Domingo, 25 Febrero 2018 00:00

Las voces que angustian a Macri - Por Eduardo van der Kooy

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El Presidente parece obsesionado por los cánticos en su contra en tres estadios de fútbol.

 

Mauricio Macri pudo quitarse de encima una preocupación. La masiva protesta de Hugo Moyano dejó una evidencia: quizás se oculte allí el germen futuro de un frente social, si la economía lo habilita; resulta improbable, en cambio, que se haya observado el miércoles la plataforma de una construcción política opositora.

​Cierta intranquilidad del Presidente se puede estar incubando por otro ladero. Transitó la semana pasada obsesionado por un par de episodios que se concatenaron. Los cánticos de una multitud imprecisa en su contra, primero en el estadio de San Lorenzo, después en River y el viernes en Huracán. Tuvo constancia, porque lo mandó a indagar, que en ningún caso habrían respondido a razones vinculadas con su Gobierno. Aquel disconformismo popular tuvo que ver con algunos malos arbitrajes y el timón en la Asociación del Fútbol Argentino. Allí Claudio “Chiqui” Tapia, su titular, yerno de Hugo Moyano, cuenta con el soporte de Daniel Angelici. El mandamás de Boca Juniors y amigo íntimo de Macri. Siempre un punto de la discordia en Cambiemos, la coalición oficialista, con la temida Elisa Carrió. La historia enseña aquí y en casi todo el mundo que el fútbol y la política corren naturalmente asociados. El Presidente regala a veces gestos públicos que ayudan a salpicar de sospechas esa asociación.

Moyano sería un vértice de ambos problemas. Aunque con distinta densidad. Posee, por ser pariente de Tapia y jefe de uno de los clubes fuertes (Independiente) aliado de Angelici, inocultable influencia en la AFA. Después de la protesta callejera dejó al desnudo dos realidades en el terreno sindical. No comanda ya, como en tiempos de auge, la maquinaria del gremialismo tradicional, que prefirió darle la espalda. Aunque conserva una envidiable capacidad de movilización. Equiparable, tal vez, sólo a la alguno de los movimientos sociales. Es cierto que se trata de una práctica desgastante. Pero también podría serlo para Macri si durante este año pre-electoral encontraran fundamento para reiterarse.

El doble papel obliga al líder camionero, dentro del cuadro de confrontación, a comportarse con prudencia. Tuvo un mensaje crítico pero lejos de convertirse en una llama. Bastó cotejarlo, por ejemplo, con las palabras del docente kirchnerista Hugo Yasky, de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA). Esa entidad insistió para que Moyano amenazara, al menos, con un paro nacional. No ocurrió. El día después hasta insinuó que está dispuesto a reunirse con el Presidente. No hay clima todavía.

Moyano se encargó, por otra parte, de tomar recaudos con los sectores radicalizados. La Cámpora, con Máximo Kirchner, estuvo lejos del palco. Los grupos de la izquierda también. Militantes de ambos sectores detonaron los salvajes incidentes de diciembre mientras el Congreso debatía la reforma previsional. Moyano conformó el podio con dirigentes sindicales afines y de los movimientos sociales que suelen tener diálogo fluido con el Papa. Se trata de algo más que una simple lectura. El líder de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP), Juan Grabois, afirmó en vísperas de la protesta que “Francisco reagrupa”. Durante la visita de enero a Chile y Perú, el Episcopado, a través del obispo Oscar Ojea, había aclarado con enojo que “nadie puede hablar en nombre del Papa”.

Aquel palco mostró su frutilla. La presencia del abogado defensor del líder camionero, Daniel Llermanos. Un hecho infrecuente en una puesta sindical, salvo cuando Héctor Recalde era diputado. El detalle sonó revelador para todos. La protesta pudo haber tenido legítimo sentido social. Pero exhibió un carácter defensivo para Moyano, cercado por cinco causas judiciales.

Otro aspecto llamativo fue el celo que el líder camionero tuvo con la seguridad. Utilizó dos mil afiliados que con llamativa eficacia se dedicaron a resguardar el orden. Colocaron bajo la lupa a muchos militantes que marchaban con mochilas. Y coordinaron con la Policía de la Ciudad cada movimiento. Horacio Rodríguez Larreta, el jefe porteño, dispuso que los agentes estuvieran en un segundo plano. Para no facilitar ninguna provocación. Pero existió un nexo tecnológico permanente entre los guardias oficiales del Estado y aquellos camioneros.

