes que el Presidente y el ministro de Defensa, Oscar Aguad, tuvieran conocimiento. El capitán de navío, Gabriel Galeazzi, titular de la agrupación de buques oceanográficos, dijo que el submarino había reportado un desperfecto el día de su desaparición. El vocero de la Marina, Enrique Balbi, negó tal comunicación. Alguna pieza no encaja en esa historia.

El detalle no parece menor porque el submarino decidió continuar la navegación hacia Mar del Plata. En ese tránsito se detectó la explosión y el posterior extravío. En 2008 otra nave similar, el ARA Santa Cruz, también traída de Alemania, sufrió una falla técnica cuando marchaba hacia Chile. Por entonces la ministro Garré ordenó la cancelación del operativo de adiestramiento. El submarino se detuvo en Ushuaia.

En esos momentos cruciales el ministro Aguad regresaba con premura de un viaje por Canadá. Su lugar fue ocupado por la Secretaria de Coordinación Militar en Emergencia, Graciela Villata. Una dirigente cordobesa que se desempeñó durante las gestiones de Ramón Mestre y Luis Juez en aquella provincia.

Las tareas para la desesperada búsqueda del submarino también sirven para ilustrar el permanente contraste en que se debate la Argentina. La ayuda internacional resulta enormemente generosa. Con la participación simultánea, entre muchos países, de Estados Unidos, Rusia y Gran Bretaña. Dentro de un abanico admirable de recursos tecnológicos, la Argentina colabora con dos aviones entre quince y con cuatro barcos entre diecisiete. 

Eduardo van der Kooy

Visto 743 veces

Fundado el 4 de agosto de 2003

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…