​El Gobierno pareció conseguir, finalmente, la postal que tanto buscó. Que fraguaron el moyanismo, el sindicalismo y la fuerza política K junto a la izquierda radicalizada. El verano le había corrido del escenario al macrismo la imagen de los viejos enemigos que siempre le arrima beneficios en la sociedad. Y disimula el desencanto, que en varios aspectos, produce su gestión. Marcos Peña completó con palabras una ausencia. “Sólo faltó Cristina (Fernández)”, se regodeó el días después. La ex presidenta alentó en silencio la movida. Pero asoma también como un escollo para que el frente social de protesta tenga la posibilidad de mutar en una alternativa opositora. Cristina cuestiona a Miguel Angel Pichetto por su actuación en el Senado. Descree casi definitivamente del valor del PJ. Crucifica a Florencio Randazzo y al Movimiento Evita. Descalifica a Jorge Taiana. Tira palos contra Sergio Massa. Tampoco el conductor del Frente Renovador la tiene fácil. Su neutralidad ante la protesta de Moyano causó una silenciosa deserción en sus filas. El diputado Felipe Solá lo conminó a sumarse a la unidad del peronismo que fogonean los K. Massa empieza a ejercer su profesión de abogado y atiende la consultora en temas de seguridad regional que comparte con Rudolph Giuliani. El ex alcalde de Nueva York. Promotor de la “tolerancia cero” contra la delincuencia.

Tampoco el Gobierno podrá vivir eternamente de la discordia política de los demás. Dicha facilidad lo tienta. Tanto, quizás, como circunscribir los problemas objetivos de gestión sólo a la impericia comunicativa. Un equívoco recurrente de cualquier administración cuando las cosas no funcionan como desean. Ese pareció quedar como el balance más terminante del encuentro del oficialismo en Chapadmalal. Macri y Peña instaron a sus funcionarios a explicar mejor cada acto de gobierno. El asunto verdadero no sería el manejo del lenguaje sino la sustancia de muchas decisiones.

Esa práctica oculta otra dificultad. El Gobierno carece de voces variadas, solventes y con autoridad. Amén de Macri, figuran con recurrencia Peña, Rogelio Frigerio y Patricia Bullrich. En España emergió Nicolás Dujovne. Pero tuvo contratiempos con interpelaciones sobre su patrimonio. Reclamó inversiones y admitió que, por la inflación, la pobreza y el endeudamiento, la Argentina atraviesa un momento complicado. Coincidió con el diagnóstico que Alfonso Prat Gay, el ex ministro de Hacienda y Finanzas, hizo durante la cumbre del radicalismo, los socios principales del PRO. El ex funcionario, que estuvo el primer año junto a Macri, auguró que el 2018 podrá sobrellevarse si existe una convergencia equilibrada entre crecimiento, exportaciones e inversión. Volvió sobre una vieja creencia: que la división de responsabilidades en el área económica atenta contra los objetivos que se persiguen.

Los radicales quedaron con sabor insulso después del diálogo de media hora que mantuvieron en Olivos con Macri. Escucharon una arenga motivacional antes que respuestas a problemas ciertos. Para Alfredo Cornejo, el titular del partido y mandatario de Mendoza, el Gobierno prestaría poca atención a sus errores. El mal manejo de algunos escándalos públicos (Jorge Triaca, Luis Caputo y Valentín Díaz Gilligan) abonaría el mal humor dentro del electorado propio.

La presión radical y de Carrió fueron decisivas para que Macri, luego de algunos cabildeos, hiciera renunciar al subsecretario general de la Presidencia. Díaz Gilligan –de él se trata-- fue denunciado periodísticamente por poseer una millonaria cuenta en dólares no declarada en Andorra. Significó también un golpe para el Secretario, Fernando De Andreis, que comparte en estas horas la misma preocupación que el Presidente: aquellos abucheos en tres estadios de fútbol. De Andreis es un nexo clave del Gobierno con la AFA. Junto al renunciado Díaz Gilligan ensaya un nuevo modelo para el fútbol de nuestro país. Hace pocos días mantuvo una reunión con empresarios de diferentes ramas para explorar la transformación de algunos clubes con dificultades económicas en Sociedades Anónimas. El laboratorio estaría en cinco entidades del interior. La idea fue abonada por Paco Casal, el empresario uruguayo del fútbol, amigo de Díaz Gilligan.

El proyecto levanta dudas gigantescas. Por tres razones. Los clubes no tienen aquí una estructura apta para tal experimento. Forman parte además un patrimonio cultural muy arraigado en la sociedad. Los inversores demandarían reglas jurídicas claras que no existen. O que tantas veces no se respetan.

El proyecto navega, por otra parte, en un ambiente contaminado por las suspicacias que empezaron a rozar al mismo Macri. Tales suspicacias hicieron estallar aquellos repudios en San Lorenzo, River y Huracán. Nadie en el Gobierno sabe como podrían continuar. El fenómeno resulta difícil de descubrir y controlar a través de las redes sociales. La especialidad del macrismo. Aquellas excepciones podrían multiplicarse y convertirse en caja de resonancia que termine impactando en la política.

Macri se quejó con amargura delante de los radicales por semejante rareza. Quizás esté despuntando otra tarea extraordinaria para la peculiar sabiduría del ecuatoriano Jaime Durán Barba. Levantó una polvareda, que tapa otras, con el consejo de instalar el debate sobre la ley de Aborto. Pero aquellas multitudes suelen esconder peligrosos jeroglíficos.

Eduardo van der Kooy

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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